El ruego del Inca Garcilaso: asumir el mestizaje

0072inca(En memoria de Guillermo Cano)

Como si hubiera querido partir de este mundo en compañía de Miguel de Cervantes –muerto el día anterior en Madrid–, el 24 de abril de 1616 dejaba de existir en Córdoba, a los setenta y siete años de edad, el mestizo peruano Gómez Suárez de Figueroa, hijo del conquistador español Sebastián Garcilaso de la Vega y de la Ñusta (princesa) cuzqueña Isabel Chimpu Ocllo. Pariente, por la rama paterna, de dos grandes glorias de las letras españolas –Jorge Manrique y Garcilaso de la Vega– y, por la rama materna, bisnieto del décimo emperador de los incas, Túpac Inca Yupanqui y sobrino nieto de Huayna Cápac, Gómez Suárez de Figueroa había adoptado desde su temprana juventud el nombre de Inca Garcilaso de la Vega, resaltando así su condición de mestizo singular. En él se unían, en turbulenta síntesis, lo mejor de la cultura de los conquistadores y lo mejor de la cultura indígena peruana.

No truncó la muerte la obra del Inca Garcilaso. La segunda parte de sus Comentarios Reales había sido terminada ya en diciembre de 1612, contaba con las aprobaciones necesarias para su edición en enero de 1614 y, por fin, siete meses después del fallecimiento de su autor salió de las imprentas de Córdoba esta obra que un historiador ha llamado “la más grande y honda de las historias del Perú”.

El Inca Garcilaso había nacido en el Cuzco. Reconocía como lengua “mía natural” el quechua y confesaba que “ni de escuelas pude en la puericia adquirir más que un indio nacido en medio del fuego y furor de las cruelísimas guerras civiles de su patria, entre armas y caballos, y criado en el ejercicio dellos, porque en ella no había entonces otra cosa”.

Creciendo y educándose en el fragor de la conquista, no tuvo siquiera el derecho de ser considerado legítimo porque su padre hubo de casarse con una española para defender la posesión de su encomienda. Se fue a España a los veintiún años para no regresar jamás a la tierra nativa porque el propio Rey se lo habría de prohibir. Combatió en Italia bajo las órdenes de don Juan de Austria y se ganó en los campos de batalla el grado de Capitán a los veinticinco años de edad. Se retiró de las armas a los treinta para meditar y escribir y luego, ya maduro, tradujo del italiano al español los Diálogos del Amor, que fueron censurados y recogidos por la Inquisición. Publicó La Florida del Inca, crónica sorprendente sobre los hechos del Adelantado Hernando de Soto en la Florida y dio cima a su obra con el prodigioso y febril testimonio de los Comentarios Reales de los Incas, cuya grandeza y hondura provienen del hecho de haber sido escritos por un mestizo natural que había adquirido conciencia plena del mestizaje. “El mestizo natural ha vencido al criollo artificial, europeizado“, diría tres siglos más tarde José Martí.

La conciencia del mestizaje

En efecto, al valorar el mérito de sus propios escritos, el Inca Garcilaso advertía tanto a los indios como a los españoles que “cada uno dellos lo ha de tomar por suyo propio porque de ambas naciones tengo prendas que los obligan a participar de mis bienes y males“. Confesión orgullosa y anticipo feliz de las palabras con que, trescientos cincuenta años más tarde otro peruano genial, José María Arguedas, habría de resumir su propia vida:

…hablando por vida el quechua, bien incorporado al mundo de los cercadores, visitante feliz de grandes ciudades extranjeras, intenté convertir en lenguaje escrito lo que era como individuo: un vínculo vivo, fuerte, capaz de universalizarse, de la gran nación cercada y la parte generosa, humana, de los opresores. El vínculo podía universalizarse, extenderse; se mostraba un ejemplo concreto, actuante. El cerco podía y debía ser destruido; el caudal de las dos naciones se podía y debía unir. Y el camino no tenía por qué ser, ni era posible que fuera únicamente el que se exigía con imperio de vencedores expoliadores, o sea, que la nación vencida renuncie a su alma, aunque no sea sino en apariencia, formalmente, y tome la de los vencedores, es decir que se aculture. Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua...

