Más cábalas literarias: Nobel 2014

Sede de la Academia Sueca, antiguo edificio de la Bolsa, Estocolmo.

Sede de la Academia Sueca, antiguo edificio de la Bolsa, Estocolmo.

Como un agregado necesario a mis comentarios bobos sobre las personas escribidoras que podrían posiblemente ser agraciadas con el Premio Nobel de Literatura 2014, quiero ahora ofrecer algunos datos que indican cosas interesantes, sin que hasta ahora yo haya logrado dilucidar qué cosas son esas.

En primer término, una noticia que ha caído como una bomba casera en el reducido círculo de gente snob que no se pierde estos acontecimientos: la tradicional ceremonia de “puertas abiertas al público” en el antiguo edificio de la Bolsa de Estocolmo, hoy sede de la Academia Sueca, ha sido suprimida. Esto significa que el anuncio del ganador o ganadora, él o ella, del Nobel de Literatura 2014, será pronunciado por el Secretario Perpetuo de la Academia, Peter Englund, ante periodistas de radio, prensa y televisión exclusivamente, y que ningún o ninguna sujeto o sujeta del populacho tendrá acceso a tan interesante anuncio.

Se habla de “razones de seguridad” para justificar esta restricción. A uno, que es más o menos bobo, se le viene a la mente que entre los candidatos y candidatas al premio hay un africano que ha estado en la cárcel, torturado y martirizado por tiranos y terroristas; una argelina, defensora de los derechos de la mujer, muy valiente, quien además se niega a abandonar el Islam y lucha desde adentro por los principios del humanismo; una bielorrusa, periodista, ya procesada anteriormente por su defensa de los derechos humanos, terriblemente incómoda para los ultraortodoxos rusos, ucranianos, bielorrusos, etc., certera y agudísima crítica del estalinismo pasado, presente y futuro; un chino, sobreviviente de la masacre de Tiananmen, irreductible en la defensa de libertades que algunos muy poderosos califican de “invenciones burguesas”; un checo sobreviviente de la reacción soviética contra la “Primavera de Praga”, a quien recientemente le han inventado la calumnia de que fue “informante de la policía”, para descalificar su testimonio demoledor sobre la estupidez burocrática de los “comisarios de la inteligencia”; un gringo más o menos odiado por feministas ultras, puesto que describe actos sexuales en sus novelas, y ahora colocado en la lista negra por un monstruo editor/distribuidor por denunciar los abusos capitalistas (valga la redundancia) sobre los derechos de autores y autoras; un árabe, poeta, odiado por el Mosad; y un judío, odiado por algún centenar de millones de árabes. En otras palabras, parece haber suficientes motivos para que el hall de la Academia se llene de terroristas de todos los colores, listos para inmolarse en caso de que el premio recaiga en uno, o una, que les parezca inaceptable.

Y eso que solamente he mirado una lista reducida de los candidatos y candidatas, ellos y ellas. Sabrán vuestras ínclitas mercedes que este año de desgracias de 2014, los candidatos y candidatas premiables suman la bonita cifra de 210, según la lista confeccionada ya a comienzos de año por la Academia Sueca.

Y esto me ha hecho pensar que mi lista de diez posibles, publicada recientemente, es escandalosamente pequeña y estoy corriendo el riesgo de que el premio recaiga fuera de ella y yo quede como un ridículo ignorante, como suelen quedar invariablemente los doctos y doctas expertos y expertas que pronostican categóricamente sin tener en cuenta el principio del Maestro Yoda: “El futuro es difícil de ver, porque siempre se está moviendo”.

Pero hay que jugar a las cábalas. Para comenzar, diré que en los tableros de apuestas internacionales (los más prestigiosos tienen sede en Londres, faltaba más), indican este rango de prioridades y favoritismos entre los apostadores, a fecha de hoy:

  1. Haruki Murakami
  2. Assia Djbar
  3. Ismail Kadaré
  4. Joyce Carol Oates
  5. Nawal El Saadawi
  6. Patrick Modiano
  7. Svetlana Aleksijevitj
  8. Adonis
  9. Philip Roth
  10. Paul Muldoon
  11. Karel Schoeman
  12. Adam Zagajewski
  13. Bei Dao
  14. Milan Kundera
  15. Péter Nádas
  16. Thomas Pynchon
  17. Ko Un
  18. Mircea Cartarescu
  19. Don de Lillo
  20. Jon Fosse
  21. Margaret Atwood
  22. Amos Oz
  23. Antonio Lobo Antunes
  24. Richard Ford
  25. Don Paterson
  26. Nuridin Farah
  27. Karl Ove Knausgård
  28. Peter Hanke
  29. Umberto Eco
  30. William Trevor
  31. John Le Carré
  32. Cormac Mc Carthy
  33. Javier Marías
  34. Salman Rushdie
  35. Tom Stoppard
  36. Bob Dylan
  37. Colm Toibin
  38. Les Murray

Sorprende grandemente que figuras prominentes y excelsas de las letras como Salman Rushdie, Antonio Lobo Antunes, William Trevor, Amos Oz, Milan Kundera, se encuentran en rangos tan bajos en las preferencias de los apostadores profesionales. Uno está tentado a decir que apostar no es lo mismo que leer y leer no es lo mismo que entender lo que se lee, pero es un hecho de la vida real que la Feria de las Vanidades cotiza según designios inescrutables.

Y advierto que estoy dicendo todo esto con muy buen humor y sin el ánimo de molestar a nadie, pidiendo a quien me lea que ría con gana, según el sabio consejo del buen Rabelais:

Verdad es que aquí hay poca perfección;
en cualquier caso, aprenderéis a reír.
Otra razón no puede mi corazón elegir.
Viendo el duelo que os corroe y tortura,
mejor es de risa que de llanto escribir,
porque reír es propio de la humana criatura.

