La Expedición de Miranda en 1806

La expedición de Francisco Miranda en 1806 (en castellano, con documentos en inglés). Material documental para estudiantes. Realizado originalmente para diplomáticos de diversas naciones. Ampliado, revisado y corregido de la versión original en inglés. (Estocolmo, 2010). Revisado en marzo de 2013.

El dios

Dios azteca

Cansadas, las criaturas
del ocio sin sentido
inventaron un dios.

Y le pidieron consejo,
pero el dios era mudo.

Y las criaturas lloraron
y rogaron.

Y dijo una criatura:

– Dios me ha hablado,
yo soy su mensajero,
he aquí su mandamiento:

– Me debéis amar
a mí y a nadie más
por sobre todas las cosas.
De lo contrario
os daré odio y castigo eternos
y tormento sin fin.

Y las criaturas se sintieron felices.

Carlos Vidales
Estocolmo, 13-03-2013

El ruego del Inca Garcilaso: asumir el mestizaje

0072inca(En memoria de Guillermo Cano)

Como si hubiera querido partir de este mundo en compañía de Miguel de Cervantes –muerto el día anterior en Madrid–, el 24 de abril de 1616 dejaba de existir en Córdoba, a los setenta y siete años de edad, el mestizo peruano Gómez Suárez de Figueroa, hijo del conquistador español Sebastián Garcilaso de la Vega y de la Ñusta (princesa) cuzqueña Isabel Chimpu Ocllo. Pariente, por la rama paterna, de dos grandes glorias de las letras españolas –Jorge Manrique y Garcilaso de la Vega– y, por la rama materna, bisnieto del décimo emperador de los incas, Túpac Inca Yupanqui y sobrino nieto de Huayna Cápac, Gómez Suárez de Figueroa había adoptado desde su temprana juventud el nombre de Inca Garcilaso de la Vega, resaltando así su condición de mestizo singular. En él se unían, en turbulenta síntesis, lo mejor de la cultura de los conquistadores y lo mejor de la cultura indígena peruana.

No truncó la muerte la obra del Inca Garcilaso. La segunda parte de sus Comentarios Reales había sido terminada ya en diciembre de 1612, contaba con las aprobaciones necesarias para su edición en enero de 1614 y, por fin, siete meses después del fallecimiento de su autor salió de las imprentas de Córdoba esta obra que un historiador ha llamado “la más grande y honda de las historias del Perú”.

El Inca Garcilaso había nacido en el Cuzco. Reconocía como lengua “mía natural” el quechua y confesaba que “ni de escuelas pude en la puericia adquirir más que un indio nacido en medio del fuego y furor de las cruelísimas guerras civiles de su patria, entre armas y caballos, y criado en el ejercicio dellos, porque en ella no había entonces otra cosa”.

Creciendo y educándose en el fragor de la conquista, no tuvo siquiera el derecho de ser considerado legítimo porque su padre hubo de casarse con una española para defender la posesión de su encomienda. Se fue a España a los veintiún años para no regresar jamás a la tierra nativa porque el propio Rey se lo habría de prohibir. Combatió en Italia bajo las órdenes de don Juan de Austria y se ganó en los campos de batalla el grado de Capitán a los veinticinco años de edad. Se retiró de las armas a los treinta para meditar y escribir y luego, ya maduro, tradujo del italiano al español los Diálogos del Amor, que fueron censurados y recogidos por la Inquisición. Publicó La Florida del Inca, crónica sorprendente sobre los hechos del Adelantado Hernando de Soto en la Florida y dio cima a su obra con el prodigioso y febril testimonio de los Comentarios Reales de los Incas, cuya grandeza y hondura provienen del hecho de haber sido escritos por un mestizo natural que había adquirido conciencia plena del mestizaje. “El mestizo natural ha vencido al criollo artificial, europeizado“, diría tres siglos más tarde José Martí.

La conciencia del mestizaje

En efecto, al valorar el mérito de sus propios escritos, el Inca Garcilaso advertía tanto a los indios como a los españoles que “cada uno dellos lo ha de tomar por suyo propio porque de ambas naciones tengo prendas que los obligan a participar de mis bienes y males“. Confesión orgullosa y anticipo feliz de las palabras con que, trescientos cincuenta años más tarde otro peruano genial, José María Arguedas, habría de resumir su propia vida:

…hablando por vida el quechua, bien incorporado al mundo de los cercadores, visitante feliz de grandes ciudades extranjeras, intenté convertir en lenguaje escrito lo que era como individuo: un vínculo vivo, fuerte, capaz de universalizarse, de la gran nación cercada y la parte generosa, humana, de los opresores. El vínculo podía universalizarse, extenderse; se mostraba un ejemplo concreto, actuante. El cerco podía y debía ser destruido; el caudal de las dos naciones se podía y debía unir. Y el camino no tenía por qué ser, ni era posible que fuera únicamente el que se exigía con imperio de vencedores expoliadores, o sea, que la nación vencida renuncie a su alma, aunque no sea sino en apariencia, formalmente, y tome la de los vencedores, es decir que se aculture. Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua...

Garcilaso había dicho:

A los hijos de español y de india o de indio y española, nos llaman mestizos, por decir que somos mezclados de ambas naciones; fue impuesto por los primeros españoles que tuvieron hijos en indias, y por ser nombre impuesto por nuestros padres y por su significación, me lo llamo yo a boca llena  me honro con él.

Declaración más que sorprendente, revolucionaria, si se tiene en cuenta que el ser llamado mestizo era en aquella época tomado “por menosprecio”, según confesaba el propio Garcilaso y que desde la primera hora de la conquista los mestizos fueron sometidos a un régimen discriminatorio y considerados por la costumbre y por la ley escrita como miembros de una casta inferior. Forzoso era entonces concluir –como lo es ahora– que la “significación” a que Garcilaso se refería como motivo de orgullo no podía ser otra cosa que la significación histórica del mestizaje o, dicho de otro modo, el porvenir que él preveía –y que, como veremos, insinuó con toda la prudencia que exigía el ojo vigilante de la Santa Inquisición– para esta síntesis racial y cultural, síntesis violenta y sangrienta, coercitiva y brutal, atormentada y revuelta, en la que estaba contenido el germen de una nueva cultura y sembrada la semilla de un mundo nuevo.