Garcilaso había dicho:

A los hijos de español y de india o de indio y española, nos llaman mestizos, por decir que somos mezclados de ambas naciones; fue impuesto por los primeros españoles que tuvieron hijos en indias, y por ser nombre impuesto por nuestros padres y por su significación, me lo llamo yo a boca llena  me honro con él.

Declaración más que sorprendente, revolucionaria, si se tiene en cuenta que el ser llamado mestizo era en aquella época tomado “por menosprecio”, según confesaba el propio Garcilaso y que desde la primera hora de la conquista los mestizos fueron sometidos a un régimen discriminatorio y considerados por la costumbre y por la ley escrita como miembros de una casta inferior. Forzoso era entonces concluir –como lo es ahora– que la “significación” a que Garcilaso se refería como motivo de orgullo no podía ser otra cosa que la significación histórica del mestizaje o, dicho de otro modo, el porvenir que él preveía –y que, como veremos, insinuó con toda la prudencia que exigía el ojo vigilante de la Santa Inquisición– para esta síntesis racial y cultural, síntesis violenta y sangrienta, coercitiva y brutal, atormentada y revuelta, en la que estaba contenido el germen de una nueva cultura y sembrada la semilla de un mundo nuevo.

¿Hasta qué punto asumía Garcilaso el proceso del mestizaje? Para él, las terribles contiendas de la conquista eran “guerras civiles”, puesto que se trataba de conflictos entre nuestros propios padres indios y españoles. Hijo carnal del gigantesco juego de contradicciones entablado entre la nación de los conquistadores y la nación de los conquistados, el mestizo Garcilaso reconocía su propia patria, no en la nación invasora, no en la nación invadida, sino en la síntesis que resultaba de esta violenta colisión histórica. ¡Guerras ”civiles”, las guerras de nuestra conquista! Idea original y perturbadora, que todavía hoy espera su desarrollo pleno, porque “nuestra” historia ha sido escrita por mestizos vergonzantes, hijos de “criollo artificial” con pretensiones de blanco, herederos de los terratenientes que asumieron el monopolio de la jefatura en las guerras de Independencia, levantando con una mano las banderas hipócritas del “indigenismo”, robando con la otra las tierras de los resguardos y proclamando a boca llena su presunta condición de “nietos de don Pelayo”. Para ellos fue siempre vergonzosa la “unión espuria” de las dos naciones, la masa despreciada de cholos, de pardos, de zambos, y hasta el mismo Bolívar, el más grande de los americanos, no pudo evitar ser pequeño, aristócrata y mantuano, cuando en un arrebato fugaz de decepción clamó contra la “pardocracia” y afirmó, con los peores epítetos, que la anarquía y la indisciplina de nuestros pueblos tenía su origen en la mezcla de pueblos y culturas.

La extensión del mestizaje

Pero el mestizaje generado en las tierras de Hispanoamérica no era simplemente un  proceso “racial”. Garcilaso advirtió que era, ante todo, un proceso cultural, al reconocer como compatriotas  suyos a  los criollos ”oriundos de acá nacidos (España) y connaturalizados allá (América)”, es decir, como hombres que, siendo españoles de origen, se hallaban integrados a la nueva realidad americana: en buen romance, como americanos de piel blanca y alma mestiza. Y a estos criollos y no a otros dio cabida en el destino histórico que había vislumbrado para el nuevo mundo.

En cambio, si bien reconocía orgullosamente a los invasores españoles como “nuestros padres”, no olvidaba que ellos habían sumido al alma indígena en “la melancolía y tristeza perpetua”, y deliberadamente omitió mencionarlos cuando, con inocultable afecto, encabezó así el prólogo a la segunda parte de sus Comentarios Reales:

A los Indios, Mestizos y Criollos de los reinos y provincias del grande y riquísimo imperio del Perú, el Inca Garcilaso de la Vega, su hermano, compatriota y paisano, salud y felicidad.