Dicho lo anterior queda por registrar, con precisión científica (porque mi papá, Luis Vidales, era experto en estadísticas y no es cosa de traicionar aquí la tradición paterna), cómo es el asunto de los viejos aspirantes y los recién llegados:

En febrero de 2014 la Academia Sueca había recibido 271 propuestas de candidaturas para el Premio Nobel de Literatura. Luego de sesudas elucubraciones, dictámenes y pareceres, los honorables académicos decidieron aceptar una lista de 210 candidadtos admitidos. De esos 210, solamente 36 son candidatos por primera vez, y 174 ya han sido nominados anteriormente.

Después de esa docta e ilustrada sesión, los ínclitos académicos se fueron en tropel al restaurante Gyldene Freden (Paz Dorada), y gozaron pantagruélicamente de una bella sopa de arvejas amarillas (ärtsoppa) con panqueques (pannkakor) y dulce de bayas (lingonsylt), típico menú popular de tradición medieval en estas tierras nórdicas, que es ritual obligado, según la mitología del populacho, para cerrar la confección de las listas Nobel. Y yo cuento este detalle, basado en el relato de Peter Englund, Secretario Perpetuo de la Academia Sueca.

Carlos Vidales
Estocolmo, 3 de octubre de 2014

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Nobel de Literatura 2014

Medalla del Premio Nobel

Medalla del Premio Nobel

Aunque no creo en los premios –lo he dicho varias veces–, sí creo en la influencia que los premios literarios ejercen sobre la vida cultural de pueblos y naciones. Millones de personas leen los textos que han sido tocados por la fama y orientan sus preferencias y opiniones en razón de lo que se oye, se comenta, se alude y se recomienda. Por eso –y tal vez por otras razones más nobles– tal vez sea interesante hablar del premio Nobel de Literatura que la Academia Sueca otorgará dentro de unas semanas y cuyo afortunado receptor todavía no conocemos.

Aun no ha comenzado la feria de cábalas, profecías, apuestas, anticipaciones y presagios en torno al posible ganador del premio. La muchedumbre docta de gente experta en cosas de las letras, que invariablemente se equivoca en sus predicciones, aun no ha iniciado su erudita algarabía, tan enriquecedora por lo que enseña a la horda de bobos que solamente somos lectores más o menos despistados.

Este año, pues, me adelantaré a los doctos letrados y a las doctas letradas y me permitiré ofrecer a ellos y a ellas, los y las, algunos datos que ellos y ellas ya saben pero que administran, sospecho, con poca disciplina y rigor.

Mi metodología científica es impecable, creo. Me guío por las preferencias de los lectores y las lectoras de Suecia, según se registran en las cifras de ventas de editores y libreros. Tenemos derecho a suponer que la Academia Sueca no es indiferente a estos datos, porque otras veces hemos visto que, en efecto, el premiado o la premiada ha gozado de las predilecciones del público lector nórdico previamente a la adjudicación del premio.

No obstante, la prudencia y el principio de oro de Descartes (“dudar de todo”) aconsejan no hacer pronósticos y mucho menos apuestas. Me limitaré, por lo tanto, a considerar diez criaturas escribientes sobre alguna de las cuales puede caer, tal vez, quién sabe, la lluvia de ocho millones de coronas suecas y el bonito diploma y la redonda medalla de oro del Premio Nobel de Literatura 2014. Me orientaré por la información ofrecida por uno de los mayores distribuidores y agentes de libros nuevos y usados de Suecia, la Bolsa del libro (Bokbörsen). La versión al castellano es mía, no se trata de una traducción literal.

Vamos allá.

1- Según el propio Haruki Murakami, la inspiración para escribir su primera novela Hear the Wind Sing (1979) le llegó mientras asistía a un partido de béisbol. Murakami escribió su obra en varios meses en el bar, después de su horario de trabajo, con algunas breves adiciones en el día, lo que resultó en un texto algo fragmentario, a saltos, con breves capítulos. Cuando terminó, envió inmediatamente su novela al único concurso que recibía obras de ese tamaño, y ganó el primer premio. De todos modos, en esta su primera novela se reflejan muchos de los elementos fundamentales de su ulterior creación literaria: estilo occidental, humor de trazo muy personal, y cautivadora nostalgia. Murakami es probablemente el más fuerte de los candidatos al premio 2014, aunque nunca se sabe.

2- Durante sus estudios en Uganda, Ngũgĩ wa Thiong’o escribió sus dos primeras novelas y su primera pieza teatral, The Black Hermit. Weep Not, Child fue la primera novela de un africano oriental y despertó un gran interés internacional. Su tercera novela, Om icke vetekornet (Si no el grano de trigo), publicada en 1967, fue escrita en Leeds y obtuvo muy elogiosas críticas.
Thiong’o escribe desde 1978 casi exclusivamente en la lengua del pueblo kikuyu. Su dura crítica contra los ricos terratenientes y políticos, que oprimen a los pobres para acrecentar sus ganancias, le hizo tomar la decisión de escribir en kikuyu para llegar a los campesinos. Después de la realización de su pieza Ngaahika Ndeenda en el centro cultural de Kamiriithu, fue encarcelado sin proceso. Ngügï describió su año en la cárcel en Detained: a Writer’s Prison Diary (1981). He leído algunos fragmentos (en inglés) que me han parecido magistrales y conmovedores.

3- Desde su debut en 1957, Assia Djebar ha tratado en forma literaria los problemas de que ha sido testigo y que la han acosado: las condiciones de las mujeres musulmanas del Magreb, el despertar político producido por la revolución de independencia de Argelia, el derecho de las mujeres a la educación y la historia social de África del norte.

A diferencia de muchas feministas occidentales, que han tomado distancia de las religiones por considerarlas patriarcales, Djebar apoya su feminismo en interpretaciones del Islam y de las épocas de Abraham y Hagar, como se ve en su novela Loin de Médine (Lejos de Medina). Como ocurre con muchos otros autores postcoloniales, las narraciones de Djebar tratan sobre los temas de idioma e identidad.