¿Hasta qué punto asumía Garcilaso el proceso del mestizaje? Para él, las terribles contiendas de la conquista eran “guerras civiles”, puesto que se trataba de conflictos entre nuestros propios padres indios y españoles. Hijo carnal del gigantesco juego de contradicciones entablado entre la nación de los conquistadores y la nación de los conquistados, el mestizo Garcilaso reconocía su propia patria, no en la nación invasora, no en la nación invadida, sino en la síntesis que resultaba de esta violenta colisión histórica. ¡Guerras ”civiles”, las guerras de nuestra conquista! Idea original y perturbadora, que todavía hoy espera su desarrollo pleno, porque “nuestra” historia ha sido escrita por mestizos vergonzantes, hijos de “criollo artificial” con pretensiones de blanco, herederos de los terratenientes que asumieron el monopolio de la jefatura en las guerras de Independencia, levantando con una mano las banderas hipócritas del “indigenismo”, robando con la otra las tierras de los resguardos y proclamando a boca llena su presunta condición de “nietos de don Pelayo”. Para ellos fue siempre vergonzosa la “unión espuria” de las dos naciones, la masa despreciada de cholos, de pardos, de zambos, y hasta el mismo Bolívar, el más grande de los americanos, no pudo evitar ser pequeño, aristócrata y mantuano, cuando en un arrebato fugaz de decepción clamó contra la “pardocracia” y afirmó, con los peores epítetos, que la anarquía y la indisciplina de nuestros pueblos tenía su origen en la mezcla de pueblos y culturas.

La extensión del mestizaje

Pero el mestizaje generado en las tierras de Hispanoamérica no era simplemente un  proceso “racial”. Garcilaso advirtió que era, ante todo, un proceso cultural, al reconocer como compatriotas  suyos a  los criollos ”oriundos de acá nacidos (España) y connaturalizados allá (América)”, es decir, como hombres que, siendo españoles de origen, se hallaban integrados a la nueva realidad americana: en buen romance, como americanos de piel blanca y alma mestiza. Y a estos criollos y no a otros dio cabida en el destino histórico que había vislumbrado para el nuevo mundo.

En cambio, si bien reconocía orgullosamente a los invasores españoles como “nuestros padres”, no olvidaba que ellos habían sumido al alma indígena en “la melancolía y tristeza perpetua”, y deliberadamente omitió mencionarlos cuando, con inocultable afecto, encabezó así el prólogo a la segunda parte de sus Comentarios Reales:

A los Indios, Mestizos y Criollos de los reinos y provincias del grande y riquísimo imperio del Perú, el Inca Garcilaso de la Vega, su hermano, compatriota y paisano, salud y felicidad.

Garcilaso no podía advertir, desde luego, que más allá del mestizaje “cultural” o “nacional”, y sirviéndole de sustrato fundamental, se desarrollaba un mestizaje de formaciones socioeconómicas o, lo que es lo mismo, una múltiple y violenta articulación de modos de producción. Y aquí no me queda más remedio que rogarle al lector que soporte unas líneas de lenguaje un tanto técnico, por medio del cual quiero expresar, a guisa de hipótesis de trabajo, algunas ideas relativas a la identidad profunda de Nuestra América:

Históricamente, la sociedad hispanoamericana tiene su origen en el proceso de articulación violenta de varios modos de producción, proceso ocurrido durante los siglos XVI, XVII y XVIII, y mediante el cual una formación económico-social europea, la española, formación con características particulares y específicas, incorpora al conjunto de su estructura a una multitud de sociedades desigualmente desarrolladas y relativamente independientes las unas de las otras, a las cuales articula entre sí, y con cada una de las cuales se articula de diversos modos y grados mediante la coerción directa. La historia de la Conquista y de la Colonia es, pues, la historia de esta múltiple articulación de modos de producción, que dará como resultado el surgimiento de una sociedad nueva, “mestiza”, la sociedad colonial, distinta de las sociedades que al articularse le dieron origen, y distinta de la sociedad europea a la cual se encuentra sometida.

Este proceso se realiza durante la época del surgimiento y desarrollo del capitalismo y es condicionado por los fenómenos históricos que, a escala europea y mundial, genera dicho desarrollo.

En la conformación original de la sociedad hispanoamericana, por tanto, confluyen una multitud de factores históricos: elementos de los modos de producción indígenas que, transformados y modificados, se incorporan a la nueva formación socioeconómica en función del desarrollo de los modos de producción predominantes, impuestos por la sociedad conquistadora (así, la mita incaica, institución de “servicio civil obligatorio” en la sociedad indígena, se convierte en el horripilante matadero de indios que caracteriza la expoliación colonial); elementos de los modos de producción propios de esa sociedad conquistadora que, también transformados y modificados, se convierten en los pilares básicos, fundamentales, de la nueva formación socioeconómica; elementos del feudalismo en descomposición que, acosado en Europa por una agonía irreversible, busca y encuentra en las regiones coloniales del mundo nuevas formas de auto-reproducción y supervivencia; y, por fin, elementos del capitalismo en desarrollo que ya comienza a influir en todos los rincones del mundo “civilizado”.

¿No será, tal vez más correcto, buscar en este “mestizaje” original de las estructuras económicas, las raíces de nuestro carácter “anárquico”, inorgánico en lugar de echarle la culpa a la mezclas de las sangres y las “razas”, como lo hiciera nuestro inmortal Bolívar en un momento desdichado de arrebato aristocrático?

¿Y no será acaso el camino más correcto para superar nuestro temperamento turbulento y contradictorio, anárquico y caótico, el de asumir nuestro mestizaje y desarrollarlo creadoramente, en lugar de maldecirlo y avergonzarnos de él? Así lo cree, por lo menos, el Inca Garcilaso y por eso nos deja, antes de morir, un ruego que aún no hemos atendido, empeñados como estamos en disputas de menor cuantía.

Un ruego histórico

Así habla Garcilaso:

“A los cuales todos (indios, mestizos y criollos) como a hermanos y amigos, parientes y señores míos, ruego y suplico se animen y adelanten en el ejercicio de virtud, estudio y milicia, volviendo por sí y por su buen nombre, con que lo harán famoso en el suelo y eterno en el cielo.”

