El Padre, la Espada y el Poder

Ensayo sobre la construcción de la imagen paterna del líder en la historia y en la política. El carisma y la relación carismática entre el líder y su pueblo. Reflexiones sobre el culto a Bolívar. Escrito en 1983 pero creo que ahora tiene más vigencia que entonces. Los lectores dirán.

Evocación de Martí

José Martí

José Martí

El 15 de enero de 1871, pocas horas antes de tomar el barco que lo llevará al destierro en España, José Martí escribe a su maestro y protector Rafael María de Mendive:

Mucho he sufrido, pero tengo la convicción de que he sabido sufrir. Y si he tenido fuerzas para tanto y si me siento con fuerzas para ser verdaderamente hombre, sólo a usted se lo debo, y de usted y sólo de usted es cuanto de bueno y cariñoso tengo.

No ha cumplido aún los dieciocho años, pero ya ha pasado uno en la cárcel. Allí, pagando el crimen de haber escrito en pro de la independencia de su patria, ha culminado la formación de su personalidad. Conoce ya que lo importante no es cuánto se sufre, sino saber sufrir, y conoce que el hombre verdadero ha de sentir gratitud y amor por su maestro.

Hoy, al recordar a Martí cuando se acerca el mes de mayo y un nuevo aniversario de su muerte, es preciso evocar también al hombre que lo formó con decisión y generosidad. Rafael María de Mendive era un pedagogo de infinita paciencia, un hombre de gran ternura, un poeta de verso suave y sencillo y un patriota valiente que sufrió con entereza la cárcel y el destierro por la libertad de Cuba. Él infundió en José Martí un amor ardiente por los débiles y los oprimidos y un entusiasmo fervoroso por las acciones heroicas. Pero sobre todo, él supo moldear la inteligencia extraordinaria de su discípulo, y someterla al gobierno de dos cualidades tutelares: la moral y la disciplina. Y esta sujeción de un talento brillante y entusiasta al orden de una moral lúcida, sin dogmas, y de una disciplina implacable, harían de la personalidad de Martí uno de los fenómenos más extraordinarios en la historia de Nuestra América.

“La inteligencia sin virtud no es más que azote y crimen”, habría de decir más tarde el propio Martí. Él hizo de su vida una conjunción indisoluble de inteligencia y virtud, y por eso pudo decir alguna vez, respondiendo a los ataques injustos de un adversario político:

Si mi vida me defiende, nada puedo alegar que me ampare más que ella. Y si mi vida me acusa, nada podré decir que la abone. Defiéndame mi vida.

La disciplina hizo de él un trabajador excepcional. En un sólo día solía escribir diez cartas, varios manifiestos revolucionarios y dos o tres artículos periodísticos. Asombra constatar la elevada finura y calidad de sus escritos, compuestos con una velocidad febril y revisados con feroz autocrítica, a vuelo de pluma.

Inteligencia, moral y disciplina trabajando juntas: el resultado no puede ser otro que la originalidad. Martí jamás adoptó esquemas ni modelos ajenos y siempre estudió las experiencias de otros para aprender, no para copiar. Más aún, él comprendió con claridad que la falta de originalidad ha matado la virtud y generado la infamia en nuestra historia, cuando el empecinamiento por organizar a nuestros pueblos con fórmulas importadas ha conducido al uso inevitable de la coerción dictatorial. Así lo expresó en el ensayo titulado Nuestra América:

Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.

No puedo resistir aquí la tentación de trazar un paralelo entre José Martí y Simón Bolívar. Ambos, discípulos admirables de maestros admirables: el uno de Mendive, el otro de Simón Rodríguez. Ambos, poseídos por la misma causa: la independencia y la construcción de la identidad de Nuestra América. Ambos, dominados por una febril excitación y una energía descomunal: Bolívar recorrió cien mil kilómetros librando batallas por la libertad, Martí viajó por todos los continentes de la inteligencia forjando cien mil ideas por la libertad. Ambos quemaron la llama de su existencia en ese vértigo creador: Bolívar murió a los cuarenta y siete años, Martí a los cuarenta y dos. Ambos comprendieron la ineludible necesidad de la guerra libertadora frente a una potencia colonial resuelta a mantener su imperio por la fuerza: “Sólo la guerra puede salvarnos por la senda del honor”, dijo Bolívar, y Martí fue más preciso:

Es criminal… quien promueve una guerra que se puede evitar; y criminal quien deja de promover la guerra inevitable.