4- Una de las más fuertes candidatas, Joyce Carol Oates, extraordinariamente productiva y una de las más elogiadas escritoras norteamericanas de todos los tiempos. Muchas veces ha sido mencionada como firme candidata al premio Nobel.

Su escritura lleva el sello de su adhesión a la escuela tradicional de lo realista-romántico, en que las relaciones, decepciones y sueños de los individuos, junto a las descripciones de la sociedad norteamericana contemporánea, han estado siempre bajo el foco central, frente a los experimentos formales del postmodernismo.

Durante la década de 1980, con Bellefleur y otras novelas posteriores, reintrodujo el romance gótico y dejó de lado la contemporaneidad para explorar la historia norteamericana. Sus más recientes novelas han sido crónicas familiares.
La novela Blonde, publicada en 2000, trata de Marilyn Monroe y ha sido muy estimada y elogiosamente comentada, se ha vendido en grandes ediciones y fue nominada a premios de prestigio como el Pulitzer y el National Book Award.

5- La poesía de Adonis es moderna y modernista. Bajo una fuerte influencia de los surrealistas franceses, su lírica está colmada igualmente de referencias a los mitos y símbolos de las múltiples y milenarias culturas del Mediterráneo. Muchos expertos lo consideran como el más importante poeta vivo del idioma árabe y varias veces ha sido mencionado como un posible ganador del premio Nobel. Su obra más conocida, el cliclo poético Cantos de Miyar (1961) es valorado como una de las altas cumbres de la nueva poesía árabe, en particular, y de la poesía modernista, en general.

6- Philip Roth ha publicado 28 novelas, varias premiadas, desde su debut en 1959 hasta 2007. Él ha descrito su oficio como “escribir biografías apócrifas y falsas historias”. Ya desde sus primeras novelas ha descrito escenas sexuales con íntimos detalles y exclusivamente desde el punto de vista masculino, lo que le ha valido ser calificado como pornográfico y antifeminista.

Desde su debut con Goodbye, Columbus (Adiós, Colón) la novelística de Roth ha recorrido varios estadios de desarrollo. Con frecuencia regresa a sus propios orígenes como judío de clase media y con ellos escenifica sus relatos; del mismo modo, ha criticado la diferenciación entre las categorías de ficción y autobiografía.

Comprometido con la libertad de la literatura, Roth se ha unido a Milan Kundera, Orhan Pamuk y Salman Rushdie en el repudio público contra las prácticas “codiciosas” y “abusivas” de la distribuidora internacional Amazon.

7- Svetlana Aleksijevitj (bielorrusa y periodista) llama a su suite de novelas documentales Utopins röster – Historien om den röda människan (Voces de la Utopía – Historia del ser humano rojo). El primer libro de la serie es Kriget har inget kvinnligt ansikte (La guerra no tiene ningún rostro femenino) y en él narran varias mujeres sobre su vida en el Ejército Rojo durante la “Gran Guerra Patriótica” (Segunda Guerra Mundial).
En 1992 se inició en Minsk un proceso contra Aleksijevitj y su libro Zinkpojkarna (Los muchachos de zinc), pero gracias a la movilización de las fuerzas democráticas del país, las acusaciones fueron retiradas. A finales de la década de 1990 Aleksijevitj fue sistemáticamente sometida a acoso y presiones por parte del régimen de Lukashenko y se vio obligada a abandonar su patria en 2000. Vivió primero en París; luego, entre 2006 y 2008, en Gotemburgo y más tarde en Berlín. En 2011 regresó a su hogar en Minsk.

Según numerosísimos observadores y levantadores profesionales de apuestas, Aleksijevitj es la gran favorita para el premio Nobel 2014.

8- En relación con las protestas estudiantiles de 1986 en China, Bei Dao se convirtió en un individuo impublicable y sin derecho a trabajar. Después de las protestas y de la masacre en la Plaza de la Paz Celestial (Tiananmen) en Beijing, donde algunos de sus poemas habían sido declamados por los manifestantes, debió abandonar el país para evitar la prisión. Ha vivido en Alemania, Suecia, California. Su esposa y su hija pudieron reunirse con él recién a mediados de la década de 1990.
Bei Dao ha recobrado la posibilidad de vivir y trabajar en China, desde 2006. Sus obras han comensado a ser permitidas y toleradas. Se han traducido a 25 idiomas. Además de poemas, ha publicado relatos, ensayos y novelas.

9- Milan Kundera inició su carrera literaria como poeta y su primer libro, la antología poética Clovek zahrada širá (El hombre es mi jardín), se publicó en Checoslovaquia en 1953. Luego siguieron varias colecciones de poemas, una exitosa pieza de teatro en un acto, Majitelé Klícu (Los propietarios de las llaves, 1962), que plaanteó la problemática de las premisas sociales del individuo para sus acciones políticas, y más tarde la colección de relatos Kärlekens löjen (Los amores ridículos, 1963), antes de tomar la decisión de escribir novelas. Su novela de debut, Skämtet (La broma, 1970), sobre los efectos del estalinismo sobre la vida emocional, se publicó en 1967 y tuvo un modesto recibimiento internacional.
Kundera tuvo un enorme éxito internacional en 1984 con Varats olidliga lätthet (La insoportable levedad del ser), libro prohibido en Checoslovaquia hasta 1989. La novela fue llevada al cine en 1988.

10- Después de publicar varias colecciones de relatos, dio a conocer Péter Nádas su primera novela, Slutet på en familjeroman (Final de una novela familiar, 1977). En 1986 publicó Minnesanteckningarnas bok, (Libro de apuntes), que describe el mundo como un sistema de relaciones que enlazan a las personas unas con otras. Sobre el trasfondo de la historia de la cultura europea, examina la disolución de la personalidad y las posibilidades de, a pesar de esta disolución, encontrar un sentido en el mundo real.