Garcilaso no podía advertir, desde luego, que más allá del mestizaje “cultural” o “nacional”, y sirviéndole de sustrato fundamental, se desarrollaba un mestizaje de formaciones socioeconómicas o, lo que es lo mismo, una múltiple y violenta articulación de modos de producción. Y aquí no me queda más remedio que rogarle al lector que soporte unas líneas de lenguaje un tanto técnico, por medio del cual quiero expresar, a guisa de hipótesis de trabajo, algunas ideas relativas a la identidad profunda de Nuestra América:

Históricamente, la sociedad hispanoamericana tiene su origen en el proceso de articulación violenta de varios modos de producción, proceso ocurrido durante los siglos XVI, XVII y XVIII, y mediante el cual una formación económico-social europea, la española, formación con características particulares y específicas, incorpora al conjunto de su estructura a una multitud de sociedades desigualmente desarrolladas y relativamente independientes las unas de las otras, a las cuales articula entre sí, y con cada una de las cuales se articula de diversos modos y grados mediante la coerción directa. La historia de la Conquista y de la Colonia es, pues, la historia de esta múltiple articulación de modos de producción, que dará como resultado el surgimiento de una sociedad nueva, “mestiza”, la sociedad colonial, distinta de las sociedades que al articularse le dieron origen, y distinta de la sociedad europea a la cual se encuentra sometida.

Este proceso se realiza durante la época del surgimiento y desarrollo del capitalismo y es condicionado por los fenómenos históricos que, a escala europea y mundial, genera dicho desarrollo.

En la conformación original de la sociedad hispanoamericana, por tanto, confluyen una multitud de factores históricos: elementos de los modos de producción indígenas que, transformados y modificados, se incorporan a la nueva formación socioeconómica en función del desarrollo de los modos de producción predominantes, impuestos por la sociedad conquistadora (así, la mita incaica, institución de “servicio civil obligatorio” en la sociedad indígena, se convierte en el horripilante matadero de indios que caracteriza la expoliación colonial); elementos de los modos de producción propios de esa sociedad conquistadora que, también transformados y modificados, se convierten en los pilares básicos, fundamentales, de la nueva formación socioeconómica; elementos del feudalismo en descomposición que, acosado en Europa por una agonía irreversible, busca y encuentra en las regiones coloniales del mundo nuevas formas de auto-reproducción y supervivencia; y, por fin, elementos del capitalismo en desarrollo que ya comienza a influir en todos los rincones del mundo “civilizado”.

¿No será, tal vez más correcto, buscar en este “mestizaje” original de las estructuras económicas, las raíces de nuestro carácter “anárquico”, inorgánico en lugar de echarle la culpa a la mezclas de las sangres y las “razas”, como lo hiciera nuestro inmortal Bolívar en un momento desdichado de arrebato aristocrático?

¿Y no será acaso el camino más correcto para superar nuestro temperamento turbulento y contradictorio, anárquico y caótico, el de asumir nuestro mestizaje y desarrollarlo creadoramente, en lugar de maldecirlo y avergonzarnos de él? Así lo cree, por lo menos, el Inca Garcilaso y por eso nos deja, antes de morir, un ruego que aún no hemos atendido, empeñados como estamos en disputas de menor cuantía.

Un ruego histórico

Así habla Garcilaso:

“A los cuales todos (indios, mestizos y criollos) como a hermanos y amigos, parientes y señores míos, ruego y suplico se animen y adelanten en el ejercicio de virtud, estudio y milicia, volviendo por sí y por su buen nombre, con que lo harán famoso en el suelo y eterno en el cielo.”

Reflexionemos un poco sobre estas palabras, escritas en suelo español, en la España de Felipe II. La virtud, que es la organización disciplinada, consciente y metódica de las fuerzas morales; el estudio, que es el enriquecimiento serio, sistemático y profundo de las propias potencialidades, la construcción positiva de la propia identidad. el desarrollo de la herramienta fundamental del ser humano, su conciencia; y la milicia, que es la disposición organizada de la fuerza, la materialización de la voluntad transformadora de la historia. Todo ello reunido; todos estos instrumentos ejercitados en inseparable unidad por un grupo humano gigantesco de indios, mestizos y criollos que actúan “volviendo por sí” y no por otros, por sí y no por el rey que los domina, por sí y no por la Santa Madre Iglesia que hace apenas unos años, en Valladolid, ha exterminado en la hoguera a decenas de hombres que tuvieron la osadía de volver “por sí”.

Hoy, casi cuatro siglos más tarde, este volver por sí se percibe como la tarea perentoria de las inmensas masas de indios, mestizos, negros, mulatos y criollos, no de una élite esclarecida, de todos y no de unos pocos héroes, porque el escenario de nuestra historia no está hecho para un pequeño elenco de actores y una masa innumerable de espectadores pasivos.