Pero el paralelo es más profundo que eso. Ambos vieron, cada uno desde la perspectiva de su tiempo, la importancia que tendría el desarrollo de Nuestra América para el mundo entero: Bolívar dijo alguna vez que “nuestra causa es la de todo el género humano”, y Martí escribió: “Es un mundo lo que estamos equilibrando; no son sólo dos islas las que vamos a libertar”. Ambos advirtieron también el peligro que para el continente y el mundo representaba el agresivo desarrollo del poder económico y político de la gran nación norteamericana, y a Martí correspondió el mérito de reformular y profundizar las premisas teóricas de la identidad latinoamericana frente a las fuerzas crecientes del imperialismo.

Ambos fueron pensadores originales, creadores. Bolívar intentó elaborar una doctrina del poder y del estado a partir del examen de la realidad hispanoamericana, y desde su Carta de Jamaica hasta la Constitución Boliviana, pasando por las tesis expuestas en su discurso ante el Congreso de Angostura, se respira una libertad de pensamiento y una osadía de análisis propias de quien no teme concebir ideas nuevas. La obra de Martí es un ejemplo viviente de originalidad creadora.

Ahora bien, los grandes hombres no surgen solos, no son islas ni oasis del desierto. Las épocas de Bolívar y de Martí fueron épocas revolucionarias, preñadas de luchas y de heroísmos, con alzamientos de pueblos y movimientos de muchedumbres, con precursores y mártires. Las tierras que habrían de constituir la Gran Colombia, el escenario de Bolívar, engendraron y parieron dos generaciones brillantes de hombres que dieron una faz nueva a las ciencias, las artes, las letras y la política, y lo mismo ocurrió en la región del Caribe en la época de José Martí. Hostos, Maceo, Gómez, son figuras prominentes entre las muchas figuras prominentes de ese tiempo.

Pero allí puede terminar el paralelo porque Martí fue además un polígrafo. Escribió poesía y prosa, narración y artículos periodísticos, cuentos para niños y manifiestos revolucionarios, ensayos históricos y notas polémicas, tesis políticas y alegatos morales, indagaciones filosófícas y códigos institucionales, descripciones de la vida cotidiana y estudios sobre lógica. Sus cuadernos de apuntes muestran su interés sin límites por todos los temas, desde los más banales hasta los más abstrusos. Fue precursor del modernismo en literatura. Los grandes escritores españoles de la Generación del 98 reconocieron su autoridad de maestro. Fue elemento decisivo en la construcción del Partido Revolucionario Cubano. Redactó el Plan de Alzamiento de 1884 y el Manifiesto de Montecristi de 1895. Fue corresponsal y colaborador de muchos periódicos sudamericanos, compuso innumerables discursos para sus compatriotas en el exilio, escribió obras de teatro, intentó novelas.

Fue un hombre libre, apóstol de hombres libres. Partidario de la guerra libertadora, se opuso en medio de ella al espíritu militarista de jefes ilustres y heroicos y les dijo con franqueza que “no se funda un pueblo como se manda un campamento”. Supo distinguir la diferencia y los límites entre la acción militar necesaria para la revolución y las desviaciones y aberraciones militaristas, las arrogancias de quienes intentaban usar las armas y las charreteras como un argumento en el debate político del pueblo, la grotesca tentativa de dirigir al partido revolucionario y gobernar al país liberado mediante órdenes de cuartel. Héroe civil, héroe de la dignidad humana plena y libre, fue un Apóstol de la Libertad y así quedó bautizado para siempre en la historia de América.

Es pertinente aquí, y oportuno también porque nos hallamos en medio de una época en que no faltan quienes buscan reivindicar derechos especiales de raza frente a la historia, recordar lo que José Martí escribió sobre las razas y el racismo:

Esa de racista está siendo una palabra confusa y hay que ponerla en claro. El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra; dígase Hombre, y ya se dicen todos los derechos. El negro, por negro, no es inferior ni superior a ningún otro hombre; peca por redundante el que dice “mi raza”. Todo lo que divide a los hombres, todo lo que los especifica, aparta o acorrala, es un pecado contra la Humanidad.

En mayo, cada año y cada mes de mayo, recordamos su muerte. Cayó en combate, el 19 de mayo de 1895, en una escaramuza que no habría tenido mayor importancia si él hubiera sobrevivido. Trece años antes había escrito:

No me pongan en lo oscuro
a morir como un traidor:
¡Yo soy bueno, y como bueno
moriré de cara al sol!

Murió, en efecto, como siempre había vivido: de cara al sol, aunque hoy tengamos que hacer un esfuerzo para no pensar en la siniestra connotación que el fascismo español dio a esa bella expresión: de cara al sol.

Y la tumba de Martí, casi incógnita, es apenas casi solamente el viento.

Recordemos el terrible instante.

Martí cayó muerto porque se adelantó con heroísmo, aunque rompiendo la disciplina. Máximo Gómez había intentado, sin éxito, quebrantar las fuerzas españolas, más numerosas y aguerridas. Al retirarse para organizar una carga recibió la tremenda noticia de la muerte de Martí y se lanzó al rescate de su cuerpo, temerariamente solo. El fuego nutrido del enemigo le impidió avanzar. Los jinetes españoles habían reconocido el cadáver de Martí y ahora se retiraban con el sangriento trofeo.