En 2005 se publicó la novela Parallella historier (Historias paralelas). El argumento está construido en torno a la historia de dos familias: una de ellas, — Lippay-Lehr, es húngara, la otra — Döhring, es alemana. Son como dos avenidas de acontecimientos que se cruzan y se relacionan a través de hechos y personas.

Una vez hecha esta lista, bueno es advertir que, si bien el Premio Nobel de Literatura 2014 puede caer en las manos de alguna de las personas incluidas en ella, también es perfectamente posible que caiga en manos de alguna de las centenares criaturas escribientes no mencionadas aquí pero sin duda merecedoras de que la doliente humanidad las lea.

Recomiendo a mis lectores y lectoras, los y las, echen una ojeada a Wikipedia o a cualquier enciclopedia de papel, y enriquezcan su ya vasta cultura con algún nuevo conocimiento literario. Bueno es subrayar que, por lo que se ve en esta lista, el público lector nórdico ama a los escritores y las escritoras que han sufrido persecución y se han enfrentado con valor a ella por la libertad de pensamiento, por los derechos de las mujeres y por los derechos humanos en general. Lo que, sin duda, influirá grandemente en la Academia Sueca.

Carlos Vidales
Estocolmo, octubre 1 de 2014

El día que le pegamos a Llorente (20 de julio de 1810)

Plaza Mayor de Santa Fe, Bogotá

La Plaza Mayor de Santa Fe de Bogotá, escenario de los dramáticos sucesos que se narran en esta historia de floreros, reyertas y revoluciones patrióticas. Era, como siempre suele ocurrir, un día de mercado.

En estos días de violencia y efemérides no falta quien quiera recordar el 20 de julio como “el día de la independencia de Colombia”. Falsedad, mentira, impostura, charlatanería. La independencia de Colombia se declaró otro día, otro mes y otro año. Y todavía no se cumple. En cambio, el 20 de julio de 1810 fue el día que le pegamos a un señor muy decente delante de toda su familia. Una vergüenza que hoy se festeja como gloria nacional. Aquí les cuento lo que ocurrió ese día, para que se hinchen de orgullo patriótico.

Me acuerdo muy bien: todos nos levantamos muy temprano ese día. Era viernes, y los mercachifles y marchantas del mercado semanal, en número mucho mayor que el acostumbrado, ocuparon sus puestos en la Plaza Mayor, que ahora le llaman “de Bolívar”, con tal orden y disciplina que ya a las cuatro y media de la mañana estaba cada uno en su lugar, con sus achicorias, arracachas, coles y verdolagas dispuestas para el regateo. Había un silencio raro en el aire y se percibía una tensión general, como si todos supie­ran que algo muy gordo estaba a punto de suceder. Hasta los perros de los marchantes, con las narices mojadas por la niebla fría del amanecer, vigilaban anhelantes la esquina del Cabildo, las ventanas del Palacio del Virrey, la explanada del Colegio de San Bartolomé y la puerta de la Cárcel Mayor.

A las cinco en punto comenzó la misa en la Catedral, que a esa hora estaba ya repleta hasta los topes. Todos los adultos comulgaron, mirándose con recelo los unos a los otros. Los señores chapetones y sus familias, ocupando los bancos mas cercanos al altar, echaban de vez en cuando miradas de odio y desprecio a los criollos y sus familias, que se mantenían todos agrupados más atrás, muy dignos, en las bancadas cercanas a la puerta. El populacho, la plebe, la chusma, es decir el pueblo humilde, honrado y trabajador, oía la misa y se rascaba los piojos de pie, en las naves laterales, donde las imágenes de los santos milagrosos miraban al cielo con expresión de sufrimiento, agobiadas por el olor a ruana sudada, alpargata macerada y enjalma inmemorial.

Todos estaban nerviosos, aunque todos estaban estragados por el sueño y el cansancio. Nadie había dormido la noche anterior. En las casas de los criollos más notables se había permanecido en vela, y grupos de campesinos y arrieros “voluntarios” habían montado guardia en los portones y zaguanes, porque corría la voz de que los chapeto­nes planeaban asesinar a las diecinueve familias más importantes de la cachaquería. Circulaba una lista, supuestamente hecha por los españoles, en que constaban los nombres de los jefes de esas familias: el señor Emigdio Benítez Plata en primer lugar, don Camilo Torres en segundo, don José Acevedo y Gómez en tercero… A este plan siniestro se le había dado el nombre de “La Conspiración Infiesta”, porque era precisamente el señor Infiesta, oidor de la Real Audiencia, quien había dicho en corrillo de amigos y compadres que era necesario eliminar a los criollos de más prestigio para garantizar el orden y la tranquilidad. El señor Infiesta pertenecía a esa clase de cretinos que creen posible tranquilizar al pueblo asesinándole su gente.

Los chapetones también estaban agotados, porque entre ellos había corrido el rumor de que esa noche los criollos iban a hacer una matanza general de españoles. Por eso, aunque se habían ido a dormir temprano, se les había pasado la noche revolcándose en la cama, intranquilos, tratando de creer en las palabras del oidor Hernández de Alba:

“Los americanos son como los perros sin dientes: ladran, pero no muerden”.

Yo también estaba sin dormir, porque mi papá me había llevado a la casa del sabio Caldas, donde se hizo una reunión en la que participaron don Camilo Torres, don Frutos Joaquín Gutiérrez, don José Acevedo y Gómez, don Miguel Pombo, don Francisco Morales, y otros varios cachacos de lo más fino. Recuerdo que don Camilo Torres, muy elegante con su casaca de paño color carmelita y sus pantalones de lino blanco, se paseaba de un lado a otro y dos o tres veces se lamentó de la ausencia de don Antonio Nariño. Ya hacía dos meses que los malditos chapetones habían mandado a Nariño a Cartagena, con grilletes en las manos y en los pies, porque sospechaban que don Antonio estaba preparando un motín para disolver al Reino. Recuerdo también que a mí, por ser niño, me dieron agua de panela y unas galletas, y que ellos tomaron café con excepción del sabio Caldas, que prefería el “té de Bogotá”, traído de la finca de Nariño.