Reflexionemos un poco sobre estas palabras, escritas en suelo español, en la España de Felipe II. La virtud, que es la organización disciplinada, consciente y metódica de las fuerzas morales; el estudio, que es el enriquecimiento serio, sistemático y profundo de las propias potencialidades, la construcción positiva de la propia identidad. el desarrollo de la herramienta fundamental del ser humano, su conciencia; y la milicia, que es la disposición organizada de la fuerza, la materialización de la voluntad transformadora de la historia. Todo ello reunido; todos estos instrumentos ejercitados en inseparable unidad por un grupo humano gigantesco de indios, mestizos y criollos que actúan “volviendo por sí” y no por otros, por sí y no por el rey que los domina, por sí y no por la Santa Madre Iglesia que hace apenas unos años, en Valladolid, ha exterminado en la hoguera a decenas de hombres que tuvieron la osadía de volver “por sí”.

Hoy, casi cuatro siglos más tarde, este volver por sí se percibe como la tarea perentoria de las inmensas masas de indios, mestizos, negros, mulatos y criollos, no de una élite esclarecida, de todos y no de unos pocos héroes, porque el escenario de nuestra historia no está hecho para un pequeño elenco de actores y una masa innumerable de espectadores pasivos.

La  cuestión  permanece  vigente, porque en nuestras sociedades turbulentas se reproduce, una y otra vez, la arrogancia de quienes pretenden hacerle trampas a la historia, asumiendo el papel de Hércules o el de Prometeo, despreciando de hecho la organización política de las masas trabajadoras, relegando a un segundo plano el trabajo lento, difícil, oscuro, anónimo, “de hormiga”, que consiste en educar, orientar, organizar y encauzar a millones de hombres y mujeres para que asuman ellos mismos las luchas por sus derechos y sean ellos mismos los protagonistas de su propia emancipación. En su afán por construir la “vanguardia” se han olvidado de construir “el  cuerpo del ejército” y la “retaguardia”, sin los cuales no puede haber otra cosa que una caricatura de vanguardia: aparatos cerrados, superclandestinos, en los que sólo caben “militares profesionales” cada día más aislados de las necesidades reales del pueblo e impulsados más por su propio voluntarismo heroico que por las necesidades objetivas del proceso social.

Virtud, estudio y milicia: dejemos a la reflexión de los latinoamericanos honrados y sensatos lo que significa la unidad indisoluble de estos tres instrumentos, y lo que significa su divorcio; a qué grado de santurronería fanática, ignorante, llega la virtud sin el estudio, o a qué niveles de beatería impotente y suplicante alcanza cuando le falta la fuerza que apoye su razón; a qué limites de “azote y crimen”, como dice Martí, descienden el estudio y la inteligencia cuando no tienen virtud ni moral, o a qué honduras de soledad y destierro, cuando menos, o de torturas, cárcel y muerte, cuando más, se sumerge la verdad cuando está indefensa frente al poder de la tiranía; en qué pantanos de militarismo ramplón, aventurerismo vulgar, heroísmo estúpido, coraje sin dirección y sin destino, semillero de una nueva arbitrariedad y de una nueva tiranía, se hunden los hombres que empuñan las armas para despreciar la teoría, la inteligencia y el estudio, o cómo caen en la vileza cada vez que cambian de principios como de camisa y olvidan que el proceso de la historia es siempre el de la emergencia de una nueva moral.

Garcilaso había comprendido, acaso no con precisión científica pero sí con intuición poderosa, que en las tierras de Indias se forjaba una nación. Vislumbraba que esta nación había de ser la unidad creadora de los elementos aborígenes, de los elementos extranjeros connaturalizados en la nueva patria y de la síntesis resultante de ambos, los mestizos. Si así no fuera, ¿por qué habría de introducir Garcilaso, inmediatamente después de la cita que acabamos de comentar, sin transición alguna, la discusión en torno a la falsa disyuntiva de “civilización o barbarie“? Oigámoslo.

Y de camino es bien que entienda el mundo viejo y político que el nuevo (a su parecer bárbaro), no lo es ni ha sido sino por falta de cultura. De la suerte que antiguamente los griegos y romanos, por ser la flor y nata del saber y poder, a las demás regiones, en comparación suya, llamaron bárbaras, entrando en esta cuenta la española, no por serlo de su natural, mas por faltarle lo artificial…

Dejemos esto a aquellos a quienes duele la suerte de nuestra América y trabajan para la libertad y para la dignidad del hombre. En estas tierras, atormentadas por militares ignorantes e inmorales de todos los colores, o por fariseos de la ley para quienes los derechos del hombre son “el alegato de la subversión”, es necesario ahora recordar el ruego del Inca Garcilaso para que haga su trabajo en la conciencia viva de los pueblos y los prepare, con el descubrimiento de su propia identidad histórica, para la construcción de una vida más justa, más libre, más humana.

 © Carlos Vidales
Publicado en
El Espectador, Magazin dominical, Bogotá, 28-12-1980, pp. 6 y 7.
Revisado en Estocolmo, en el exilio, 31-01-2013.
Debo rendir aquí homenaje de admiración y gratitud
a don Guillermo Cano, quien, siendo director de El Espectador,
y conociendo, por medio de nuestra correspondencia,
que yo me encontraba en el exilio desde diciembre de 1979,
me estimuló a escribir este artículo y generosamente lo publicó,
desafiando la represión del gobierno de entonces.
Héroe y mártir de la libertad de opinión, Guillermo Cano
cayó asesinado por sicarios del narcotráfico el 17-12- 1986.

En su memoria, pongo este artículo en el dominio público.

Evocación de Martí

José Martí

José Martí

El 15 de enero de 1871, pocas horas antes de tomar el barco que lo llevará al destierro en España, José Martí escribe a su maestro y protector Rafael María de Mendive:

Mucho he sufrido, pero tengo la convicción de que he sabido sufrir. Y si he tenido fuerzas para tanto y si me siento con fuerzas para ser verdaderamente hombre, sólo a usted se lo debo, y de usted y sólo de usted es cuanto de bueno y cariñoso tengo.

No ha cumplido aún los dieciocho años, pero ya ha pasado uno en la cárcel. Allí, pagando el crimen de haber escrito en pro de la independencia de su patria, ha culminado la formación de su personalidad. Conoce ya que lo importante no es cuánto se sufre, sino saber sufrir, y conoce que el hombre verdadero ha de sentir gratitud y amor por su maestro.