La furia y la angustia cundieron entre los cubanos, que comenzaron a concentrarse para intentar el rescate del Apóstol. Entretanto, el capitán español Ximénez de Sandoval, excitado e incrédulo, examinaba el cadáver. El práctico Oliva aseguró categóricamente que ése era el cuerpo de Martí. Todavía se pidió confirmar la identificación a dos personas: un capitán que había visto al héroe, meses antes, en Santo Domingo, y el mensajero Chacón, quien también conocía a Martí.

Ximénez de Sandoval, sin embargo, quería estar plenamente seguro. Una revisión de la casaca ensangrentada del cadáver disolvió todas sus dudas: en un bolsillo se hallaron los papeles de identidad de José Martí.

Una anotación en el diario de campaña del oficial español nos cuenta que los ojos del muerto quedaron abiertos y que “tenía las pupilas azules”.

Los esfuerzos de Maximo Gomez por rescatar el cuerpo de Martí fueron inútiles. La columna española pudo proteger su retirada con las defensas naturales del terreno y los cubanos, muy inferiores en número, no pudieron quebrantar la resistencia enemiga. Una repentina tormenta impidió a Gómez continuar sus ataques y cuando al fin logró llegar al bohío por donde acababa de pasar Sandoval, se le informó que la tropa española se dirigía a Remanganaguas, a marcha forzada, para enterrar a Martí.

“Aquella noche –cuenta el biógrafo Jorge Mañach*– en el campamento mambí de Las Vueltas no hubo necesidad de tocar a silencio. Con el fuego del vivaque se le vio al Chino Viejo un centelleo en las mejillas húmedas. Alguien acuñó, ya para la posteridad, un titulo venerador: El Apóstol.”

“En el centro de la columna española, obligada tambien a acampar por un torrencial aguacero, el cuerpo de Marti fue bajado de la acémila del práctico y dejado toda la noche bajo el cielo negro. No se veían las palmeras, pero los grillos siseaban en las tinieblas su llamamiento implacable.”

“A la tarde siguiente lo enterraban en el camposanto aldeano, de alambradas y cruces de palo. Ximénez de Sandoval tenía prisa por saborear la victoria. Pero cerca de Santiago, adonde había comunicado la noticia, recibió ordenes de regresar a Remanganaguas y llevar a la ciudad el cadáver para que no quedasen dudas en La Habana. Ni en la Florida ni en Nueva York, donde los emigrados iban a desmentir desesperadamente el cable…”

“Mal embalsamado, en un ataúd hecho de cajones y colocado sobre unas parihuelas, el cuerpo de Martí llega a Santiago de Cuba el 27 de mayo. La columna, que ha sido varias veces tiroteada por el camino, se abre paso entre grupos torvos y silenciosos… Después de la formal identificación, se lleva el ataúd al cementerio con mucho séquito de tropa. Allí el coronel Ximénez de Sandoval inquiere si alguno de los no militares presentes desea hablar. Al cabo de un largo silencio, él mismo pronuncia unas breves palabras:

Señores: Cuando pelean hombres de hidalga condición, como nosotros, desaparecen odios y rencores. Nadie que se sienta inspirado de nobles sentimientos debe ver en estos yertos despojos un enemigo… Los militares españoles luchan hasta morir; pero tienen consideración para el vencido y honores para los muertos.

Martí había escrito:

Cultivo una rosa blanca
en julio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni espiga cultivo:
cultivo una rosa blanca.

Y ahora, en el acto sombrío de su entierro, podía verse cómo ese hombre bueno y generoso, muerto y tendido en un frío ataúd, se las arreglaba para volver a nacer y sembrar su rosa blanca en el corazón de su enemigo, el coronel Ximénez de Sandoval.

¡Qué contraste! Hubo una vez un general mexicano que perdió una pierna en batalla, y la batalla se interrumpió para enterrar la pierna en funerales de apoteosis, con honores de Jefe de Estado. Esos son generales y batallas y piernas de opereta: la muerte de Martí no ha sido, ni podría ser motivo para interrumpir la batalla por la independencia de Nuestra América, por la libertad y la dignidad del hombre. Y no puede serlo, porque esta no es una riña de payasos, sino la gesta histórica que los pueblos de nuestro continente deberán librar para construir sociedades libres y justas, “con todos y para el bien de todos”.
* Jorge Mañach, Martí, El Apóstol, tercera edición, Espasa-Calpe Argentina S.A., Buenos Aires, 1946.

 Carlos Vidales
Estocolmo, 1997.
Revisado: 2013