A mí me gustaba mucho estar cerca de Caldas, porque parecía como un niño, con la casaca abierta y la camisa desabrochada, siempre dibujando mamarrachos y fórmulas incomprensibles en sus cuadernos de apuntes. Esa noche, mientras don Camilo Torres daba instrucciones severas a todos y explicaba que era necesario provocar un incidente violento con los chapetones, haciéndolos aparecer a ellos como culpables, porque, según decía, “para asegurar el éxito es necesario que la chispa incendiaria parta del vivac enemigo”, Caldas dibujó en un pedazo de papel un óvalo cruzado por una raya, más o menos así

olarga

y me preguntó: “A ver, jovencito, ¿qué significa esto?” Yo examiné el enigma desde la altura de mis doce años y le contesté sin vacilar: “O larga y negra partida”. El se echó a reír y me dijo: “Esa interpretación vale para cuando a uno lo van a fusilar: ¡Oh, larga y negra partida…! Por ahora la explicación es otra, y yo se la resumo diciendo que basta con partir un solo eslabón para que se rompa toda la cadena”.

Don José Acevedo y Gómez, que oyó estas últimas palabras, comentó: “Eso es muy cierto. Y lo que necesitamos en este momento es saber cuál es el eslabón que conviene partir”. Luego se llevó a mi papá a un rincón y le habló en voz baja. Los ví discutir unos instantes. Después de eso mi papá vino y me ordenó: “Vaya y acuéstese en la otra pieza. Duérmase, porque mañana tenemos mucho que hacer y yo lo voy a necesitar para que traiga y lleve recados”. Yo le hice caso porque me di cuenta de que ellos querían discutir lo del eslabón sin que mis orejas pudieran oir. Mi papá era admirador de Rousseau y a mí me educaba según el método propuesto en el “Emilio”, y por eso para mí era muy fácil obedecerle. Yo confiaba en él.

He contado todo esto para que ustedes entiendan que al amanecer del 20 de julio de 1810 todos los habitantes de Santafé estábamos trasnochados y nerviosos. Todos, excepto don José González Llorente y su familia. Ellos eran los únicos que habían dormido tranquilos, porque don José González Llorente era un pan de Dios que nunca se metía en chismes, jamás hablaba de política con nadie, y por lo tanto él y su familia eran los únicos en todo el virreinato que no sabían lo que estaba pasando. Don José González Llorente era chapetón, nacido en Cádiz, pero se había casado con una criolla, a la cual amaba y respetaba con veneración. Aparte de sus hijos y de su mujer, don José González Llorente mantenía en su casa a doce mujeres más: once hermanas de su esposa y la mamá de todas. Era, en consecuencia, un santo, y Dios lo debe tener en su gloria. Su generosidad era proverbial, su simpatía por los criollos evidente, su tienda estaba muy bien situada, a pocos metros de la Catedral, y bien surtida, con paños y manteles y vajillas y cristales y floreros. Yo lo quería, porque siempre me regalaba algún dulce y me acariciaba la cabeza cuando yo iba a recoger los tabacos para mi papá.

Apenas terminó la misa todo el mundo se desbandó para sus casas. Don José González Llorrente, sus hijos, su mujer, su suegra y sus once cuñadas, seguidos por cuatro sirvientas almidonadas y un criado adolescente, se fueron muy en fila, sin hablar con nadie y pensando solamente en Cristo y sus apóstoles, y se encerraron en su domicilio.

La niebla de la mañana se había disipado. En la Plaza Mayor el mercado hervía de susurros y cuchicheos, pero en toda la ciudad se alcanzaba a oir el ruido que hacían la cachaquería y la chapetonería, a unísono, sorbiendo en sus hogares el chocolate caliente, el caldo de pollo y el cuchuco suculento del almuerzo. Gente timorata, zanahoria y rinconera, los santafereños de lustre refocilaban el estómago después del extenuante esfuerzo de oir misa.

A las nueve de la mañana don José González Llorente abrió su tienda, situada en la Calle Real, ahí mismo donde está ahora la llamada “Casa del Florero“. En ese momento yo estaba en mi casa, a cuatro cuadras de allí, recibiendo la siguiente orden de mi papá:

— “Vaya donde el señor Llorente y observe la situación. Si ocurre alguna novedad, avísele a don José Acevedo y Gómez y después véngase a ver en qué lo necesito”.

 Yo salí corriendo a cumplir el encargo, y llegué a mi puesto de observación en el preciso instante en que los hermanos Morales se dirigían al señor González Llorente con estas amables palabras:

— “Oiga usted, señor, venimos a que nos preste el florero bonito ese que tiene para adornar la sala en la que vamos a darle la recepción a don Antonio Villavicencio. Ya sabemos que usted es un chapetón recalcitrante y que nos odia a los criollos, pero suponemos que no será tan grosero como para faltar a las reglas de la hospitalidad. ¿No es así?”

El pobre don González Llorente se puso colorado, y tartamudeando de la sorpresa, contestó:

— “¿Pero de dónde sacan vuestras mercedes, señores míos, que yo odio a los criollos? ¿Y por qué me hablan vuestras mercedes en ese tono tan insultante? ¿Les he faltado yo en algo alguna vez, he sido desatento con vuestras mercedes o con vuestras honradas esposas o madres o hermanas? ¡Por supuesto que pueden vuestras mercedes disponer del florero, y de toda mi tienda, que a mí no me importa si el agasajado es criollo o chapetón!”

