Fuego en Avenue Brugmann

Incendio matinal, Bruselas. Dibujo de Carlos Vidales a partir de una foto de Nicola F.

Incendio matinal, Bruselas. Dibujo de Carlos Vidales a partir de una foto de Nicola F.

Crónica de Andrea Roca
sobre una mañana de fuego
en su vecindario de Bruselas.

Así nos despertó Bruselas esta mañana: fuego, hollín y el llamado de los bomberos.

Nicola me saca del sueño bruscamente: ¡corre, se está quemando el edificio! En ese mismo momento llama la policía al citófono. Corrimos en pijama ocho pisos abajo mientras subían agentes y bomberos. Alcancé a agarrar mi chaqueta de blue jean y el pasaporte. Nada más; no sin dejar de pensar escalas abajo en que hubiera podido salvar la foto de mi mamá, los libros con las dedicatorias más bellas de mi padre y los aretes de cuando era niña con esas dos pequeñas esmeraldas. Siempre se dice que se puede perder todo en un segundo, pero cuando el segundo está a un segundo, nada importa aparte la vida, que es lo que de verdad nadie nos repone.

Salimos a la calle y nos hacen alejarnos señalándonos el andén de enfrente. Íbamos llegando uno a uno, en pareja o con niños, todos los vecinos -incluso algunos que nunca había visto en estos años-. Los policías seguían adentro llamando a las puertas de los más ancianos, lentos, sordos o solitarios.

Y ahí estábamos, fuera, en la Avenue Brugmann, viendo cómo el primer piso del edifico pegado al nuestro ardía y ennegrecía. Llegó la ambulancia, refuerzos que en total sumaban tres carros de bomberos con grúa y patrullas. Entraron por encima unos, por debajo los otros. Las llamas, dice Nicola que las vio bien del otro costado de la casa, eran gigantescas. Intentaban evitar que se pasara el fuego para nuestro lado y apagar el ya furioso conato de infierno donde comenzó todo.

En levantadoras, pantuflas, descalzos, en tennis, en chanclas playeras como yo, con marcas de almohada en las caras, con morrales y otros sin nada como nosotros; todos allí esperando ver extinguir las llamas: – La vecina que saluda según las fases de la luna con su marido para quien no existimos, llenos de una nerviosa cordialidad. Nuestros queridos amigos Italo-españoles con sus niños, siempre cálidos y sonrientes. La italiana a la que nunca había podido ver y que ya me parecía un fantasma. La señora del piso de abajo con su marido un poco perdido en su burbuja de vejez y pensamientos, pero amables y educados. Los esposos fumadores empedernidos del primer piso cuya nube de alquitrán perfuma los ascensores y la entrada principal. El joven de la puerta del lado con su novia y que nunca salieron -asumimos que estaban de vacaciones-. El matrimonio gay y los dos chicos nuevos también pareja, apenas llegados ayer y cuya primer noche en este edificio les da la bienvenida tan calurosamente que les ofreció un incendio. La rubia con el hijo que desconocía, el señor que siempre agacha la cabeza para simular que está ocupado y no saludar mientras su hijo adolescente dice bonjour tímidamente y…¿y la señora elegante y dulce que he visto solo dos veces en tres años? ¿Dónde estaba la señora dulce y elegante? No aparecía por ningún lado hasta que se asomó a su ventana y todos la vimos abrir la cortina como recién levantada curioseando seguramente atraída por las luces de las patrullas. ¡Venga, venga!, con señales de manos decíamos. Tal vez es sorda y no tenía el aparato -pensé, tal vez toma pastillas para dormir -anota mi vecina Beatriz, a esa edad…enfatiza.

Estábamos allí. Separados. En un lado los del edificio en riesgo y del otro, los del edificio en llamas. A Hugo el hijo de mis vecinos un policía lo cubrió con su chaqueta repleta de insignias: Police – Politie. Pertenecía a un agente de apellido flamenco, Van…bla, bla, blá. Hugo no creía en nadie vestido de policía. Parecía ET cuando lo disfrazaron de señora en Halloween.

Durante la espera curiosos belgas, muy discretos, preguntaban qué había pasado. Otros tomaban fotografías y los que tenían afán de llegar al trabajo se desviaban o caminaban a otras paradas del tranvía 92 que para justo en frente de casa y que por obvias razones su paso había sido bloqueado.

Después de presenciar las operaciones de los bomberos por un buen rato, ya cuando sabíamos que víctimas no había y que el fuego estaba controlado; llega un hombre rubio, bien peinado, delgado, con un pantalón mostaza de correa ajustadísima casi a la mitad del tronco que sin siquiera mirar se disponía a entrar a su trabajo. Sí, el apartamento donde todo comenzó era suyo. Su negocio, la que era su oficina, se había quemado totalmente.

Fue parado por el policía a cargo y en ese mismo momento, no digo que palideció porque ya era bastante más blanco que un pálido, pero los ojos desorbitados y el temblor nos mostró a nosotros espectadores y protagonistas también, el desconsuelo y la impotencia en la cara de otro. Quise acercarme a darle una palabra de aliento, incluso en mi país tal vez lo hubiera abrazado o le hubiera tocado su espalda, pero no lo hice porque su estoicismo me cortó y en estos países uno no termina por saber bien cuándo decir qué sin que no sea tomado como invasión. Callé entonces y le deseé cosas buenas, como por ejemplo: que estén bien de salud en su familia, que las deudas no lo estén ahorcando, que tenga quien lo ame o que el seguro le cubra todo. Eso, sobre todo, esta última cosa.

Nos autorizan entonces a entrar de nuevo en nuestras casas. Casi nadie tomó el ascensor. Todo olía a cuero quemado. A medida en que la gente llegaba a su piso, nos íbamos despidiendo y deseando con una sonrisa de serenidad recobrada, un mejor día. Eso y de esa manera me ha pasado poco en este país. Hoy, en este bâtiment vivimos la misma mañana. Triste decirlo así, pero hay tragedias que humanizan. No sé si algo como esto volverá a ocurrir. Sólo sé que hoy todos quisimos de verdad lo mejor para el otro, en este edificio en la Avenue Brugmann del barrio Ixelles.

Andrea Roca
Bruselas, 14 de junio de 2014

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La Estrella

La Estrella (crónica mínima)

Carlos Vidales
6 de enero de 2008, Día de Reyes

Su explosión fue tan grande, que todos los sistemas planetarios situados en un radio de 150 años luz desaparecieron consumidos por el fuego. Cientos de miles de civilizaciones fueron aniquiladas. Millones de especies inimaginables quedaron reducidas a partículas, polvo cósmico, gas incandescente. La luz enceguecedora de la explosión viajó –y viaja todavía– en todas direcciones, a través de los espacios siderales.

Varios millones de años más tarde, el lejano resplandor de la catástrofe llegó a un pequeño planeta poblado por seres inteligentes, los seres más inteligentes de toda la Creación, hechos a imagen y semejanza del Creador. Allí, en un país de pastores, tres astrólogos que decían ser reyes y magos, descrifraron el sentido de esta inmensa hecatombe: se trataba de la estrella que anunciaba la llegada de un niño destinado a ser torturado y crucificado para pagar las culpas de todos sus congéneres, y a la sombra de cuya imagen lacerada y dolorosa se habría de fundar la empresa más lucrativa de todos los tiempos, por los siglos de los siglos, amén.