Hoy, al recordar a Martí cuando se acerca el mes de mayo y un nuevo aniversario de su muerte, es preciso evocar también al hombre que lo formó con decisión y generosidad. Rafael María de Mendive era un pedagogo de infinita paciencia, un hombre de gran ternura, un poeta de verso suave y sencillo y un patriota valiente que sufrió con entereza la cárcel y el destierro por la libertad de Cuba. Él infundió en José Martí un amor ardiente por los débiles y los oprimidos y un entusiasmo fervoroso por las acciones heroicas. Pero sobre todo, él supo moldear la inteligencia extraordinaria de su discípulo, y someterla al gobierno de dos cualidades tutelares: la moral y la disciplina. Y esta sujeción de un talento brillante y entusiasta al orden de una moral lúcida, sin dogmas, y de una disciplina implacable, harían de la personalidad de Martí uno de los fenómenos más extraordinarios en la historia de Nuestra América.

“La inteligencia sin virtud no es más que azote y crimen”, habría de decir más tarde el propio Martí. Él hizo de su vida una conjunción indisoluble de inteligencia y virtud, y por eso pudo decir alguna vez, respondiendo a los ataques injustos de un adversario político:

Si mi vida me defiende, nada puedo alegar que me ampare más que ella. Y si mi vida me acusa, nada podré decir que la abone. Defiéndame mi vida.

La disciplina hizo de él un trabajador excepcional. En un sólo día solía escribir diez cartas, varios manifiestos revolucionarios y dos o tres artículos periodísticos. Asombra constatar la elevada finura y calidad de sus escritos, compuestos con una velocidad febril y revisados con feroz autocrítica, a vuelo de pluma.

Inteligencia, moral y disciplina trabajando juntas: el resultado no puede ser otro que la originalidad. Martí jamás adoptó esquemas ni modelos ajenos y siempre estudió las experiencias de otros para aprender, no para copiar. Más aún, él comprendió con claridad que la falta de originalidad ha matado la virtud y generado la infamia en nuestra historia, cuando el empecinamiento por organizar a nuestros pueblos con fórmulas importadas ha conducido al uso inevitable de la coerción dictatorial. Así lo expresó en el ensayo titulado Nuestra América:

Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.

No puedo resistir aquí la tentación de trazar un paralelo entre José Martí y Simón Bolívar. Ambos, discípulos admirables de maestros admirables: el uno de Mendive, el otro de Simón Rodríguez. Ambos, poseídos por la misma causa: la independencia y la construcción de la identidad de Nuestra América. Ambos, dominados por una febril excitación y una energía descomunal: Bolívar recorrió cien mil kilómetros librando batallas por la libertad, Martí viajó por todos los continentes de la inteligencia forjando cien mil ideas por la libertad. Ambos quemaron la llama de su existencia en ese vértigo creador: Bolívar murió a los cuarenta y siete años, Martí a los cuarenta y dos. Ambos comprendieron la ineludible necesidad de la guerra libertadora frente a una potencia colonial resuelta a mantener su imperio por la fuerza: “Sólo la guerra puede salvarnos por la senda del honor”, dijo Bolívar, y Martí fue más preciso:

Es criminal… quien promueve una guerra que se puede evitar; y criminal quien deja de promover la guerra inevitable.

Pero el paralelo es más profundo que eso. Ambos vieron, cada uno desde la perspectiva de su tiempo, la importancia que tendría el desarrollo de Nuestra América para el mundo entero: Bolívar dijo alguna vez que “nuestra causa es la de todo el género humano”, y Martí escribió: “Es un mundo lo que estamos equilibrando; no son sólo dos islas las que vamos a libertar”. Ambos advirtieron también el peligro que para el continente y el mundo representaba el agresivo desarrollo del poder económico y político de la gran nación norteamericana, y a Martí correspondió el mérito de reformular y profundizar las premisas teóricas de la identidad latinoamericana frente a las fuerzas crecientes del imperialismo.

Ambos fueron pensadores originales, creadores. Bolívar intentó elaborar una doctrina del poder y del estado a partir del examen de la realidad hispanoamericana, y desde su Carta de Jamaica hasta la Constitución Boliviana, pasando por las tesis expuestas en su discurso ante el Congreso de Angostura, se respira una libertad de pensamiento y una osadía de análisis propias de quien no teme concebir ideas nuevas. La obra de Martí es un ejemplo viviente de originalidad creadora.

Ahora bien, los grandes hombres no surgen solos, no son islas ni oasis del desierto. Las épocas de Bolívar y de Martí fueron épocas revolucionarias, preñadas de luchas y de heroísmos, con alzamientos de pueblos y movimientos de muchedumbres, con precursores y mártires. Las tierras que habrían de constituir la Gran Colombia, el escenario de Bolívar, engendraron y parieron dos generaciones brillantes de hombres que dieron una faz nueva a las ciencias, las artes, las letras y la política, y lo mismo ocurrió en la región del Caribe en la época de José Martí. Hostos, Maceo, Gómez, son figuras prominentes entre las muchas figuras prominentes de ese tiempo.

Pero allí puede terminar el paralelo porque Martí fue además un polígrafo. Escribió poesía y prosa, narración y artículos periodísticos, cuentos para niños y manifiestos revolucionarios, ensayos históricos y notas polémicas, tesis políticas y alegatos morales, indagaciones filosófícas y códigos institucionales, descripciones de la vida cotidiana y estudios sobre lógica. Sus cuadernos de apuntes muestran su interés sin límites por todos los temas, desde los más banales hasta los más abstrusos. Fue precursor del modernismo en literatura. Los grandes escritores españoles de la Generación del 98 reconocieron su autoridad de maestro. Fue elemento decisivo en la construcción del Partido Revolucionario Cubano. Redactó el Plan de Alzamiento de 1884 y el Manifiesto de Montecristi de 1895. Fue corresponsal y colaborador de muchos periódicos sudamericanos, compuso innumerables discursos para sus compatriotas en el exilio, escribió obras de teatro, intentó novelas.

Fue un hombre libre, apóstol de hombres libres. Partidario de la guerra libertadora, se opuso en medio de ella al espíritu militarista de jefes ilustres y heroicos y les dijo con franqueza que “no se funda un pueblo como se manda un campamento”. Supo distinguir la diferencia y los límites entre la acción militar necesaria para la revolución y las desviaciones y aberraciones militaristas, las arrogancias de quienes intentaban usar las armas y las charreteras como un argumento en el debate político del pueblo, la grotesca tentativa de dirigir al partido revolucionario y gobernar al país liberado mediante órdenes de cuartel. Héroe civil, héroe de la dignidad humana plena y libre, fue un Apóstol de la Libertad y así quedó bautizado para siempre en la historia de América.