— “¡Ajá! —respondió el más joven de los Morales— ¡de manera que insulta a nuestras madres, y esposas, y hermanas! ¡De manera que dice que no le importan, que se caga en los criollos! ¡De manera que se niega a prestar el florero, solamente porque el agasajado es criollo! ¡Viejo cabrón, miserable, chapetón de mierda, ahora mismo vas a a ver cuánto valemos los criollos!”

La famosa bofetada que uno de los Morales dio al pobre señor Llorente condujo, según dicen los señores historiadores, al nacimiento de la Patria. Según eso, yo fui uno de los testigos más cercanos en ese parto doloroso, según se puede observar en este grabado histórico. Yo soy, naturalmente, el mocoso que tiene las manos en los bolsillos.

La famosa bofetada que uno de los Morales dio al pobre señor Llorente condujo, según dicen los señores historiadores, al nacimiento de la Patria. Según eso, yo fui uno de los testigos más cercanos en ese parto doloroso, según se puede observar en este grabado histórico. Yo soy, naturalmente, el mocoso que tiene las manos en los bolsillos.

El tumulto que se armó entonces fue tremendo. La gente se arremolinó, gritando contra el pobre señor González Llorente, y a mí me dió la impresión de que todos sabían exactamente cómo tenían que moverse y qué tenían que gritar. Todos, menos don José González Llorente, que estaba muy aturdido, muy azorado, muy sorprendido y muy achicopalado. En esto llegó don Francisco José de Caldas, con sus botas muy lustradas y su cuello de encaje, y una sonrisa maliciosa en la mitad de la cara, y saludó muy amablemente a don José González Llorente. Eso me pareció muy absurdo, y al comienzo no entendí por qué Caldas hacía eso. Era imposible que él no se hubiera dado cuenta del tumulto. Pero comprendí de qué se trataba cuando uno de los Morales le dijo:

— “Señor Caldas, es increíble que usted salude con amabilidad a este chapetón miserable, que ha insultado a los criollos, que ha dicho que se caga en todos nosotros, y que se ha negado del modo más vulgar y soez a cumplir con los deberes de la hospitalidad”.

Caldas miró a los Morales, a la muchedumbre, a don José González Llorente que estaba congestionado por la sorpresa, la humillación y el espanto, y dijo con una tranquilidad brutal, amable y sonriente:

— “Pues si es verdad lo que vuestras mercedes me dicen, tengo que retirar el saludo que acabo de ofrecer”.

Don Gónzalez Llorente pareció hundirse en el abismo de un colapso cardíaco. La multitud volvió a gritar, y yo salí corriendo de allí y me fuí a contarle todo a don José Acevedo y Gómez, como mi papá me había ordenado, y luego me dirigí a toda velocidad a la casa, a esperar instrucciones.

Mi papá se mostró muy satisfecho de mi prontitud y disciplina, y me dio un buen chocolate con colaciones. Estábamos en esas cuando llegó, muy agitado, nuestro pariente y amigo don José María Carbonell, diciendo que a don José González Llorente le habían dado una paliza fenomenal, y que la muchedumbre andaba cazando ahora a un oidor —no recuerdo su nombre—, y que ya era hora de poner en movimiento “la máquina popular“. Mii papá estuvo de acuerdo y me dijo: “Váyase ahorita mismo con José María, obedézcalo en todo, no se separe de él y pórtese bien. Ahora es usted un ciudadano y un patriota”. Me miró a los ojos con mucho cariño y me dio una palmada en el hombro. Yo le besé las manos y me fui con Carbonell, que parecía un torbellino.

Nos trepamos por la Candelaria, hasta el barrio de Egipto, y Carbonell alborotó allí a más de dos mil personas que se bajaron hasta la Plaza Mayor con palos y picas y piedras y cuchillos. Después corrimos hasta San Victorino y de ahí trajimos a tres mil energúmenos dispuestos a desbaratar el Reino a patadas. Lo mismo hicimos en el barrio de Las Nieves. En suma, nos recorrimos en unas horas todos los huecos de Santafé donde había pobres y chusma, y a las seis de la tarde teníamos una muchedumbre enfurecida en la Plaza Mayor, varios oidores presos, los chapetones escondidos en los entretechos de sus casas y los criollos repartiendo órdenes, contraórdenes y desórdenes.

Lo demás ya lo conocen ustedes, porque fueron a la escuela y ahí les echaron el cuento completo. Sabrán, por lo tanto, que mientras José María Carbonell alborotaba a los artesanos, peones y obreros, don Francisco Morales, cumpliendo órdenes del doctor Azuero Plata, comunicaba al cuartel del Regimiento Auxiliar la noticia de los alborotos y lograba que el jefe de dicha fuerza, don José Moledo, se uniera con su batallón a las fuerzas patriotas. Entretanto, los criollos más notables se autodesignaron con el título de tribunos o portavoces del pueblo, y en nombre del pueblo enviaron emisarios al virrey con la petición de que permitiera realizar de inmediato un Cabildo Abierto. El virrey, señor Amar, terco y porfiado como un ladrillo gallego, se negó repetidas veces a conceder el permiso y al promediar la tarde, con torpe arrogancia, recibió al último de los comisionados, don Ignacio de Herrera, con la tajante expresión “¡Ya he dicho!” y luego le volvió la espalda de manera insultante.

Yo estaba ya de regreso en mi casa cuando llegó allí un mensajero con el cuento de lo que había dicho el virrey. Mi papá, alarmado, comentó: “Eso quiere decir que el señor Amar se propone aplastarnos a sangre y fuego”. Pero a los cinco minutos llegó otro mensajero con la información de que don Juan Sámano le había pedido autorización al virrey para sacar las tropas regulares a la calle a fin de restablecer el orden a balazos, y que el virrey le había negado ese permiso y en cambio le había ordenado mantenerse quieto en su cuartel. Al oír esta noticia, mi papá se quedó como atontado y uno de los criollos presentes, no recuerdo cuál de ellos, dijo con una sonrisa: “Eso quiere decir que el señor Amar es bobo de remate, y que ahora podemos hacer lo que se nos dé la gana”.