La  cuestión  permanece  vigente, porque en nuestras sociedades turbulentas se reproduce, una y otra vez, la arrogancia de quienes pretenden hacerle trampas a la historia, asumiendo el papel de Hércules o el de Prometeo, despreciando de hecho la organización política de las masas trabajadoras, relegando a un segundo plano el trabajo lento, difícil, oscuro, anónimo, “de hormiga”, que consiste en educar, orientar, organizar y encauzar a millones de hombres y mujeres para que asuman ellos mismos las luchas por sus derechos y sean ellos mismos los protagonistas de su propia emancipación. En su afán por construir la “vanguardia” se han olvidado de construir “el  cuerpo del ejército” y la “retaguardia”, sin los cuales no puede haber otra cosa que una caricatura de vanguardia: aparatos cerrados, superclandestinos, en los que sólo caben “militares profesionales” cada día más aislados de las necesidades reales del pueblo e impulsados más por su propio voluntarismo heroico que por las necesidades objetivas del proceso social.

Virtud, estudio y milicia: dejemos a la reflexión de los latinoamericanos honrados y sensatos lo que significa la unidad indisoluble de estos tres instrumentos, y lo que significa su divorcio; a qué grado de santurronería fanática, ignorante, llega la virtud sin el estudio, o a qué niveles de beatería impotente y suplicante alcanza cuando le falta la fuerza que apoye su razón; a qué limites de “azote y crimen”, como dice Martí, descienden el estudio y la inteligencia cuando no tienen virtud ni moral, o a qué honduras de soledad y destierro, cuando menos, o de torturas, cárcel y muerte, cuando más, se sumerge la verdad cuando está indefensa frente al poder de la tiranía; en qué pantanos de militarismo ramplón, aventurerismo vulgar, heroísmo estúpido, coraje sin dirección y sin destino, semillero de una nueva arbitrariedad y de una nueva tiranía, se hunden los hombres que empuñan las armas para despreciar la teoría, la inteligencia y el estudio, o cómo caen en la vileza cada vez que cambian de principios como de camisa y olvidan que el proceso de la historia es siempre el de la emergencia de una nueva moral.

Garcilaso había comprendido, acaso no con precisión científica pero sí con intuición poderosa, que en las tierras de Indias se forjaba una nación. Vislumbraba que esta nación había de ser la unidad creadora de los elementos aborígenes, de los elementos extranjeros connaturalizados en la nueva patria y de la síntesis resultante de ambos, los mestizos. Si así no fuera, ¿por qué habría de introducir Garcilaso, inmediatamente después de la cita que acabamos de comentar, sin transición alguna, la discusión en torno a la falsa disyuntiva de “civilización o barbarie“? Oigámoslo.

Y de camino es bien que entienda el mundo viejo y político que el nuevo (a su parecer bárbaro), no lo es ni ha sido sino por falta de cultura. De la suerte que antiguamente los griegos y romanos, por ser la flor y nata del saber y poder, a las demás regiones, en comparación suya, llamaron bárbaras, entrando en esta cuenta la española, no por serlo de su natural, mas por faltarle lo artificial…

Dejemos esto a aquellos a quienes duele la suerte de nuestra América y trabajan para la libertad y para la dignidad del hombre. En estas tierras, atormentadas por militares ignorantes e inmorales de todos los colores, o por fariseos de la ley para quienes los derechos del hombre son “el alegato de la subversión”, es necesario ahora recordar el ruego del Inca Garcilaso para que haga su trabajo en la conciencia viva de los pueblos y los prepare, con el descubrimiento de su propia identidad histórica, para la construcción de una vida más justa, más libre, más humana.

 © Carlos Vidales
Publicado en
El Espectador, Magazin dominical, Bogotá, 28-12-1980, pp. 6 y 7.
Revisado en Estocolmo, en el exilio, 31-01-2013.
Debo rendir aquí homenaje de admiración y gratitud
a don Guillermo Cano, quien, siendo director de El Espectador,
y conociendo, por medio de nuestra correspondencia,
que yo me encontraba en el exilio desde diciembre de 1979,
me estimuló a escribir este artículo y generosamente lo publicó,
desafiando la represión del gobierno de entonces.
Héroe y mártir de la libertad de opinión, Guillermo Cano
cayó asesinado por sicarios del narcotráfico el 17-12- 1986.

En su memoria, pongo este artículo en el dominio público.

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