Es pertinente aquí, y oportuno también porque nos hallamos en medio de una época en que no faltan quienes buscan reivindicar derechos especiales de raza frente a la historia, recordar lo que José Martí escribió sobre las razas y el racismo:

Esa de racista está siendo una palabra confusa y hay que ponerla en claro. El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra; dígase Hombre, y ya se dicen todos los derechos. El negro, por negro, no es inferior ni superior a ningún otro hombre; peca por redundante el que dice “mi raza”. Todo lo que divide a los hombres, todo lo que los especifica, aparta o acorrala, es un pecado contra la Humanidad.

En mayo, cada año y cada mes de mayo, recordamos su muerte. Cayó en combate, el 19 de mayo de 1895, en una escaramuza que no habría tenido mayor importancia si él hubiera sobrevivido. Trece años antes había escrito:

No me pongan en lo oscuro
a morir como un traidor:
¡Yo soy bueno, y como bueno
moriré de cara al sol!

Murió, en efecto, como siempre había vivido: de cara al sol, aunque hoy tengamos que hacer un esfuerzo para no pensar en la siniestra connotación que el fascismo español dio a esa bella expresión: de cara al sol.

Y la tumba de Martí, casi incógnita, es apenas casi solamente el viento.

Recordemos el terrible instante.

Martí cayó muerto porque se adelantó con heroísmo, aunque rompiendo la disciplina. Máximo Gómez había intentado, sin éxito, quebrantar las fuerzas españolas, más numerosas y aguerridas. Al retirarse para organizar una carga recibió la tremenda noticia de la muerte de Martí y se lanzó al rescate de su cuerpo, temerariamente solo. El fuego nutrido del enemigo le impidió avanzar. Los jinetes españoles habían reconocido el cadáver de Martí y ahora se retiraban con el sangriento trofeo.

La furia y la angustia cundieron entre los cubanos, que comenzaron a concentrarse para intentar el rescate del Apóstol. Entretanto, el capitán español Ximénez de Sandoval, excitado e incrédulo, examinaba el cadáver. El práctico Oliva aseguró categóricamente que ése era el cuerpo de Martí. Todavía se pidió confirmar la identificación a dos personas: un capitán que había visto al héroe, meses antes, en Santo Domingo, y el mensajero Chacón, quien también conocía a Martí.

Ximénez de Sandoval, sin embargo, quería estar plenamente seguro. Una revisión de la casaca ensangrentada del cadáver disolvió todas sus dudas: en un bolsillo se hallaron los papeles de identidad de José Martí.

Una anotación en el diario de campaña del oficial español nos cuenta que los ojos del muerto quedaron abiertos y que “tenía las pupilas azules”.

Los esfuerzos de Maximo Gomez por rescatar el cuerpo de Martí fueron inútiles. La columna española pudo proteger su retirada con las defensas naturales del terreno y los cubanos, muy inferiores en número, no pudieron quebrantar la resistencia enemiga. Una repentina tormenta impidió a Gómez continuar sus ataques y cuando al fin logró llegar al bohío por donde acababa de pasar Sandoval, se le informó que la tropa española se dirigía a Remanganaguas, a marcha forzada, para enterrar a Martí.

“Aquella noche –cuenta el biógrafo Jorge Mañach*– en el campamento mambí de Las Vueltas no hubo necesidad de tocar a silencio. Con el fuego del vivaque se le vio al Chino Viejo un centelleo en las mejillas húmedas. Alguien acuñó, ya para la posteridad, un titulo venerador: El Apóstol.”

“En el centro de la columna española, obligada tambien a acampar por un torrencial aguacero, el cuerpo de Marti fue bajado de la acémila del práctico y dejado toda la noche bajo el cielo negro. No se veían las palmeras, pero los grillos siseaban en las tinieblas su llamamiento implacable.”

“A la tarde siguiente lo enterraban en el camposanto aldeano, de alambradas y cruces de palo. Ximénez de Sandoval tenía prisa por saborear la victoria. Pero cerca de Santiago, adonde había comunicado la noticia, recibió ordenes de regresar a Remanganaguas y llevar a la ciudad el cadáver para que no quedasen dudas en La Habana. Ni en la Florida ni en Nueva York, donde los emigrados iban a desmentir desesperadamente el cable…”

“Mal embalsamado, en un ataúd hecho de cajones y colocado sobre unas parihuelas, el cuerpo de Martí llega a Santiago de Cuba el 27 de mayo. La columna, que ha sido varias veces tiroteada por el camino, se abre paso entre grupos torvos y silenciosos… Después de la formal identificación, se lleva el ataúd al cementerio con mucho séquito de tropa. Allí el coronel Ximénez de Sandoval inquiere si alguno de los no militares presentes desea hablar. Al cabo de un largo silencio, él mismo pronuncia unas breves palabras:

Señores: Cuando pelean hombres de hidalga condición, como nosotros, desaparecen odios y rencores. Nadie que se sienta inspirado de nobles sentimientos debe ver en estos yertos despojos un enemigo… Los militares españoles luchan hasta morir; pero tienen consideración para el vencido y honores para los muertos.

Martí había escrito:

Cultivo una rosa blanca
en julio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni espiga cultivo:
cultivo una rosa blanca.

Y ahora, en el acto sombrío de su entierro, podía verse cómo ese hombre bueno y generoso, muerto y tendido en un frío ataúd, se las arreglaba para volver a nacer y sembrar su rosa blanca en el corazón de su enemigo, el coronel Ximénez de Sandoval.

¡Qué contraste! Hubo una vez un general mexicano que perdió una pierna en batalla, y la batalla se interrumpió para enterrar la pierna en funerales de apoteosis, con honores de Jefe de Estado. Esos son generales y batallas y piernas de opereta: la muerte de Martí no ha sido, ni podría ser motivo para interrumpir la batalla por la independencia de Nuestra América, por la libertad y la dignidad del hombre. Y no puede serlo, porque esta no es una riña de payasos, sino la gesta histórica que los pueblos de nuestro continente deberán librar para construir sociedades libres y justas, “con todos y para el bien de todos”.
* Jorge Mañach, Martí, El Apóstol, tercera edición, Espasa-Calpe Argentina S.A., Buenos Aires, 1946.