Dicho y hecho. Los miembros del Cabildo y los notables criollos decidieron realizar el Cabildo Abierto sin la licencia del virrey y comenzaron a enviar las citaciones, a convocar a la muchedumbre que recorría las calles, enardecida y furibunda, y a organizar los piquetes de vigilantes y activistas. A las cinco de la tarde, una horda de lagartos, aduladores, tinterillos, chismosos, oportunistas y sapos de todos los colores, llegaron donde el señor virrey a contarle que los criollos iban a pasar por encima de su autoridad. El señor virrey dijo entonces:

“He dicho que no habrá cabildo sin mi permiso. Si son tan subversivos que se atreven a hacerlo, entonces les doy permiso para que hagan Cabildo Extraordinario”.

Cuando la muchedumbre alborotada oyó esto, la carcajada fue inmensa y toda la revolución estuvo a punto de fracasar, porque la gente se desmayaba de la risa. La seriedad revolucionaria se restableció cuando don José Acevedo y Gómez se trepó a un balcón y gritó con todas sus fuerzas:

— ¡Esta vaina no es una fiesta, carajo! ¡Con semejante indisciplina es imposible organizar el desorden! ¡Si dejamos pasar este momento de verraquera, si no aprovechamos la papaya que nos están dando, antes de doce horas los chapetones nos van a hacer comer mierda a todos juntos!

Esta es la frase inmortal que, por respeto a las señoras, las señoritas y los niños, la historia oficial ha registrado así:

— ¡Si perdéis este momento de efervescencia y calor, si dejáis escapar esta ocasión única y feliz, antes de doce horas seréis tratados como insurgentes!

Sea como fuere, el pueblo quedó tan impresionado con la vibrante elocuencia de don José Acevedo y Gómez, que desde ese mismo momento lo bautizó con el apodo de El Tribuno del Pueblo.

A las seis de la tarde una inmensa multitud llenaba la Plaza Mayor y todas las calles adyacentes. Todas las campanas tocaban a rebato. La guardia de la cárcel intentó hacer una salida contra el pueblo, pero fue desarmada y bombardeada con piedras, tomates, verduras, huevos podridos, escupitajos y toda clase de insultos por las gloriosas masas revolucionarias que con abnegación y heroísmo dieron así una prueba suprema de patriotismo inmortal. Los pobres guardias, molidos a palo y cubiertos de saliva proletaria, fueron encerrados en la misma cárcel que debían guardar.

A las seis y cuarto, más o menos, comenzó a sesionar el Cabildo Extraordinario, como decía el ridículo permiso del virrey. Yo estaba en la plaza, al lado de mi papá y de José María Carbonell, y ví que éste último hacía una seña a un vecino notable, quien de inmediato pidió la palabra y propuso que se eligiera por aclamación a don José Acevedo y Gómez como Tribuno del Pueblo. Así se hizo, con ruidosa aprobación de la muchedumbre. Alguien señaló entonces que la muchedumbre no podía votar porque el Cabildo era Extraordinario y no Abierto, y por lo tanto no era permitida la votación general. Don José Acevedo y Gómez dijo entonces: “¡Pues que la asamblea se constituya en Cabildo Abierto, y que el Cabildo Extraordinario se vaya al diablo!”. Y así se hizo.

Acto seguido, don José Acevedo y Gómez volvió a tomar la palabra y exigió, en nombre del pueblo, que se designara una Junta encargada de asumir el mando, y que cada uno de sus miembros debía ser aclamado por el pueblo. En ese momento llegó un mensajero diciendo: “Que el señor virrey manda decir que él se ofrece a ser el presidente del Cabildo”. Esto produjo otro despelote de risas y carcajadas. Don Ignacio de Herrera le dijo al mensajero: “Vaya y dígale al señor virrey que ya es tarde”.

A todas estas, yo me mantenía callado y serio observando los acontecimientos. A pesar de toda la euforia popular y de las expresiones de entusiasmo de mi papá y de todos los notables, yo estaba triste. José María Carbonell me preguntó: “¿Qué te pasa, muchacho? ¿No te gusta ver el nacimiento de una Patria?”. Yo le contesté: “Sí, me gusta, pero me da tristeza pensar en el señor Llorente. Él es una buena persona, y hoy lo hemos maltratado todos de la manera más horrible. Me da pena y vergüenza”. Carbonell se quedó mirándome fijamente, con esos enormes ojos negros que tenía, y me dijo: “Tienes razón. Mañana iremos juntos a la cárcel y le llevaremos comida, ropa y algunos libros”.

Fue así como supe que al pobre don José González Llorente lo habían metido en el calabozo después de apalearlo, insultarlo y ultrajarlo. Ya nunca más volvería a tener su tienda bien surtida, ni me acariciaría la cabeza cuando yo fuera a comprar tabacos para mi papá, ni saludaría a los vecinos con esa voz ronca y tranquila que tenía. Ya nunca más volveríamos a verlo en su peregrinación dominical a la iglesia, muy compuesto, con su mujer, su suegra y sus once cuñadas, sus hijos y sus sirvientes. Sentí un sabor amargo debajo de la lengua.

Y más detalles de ese día no les puedo dar, porque me fui para la casa. Después supe que se había formado la Junta, que se había obligado a los militares a jurar obediencia al nuevo gobierno, que el virrey Amar había tenido que ceder a todas las exigencias de los patriotas, que se había dado libertad al canónigo Rosillo, quien desde hacía meses estaba preso por conspirador, y que cuando los miembros de la Junta fueron a visitar al señor Amar al palacio virreinal, se le dio orden a la guardia de presentar las armas “ante el pueblo soberano”. Yo lamenté no haber visto eso personalmente, porque esa vez, el 21 de julio de 1810 por la mañanita, fue la primera ocasión en la historia de Colombia que se usó la expresión “el pueblo soberano” de manera pública, abierta y oficial. Parece también que ha sido la única vez que se respetó el significado de esa expresión. Pero esa es otra historia.