 Carlos Vidales
Estocolmo, 1997.
Revisado: 2013

El astillero de la nave de los locos

La nave de los locos: Jerónimo Bosch

La nave de los locos: Jerónimo Bosch

Suelta amarras la barca,
Su negro velamen de harapos y mortajas.
La brújula de la razón está perdida
En las cámaras secretas de un palacio,
Oh, gran señor de las anclas oxidadas.
Los días no tienen playa
Y la pestífera nave hace aguas,
Mascada por un concilio de ratas.
Es un catafalco de mar
Que transporta muletas y llagas
Desde la noche medieval.
Es un triste comercio de miasmas y miserias,
Una barca bautizada por el Bosco
Que quiebra en su proa
Una botella de agua envenenada.
Juan Manuel Roca
enero 5, 2013
Especial para NTC
Algunas reflexiones:
Comienzo por el final porque los últimos serán los primeros. En prosa llana, El Bosco es lo correcto. Pero yo interpreto a Juan Manuel cuando escribe “el Bosco” en términos poéticos, como una trampa sutil para que el lector no se distraiga demasiado en la referencia pictórica. Yo le he hecho al poeta una trampa no tan sutil, publicando su poema junto con la pintura de El Bosco. Pero todo esto genera nuevas trampas sutiles, porque Juan Manuel Roca, aunque describe el cuadro con bella crudeza (la alusión final a la botella que es rota por la proa de la barca me parece magistral, pone en movimiento a la barca del cuadro), en realidad nos quiere llevar al “astillero” donde la barca se construye y es atiborrada de locos. Ese “astillero” es la sociedad humana, que produce locos por doquier y los embarca en navíos para enviarlos hacia la nada, hacia la perdición y el naufragio final. De hecho, durante el Renacimiento era práctica común poner a los locos en embarcaciones que derivaban en los ríos y dependían de la caridad o la indiferencia de los “cuerdos”. Muchos artistas populares realizaron pinturas y grabados sobre el tema durante los siglos XV y XVI y, entre los artistas cultos, Durero realizó espléndidos grabados sobre el tema. Con ellos ilustró La barca de los necios de Sebastián Brandt, publicado en 1494, mucho antes de que El Bosco pintara su cuadro. Así pues, el tema de los locos, o los necios, o los estultos, era ya tradición popular muy arraigada en tiempos de El Bosco. Por otra parte, Michel Foucault, en su libro Historia de la locura en la época clásica, dedica páginas memorables al tema. Lo que hace el poema de Roca tan “tremendo”, como yo lo he calificado, es que nuestro poeta (que conoce muy bien la historia del arte, como me consta), no se detiene en estas erudiciones y sintetiza con cruda fuerza varios niveles de nuestra cultura occidental, este “astillero de la nave de los locos“. Si El Bosco denunció con inimitable humor y frescura la insensatez de los sensatos que condenaban al ostracismo a los que pensaban diferente (los “locos”), si Erasmo se atrevió a escribir un Elogio de la locura (de la estulticia, decía él, en armonía con la semántica germana), si Sebastián Brandt escribió ese formidable poema moralizante que es La barca de los necios, es porque durante el Renacimiento fue muy evidente para los intelectuales y filósofos que la locura era, por una parte, un producto de la sociedad estúpida, ilógica, injusta y enajenada y, por otra parte, un síntoma de cordura y rebeldía (por lo tanto, de desadaptación y marginación) frente a esa sociedad loca y dogmática. Tales ideas están presentes en la obra de Pico de la Mirandola, en algunos relatos y comentarios de Nicolás Maquiavelo y en muchos textos y obras de escritores, pintores y grabadores. No sobra recordar que la más grande novela jamás escrita en lengua castellana es la amable metáfora de un loco y su escudero, el primero con la locura de intentar mejorar el mundo con métodos feudales, el segundo con la cordura maravillosa de acompañar la locura de su caballero andante, solo en virtud de la más cuerda y sensata de las locuras humanas: la lealtad.

En suma, que yo amo mucho este poema de Juan Manuel Roca porque me ha inspirado las más desaforadas y locas reflexiones literarias, único recurso para recuperar la cordura después de estos festejos de Año Nuevo.

Carlos Vidales
Estocolmo, 6 de enero, 2013

Einstein: ¿Por qué socialismo?

Albert Einstein

Albert Einstein

Monthly Review, Nueva York, mayo de 1949

¿POR QUÉ SOCIALISMO?

 Albert Einstein

¿Debe opinar sobre el socialismo quien no es un experto en cuestiones económicas y sociales? Por una serie de razones creo que sí.

Permítasenos primero considerar la cuestión desde el punto de vista del conocimiento científico. Puede parecer que no hay diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los científicos en ambos campos procuran descubrir leyes de aceptabilidad general para un grupo circunscrito de fenómenos para hacer la interconexión de estos fenómenos tan claramente comprensible como sea posible. Pero en realidad estas diferencias metodológicas existen. El descubrimiento de leyes generales en el campo de la economía es difícil por que la observación de fenómenos económicos es afectada a menudo por muchos factores que son difícilmente evaluables por separado. Además, la experiencia que se ha acumulado desde el principio del llamado período civilizado de la historia humana —como es bien sabido— ha sido influida y limitada en gran parte por causas que no son de ninguna manera exclusivamente económicas en su origen. Por ejemplo, la mayoría de los grandes estados de la historia debieron su existencia a la conquista. Los pueblos conquistadores se establecieron, legal y económicamente, como la clase privilegiada del país conquistado. Se aseguraron para sí mismos el monopolio de la propiedad de la tierra y designaron un sacerdocio de entre sus propias filas. Los sacerdotes, con el control de la educación, hicieron de la división de la sociedad en clases una institución permanente y crearon un sistema de valores por el cual la gente estaba a partir de entonces, en gran medida de forma inconsciente, dirigida en su comportamiento social.

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El Evangelio según San Pantxo

Grabado de Goya

San Pantxo, burro y apóstol

(Fragmento del manuscrito descubierto por Carlos Vidales bajo los muros de Jericó, Antioquia, Colombia)

San Pantxo el Orejón, burro y apóstol, ha sido recientemente declarado inexistente, no-persona, no-burro, por Su Santidad el Papa católico. No obstante este pequeño inconveniente, publicamos aquí este testimonio de gran valor ético. Creemos que, si bien es posible que el santo burro Pantxo no haya sido testigo presencial de lo que cuenta, también es indudable que Su Santidad el Papa tampoco es testigo presencial de lo que afirma. Y puesto que hablamos de asuntos de fe, que cada cual crea lo que quiera.

Este diálogo sagrado
ocurrió, según mi ciencia,
cuando Adán, con impaciencia
se presentó ante Jehová,
a pedirle por piedá
que lo escuchara en audiencia.

Adán:
Vengo a pedirte, Señor,
que me des una mujer
que me sepa complacer
y me trate bien bonito,
porque me siento solito
y empiezo a desfallecer.

Mira que aquí en el Edén
al repartir la baraja
saqué la carta más baja,
me tocó un juego nefasto,
a todos les tocó pasto
y a mí, Señor, pura paja.

Por eso te solicito
con el debido respeto,
que me saques de este aprieto
dándome una compañera
que me ayude, que me quiera,
y me mueva el esqueleto.

Jehová:
Tenés razón, hijo mío,
solito estás, ya lo veo;
aunque sos peludo y feo,
yo te hice a mi semejanza
y por eso sin tardanza
voy a cumplir tu deseo.

Pero como ya gasté
todo el aliento vital
en crear el mundo animal,
voy a precisar ahora
fabricar a tu señora
con tu mismo material.

Por eso te sacaré
con artes de cirujano
lo más bonito y más sano
que en tu cuerpo pueda hallar,
para con él modelar
un ser precioso y lozano.

Mas te advierto con franqueza
que observando tu organismo,
no puedo encontrar yo mismo
una partícula bella
para hacerte una doncella
con primor y virtuosismo.

Pues aunque quise crearte
a mi imagen parecido,
vos me saliste torcido,
porque después del esfuerzo
de hacer todo el Universo
yo estaba muy distraido.

Y lo único que veo
después de mi revisión,
es un huesito pelón
que tenés en el costado,
y que yo dejé olvidado
debajo del corazón.

Adán:
Señor, si vas a sacar
mi mujer de mi esqueleto,
yo voy a vivir inquieto:
ella, pa estar a mi altura,
será feminista dura
y yo quedaré incompleto.

Jehová:
Pensás como un macho bruto,
y te lo voy a explicar:
incompletos van a estar
ella y vos, pero al juntarse
juntos van a completarse
y así podrán procrear.

Lo que voy a hacer con vos
es una gran maravilla,
pues esta verdad sencilla
vas a escuchar, viejo Adán:
tus cachorros nacerán
del vientre de tu costilla.

Así, no tendrás derecho
a sentirte superior;
ninguno será el mejor,
cada uno será una parte,
y se unirán por el arte
y la magia del amor.

Adán:
Ahora sí entiendo, Dios mío,
te lo agradezco y te juro
que seré sincero y puro
y daré a mi compañera
el amor que ella requiera
y el respeto más seguro.

Dame pues mi mujercita,
que la impaciencia me lleva;
le daré por nombre Eva,
sácamela de una oreja,
del páncreas o la molleja,
pero nunca de una breva.

Sácala de una costilla,
sácala de donde sea;
la amaré cuando la vea,
le daré lo que me pida,
y mientras yo tenga vida
cumpliré con mi tarea.

Jehová:
Veremos si sos capaz
de cumplir con tu palabra;
para vos mi Gloria se abra
si hacés las cosas bien hechas,
aunque según mis sospechas
sos más loco que una cabra.

Adán:
Antes de irme, Señor,
yo te quiero preguntar
por tu manera de hablar
que me suena problemática:
tu Verbo es de una gramática
que yo no sé conjugar.

Jehová:
No te asombrés, viejo Adán,
así lo quiso el Destino:
yo hablo un idioma divino
y vos hablás castellano,
porque Adán es colombiano
pero Dios… es Argentino.

(Aquí termina esta parte
que a lo largo y a lo ancho
y sin mucho zafarrancho,
del fondo de su memoria
y siendo fiel a la historia
les contó el Profeta Pantxo.

Tal vez contará algo más
si hay salud y fortaleza;
todo sea por la grandeza,
el amor y la ternura,
la pureza y la hermosura
de Madre Naturaleza).

Vale.

San Pantxo el Orejón, burro y apóstol.

Gaza

 

En medio de la tierra
vi un monstruo horrendo
abominable.

Con estruendo rompía
los huesos y las vísceras
de hombres y mujeres
y de ancianos y niños.

– “¿Qué verdugo es este?” –,

exclamé, horrorizado.

Volvió hacia mí sus ojos
refulgentes de odio sin medida
y rugió:

– “¡No soy el verdugo! ¡Soy La Víctima!”

Carlos Vidales
Estocolmo, noviembre, 2012

En el principio era el verbo

El laberinto del verboEl Evangelio según San Pantxo

(Fragmento)

En el principio era el Verbo.

Y el Verbo dijo: háganse las conjugaciones. Y las conjugaciones fueron hechas. Y el Verbo separó el presente y el pretérito, el futuro y el pluscuamperfecto, el participio pasado y el gerundio, el infinitivo y el indicativo. Y el Verbo comprendió que todo lo existente se mueve en los intrincados y cambiantes laberintos del tiempo.

Y en el primer día, el Verbo creó los sustantivos y las preposiciones. Y los sustantivos recibieron condiciones de existencia según las preposiciones a, ante, bajo, con, contra, de, desde, en, entre, hacia, hasta, para, por, según, sin, sobre, tras, los unos con relación a los otros. Y el Verbo comprendió que todo lo existente se agita en las redes multidimensionales del espacio.

Y en el segundo día, el Verbo separó los sustantivos según su género, en masculinos, femeninos y neutros. Y para definirlos creó los artículos definidos el, la, lo. Y vio que los sustantivos individuales formaban grupos y creó los conceptos de singular y plural. Y vio que era bueno.

Y en el tercer día dijo el Verbo: háganse los adjetivos para definir las cualidades de los sustantivos. Y distinguió lo grande de lo pequeño, lo bello de lo feo, lo claro de lo oscuro. Y creó los colores para indicar los diferentes matices de los sustantivos.

Y en el cuarto día dijo el Verbo: no está bien que los sustantivos tengan cualidades definidas mientras Yo, el Verbo, no las tengo. Hágase, pues, el adverbio, como adjetivo del Verbo. Y creó los adverbios de tiempo y de lugar, de modo y cantidad, de orden, de afirmación, negación y duda, así como los adverbios pronominales, demostrativos y relativos, interrogativos e indefinidos. Y los adverbios fueron como los secretarios del Verbo, su cohorte de ángeles, arcángeles y querubines y serafines, para ajustar de manera precisa todas las conjugaciones y los tiempos verbales. Y en el rango más alto de los arcángeles creó los Verbos Auxiliares. Y los adverbios, viéndose exaltados en su función de calificadores de Verbos, crecieron en arrogancia y comenzaron a calificar a los Adjetivos. Y los adverbios, cada vez más autosuficientes, bien pronto aprendieron a calificarse también los unos a los otros.

Y en el quinto día, el Verbo creó las conjunciones para que los sustantivos, los adjetivos, las formas verbales y los adverbios pudieran establecer relaciones de unión los unos con los otros. Y vio que el mundo comenzaba a tomar una forma inteligente.

Y en el sexto día reunió el Verbo todo lo que había creado los días anteriores y dijo: ahora vamos a construir la oración. Y creó partículas, sufijos, prefijos, declinaciones, pronombres personales y otros objetos necesarios. Luego construyó la Oración, poniendo en su centro, como líder, al sustantivo. Y dijo al sustantivo: Nada harás sin ayuda del Verbo. Todo lo que hagas o digas será con el Verbo. Y mientras respetes mi Ley, la Ley del Verbo, dominarás y serás el señor sobre todas las demás partes de la oración, pues a partir de ahora yo haré una Alianza contigo y serás mi pueblo elegido.

Y dijo el Verbo a todas estas criaturas: creced y multiplicaos. Y nacieron nuevas oraciones y establecieron tribus, pueblos y naciones de frases, dichos, expresiones, interjecciones, llamados, lamentos y muchas otras maravillas. Y formaron familias y clanes, clases y oficios. Y surgieron poemas, epopeyas, tragedias, comedias, historias, leyendas, jergas, dialectos, razones filosóficas, narraciones alucinadas y descripciones del mundo.

Y dijo el Verbo a toda esta muchedumbre de criaturas: te llamarás lenguaje. Y serás siempre vivo y eternamente cambiante.

Y el séptimo día, el Verbo se fue a descansar.

Y ocurrió que una horda de antropoides estúpidos, aprovechando el descuido del Verbo que dormía, comenzó a manipular con insensata curiosidad toda esta muchedumbre de ideas y palabras.

Y ahí fue donde comenzaron los problemas del mundo.

Y esta es la hora en que el Verbo no ha despertado todavía de su siesta.

Pantxo el Orejón, Santo y Burro.

Otra versión, herética, encontrada en los Manuscritos del Mar Tuerto:

Según una vieja Biblia en sánscrito que me prestó el Reverendo Burro Sancho (y que no le he devuelto ni le devolveré), resulta que el Verbo creó a los artículos definidos masculino y femenino y luego les dijo: ahora, haced la Conjunción. Y ellos se conjuntaron y de esa Conjunción nacieron dos Sustantivos que pronto se pelearon, y el mayor mató al menor a punta de Interjecciones. Por esta época comenzaron a crecer los Adjetivos y entonces los Sustantivos, que también se habían desarrollado después de su primera guerra civil, se sintieron ofuscados y decidieron hacer un pacto con El Verbo, para que ellos fueran reconocidos como el Pueblo Elegido. El Verbo mandó entonces al Pronombre para guiara a los Sustantivos a través del desierto, y este Pronombre les enseñó todas las reglas gramaticales y de ortografía. Les dijo, entre otras cosas, que para marcar su alianza con el Verbo, debían cortarse el cuerito de la Preposición, acto ritual que fue llamado Circuncisión porque originalmente tenía acento circunflejo sobre la “o”. Pero en las ciudades de Sodoma y Gomorra había una muchedumbre de sustantivos neutros, ambiguos, de costumbres dudosas y corruptas. El Verbo los castigó poniéndoles los puntos sobre las íes, primero, y el punto final después. Siglos más tarde, el Verbo le dijo al Adverbio que se presentara ante la Virgen Sílaba y le anunciara: “Bienaventurada eres entre todos los fonemas, porque parirás un Hijo que será el Verbo sustantivado, el Sustantivo adverbial y el Sustantivo verbalizado, todo al mismo tiempo, las tres cosas distintas y un solo Verbo Verdadero”. La Virgen Sílaba se fue a contarle esto a las otras sílabas que no eran vírgenes y se armó un despelote de palabras que nadie entendía. Entonces el Verbo Sustantivado fue perseguido, muerto y sepultado, resucitó a los tres días y está sentado a la diestra del Verbo, en el reino de la Oración subordinante.

Un hombre que pasaba por esos caminos bíblicos se encontró todas esas palabras tiradas y como tenía hambre se las tragó, pero se le atragantaron y no las pudo digerir. Y desde entonces, sus descendientes vomitan palabras sin parar, y por cada palabra que echan por sus bocas, les nacen mil palabras nuevas en las gargantas. Y a esto le llaman lenguaje.

Carlos Vidales
Estocolmo, octubre de 2012

[Nota teológica: Esta última versión me parece misógina y patriarcal. A la única que medio le dan oportunidad de ser primera es a Doña Conjunción. Y es bien sabido que Doña Conjunción es la base de toda la historia. Doña Preposición no alcanzó a dar ni un brinco, porque está condenada a que se la corten a cada cual, si quiere renovar su Alianza con el Verbo. Aunque en la versión ortodoxa el Verbo es el comienzo y el origen de todo lenguaje, es indudable que todas las demás partes de la oración son igualmente necesarias para que exista un lenguaje digno de tal nombre. Según una teoría evolucionista formulada por un hereje incalificable, el Verbo no existió desde siempre sino que se formó a través de un proceso de millones de años, a partir de Sustantivos en movimiento, que solamente podían ser comprendidos si se los concebía, precisamente, en movimiento. De ahí surgió la sentencia materialista, absolutamente herética y diabólica, que dice: “El Verbo es el Sustantivo en movimiento”. Vale. Pantxo].