Solamente les quiero contar, para terminar con este relato, que algunos meses más tarde salió del calabozo donde los criollos lo habían encerrado, aturdido, humillado y desconcertado, don José González Llorente. Se fue para La Habana, en compañía de sus trece mujeres sollozantes y de tres sirvientes y un perro, y desde allí mandaba a veces cartas preguntando por qué lo habíamos tratado tan mal. Nadie le contestó nunca y no se le volvió a ver por aquí.

Años más tarde visité en la cárcel a Caldas pocas horas antes de que lo fusilaran. “Ahora —me dijo— es el momento de usar la O larga y negra partida“. Y agregó: “Espero que hayas aprendido algo útil en estos años que hemos estado haciendo Patria”. Yo le contesté, pensando en don José González Llorente, en sus trece mujeres, en su perro, en sus sirvientes y en sus hijos: “Si, he aprendido que para hacer una Patria nueva hay que cometer infamias”.

Caldas sonrió amargamente y me dió un abrazo muy largo y apretado, y yo le dejé una lágrima rodando por la manga de su camisa desabrochada. No pudimos hablar más. Al amanecer lo fusilaron y le cortaron la cabeza.

Carlos Vidales © 1996
Revisado en julio de 2014

 

 

Fuego en Avenue Brugmann

Incendio matinal, Bruselas. Dibujo de Carlos Vidales a partir de una foto de Nicola F.

Incendio matinal, Bruselas. Dibujo de Carlos Vidales a partir de una foto de Nicola F.

Crónica de Andrea Roca
sobre una mañana de fuego
en su vecindario de Bruselas.

Así nos despertó Bruselas esta mañana: fuego, hollín y el llamado de los bomberos.

Nicola me saca del sueño bruscamente: ¡corre, se está quemando el edificio! En ese mismo momento llama la policía al citófono. Corrimos en pijama ocho pisos abajo mientras subían agentes y bomberos. Alcancé a agarrar mi chaqueta de blue jean y el pasaporte. Nada más; no sin dejar de pensar escalas abajo en que hubiera podido salvar la foto de mi mamá, los libros con las dedicatorias más bellas de mi padre y los aretes de cuando era niña con esas dos pequeñas esmeraldas. Siempre se dice que se puede perder todo en un segundo, pero cuando el segundo está a un segundo, nada importa aparte la vida, que es lo que de verdad nadie nos repone.

Salimos a la calle y nos hacen alejarnos señalándonos el andén de enfrente. Íbamos llegando uno a uno, en pareja o con niños, todos los vecinos -incluso algunos que nunca había visto en estos años-. Los policías seguían adentro llamando a las puertas de los más ancianos, lentos, sordos o solitarios.

Y ahí estábamos, fuera, en la Avenue Brugmann, viendo cómo el primer piso del edifico pegado al nuestro ardía y ennegrecía. Llegó la ambulancia, refuerzos que en total sumaban tres carros de bomberos con grúa y patrullas. Entraron por encima unos, por debajo los otros. Las llamas, dice Nicola que las vio bien del otro costado de la casa, eran gigantescas. Intentaban evitar que se pasara el fuego para nuestro lado y apagar el ya furioso conato de infierno donde comenzó todo.

En levantadoras, pantuflas, descalzos, en tennis, en chanclas playeras como yo, con marcas de almohada en las caras, con morrales y otros sin nada como nosotros; todos allí esperando ver extinguir las llamas: – La vecina que saluda según las fases de la luna con su marido para quien no existimos, llenos de una nerviosa cordialidad. Nuestros queridos amigos Italo-españoles con sus niños, siempre cálidos y sonrientes. La italiana a la que nunca había podido ver y que ya me parecía un fantasma. La señora del piso de abajo con su marido un poco perdido en su burbuja de vejez y pensamientos, pero amables y educados. Los esposos fumadores empedernidos del primer piso cuya nube de alquitrán perfuma los ascensores y la entrada principal. El joven de la puerta del lado con su novia y que nunca salieron -asumimos que estaban de vacaciones-. El matrimonio gay y los dos chicos nuevos también pareja, apenas llegados ayer y cuya primer noche en este edificio les da la bienvenida tan calurosamente que les ofreció un incendio. La rubia con el hijo que desconocía, el señor que siempre agacha la cabeza para simular que está ocupado y no saludar mientras su hijo adolescente dice bonjour tímidamente y…¿y la señora elegante y dulce que he visto solo dos veces en tres años? ¿Dónde estaba la señora dulce y elegante? No aparecía por ningún lado hasta que se asomó a su ventana y todos la vimos abrir la cortina como recién levantada curioseando seguramente atraída por las luces de las patrullas. ¡Venga, venga!, con señales de manos decíamos. Tal vez es sorda y no tenía el aparato -pensé, tal vez toma pastillas para dormir -anota mi vecina Beatriz, a esa edad…enfatiza.

Estábamos allí. Separados. En un lado los del edificio en riesgo y del otro, los del edificio en llamas. A Hugo el hijo de mis vecinos un policía lo cubrió con su chaqueta repleta de insignias: Police – Politie. Pertenecía a un agente de apellido flamenco, Van…bla, bla, blá. Hugo no creía en nadie vestido de policía. Parecía ET cuando lo disfrazaron de señora en Halloween.

Durante la espera curiosos belgas, muy discretos, preguntaban qué había pasado. Otros tomaban fotografías y los que tenían afán de llegar al trabajo se desviaban o caminaban a otras paradas del tranvía 92 que para justo en frente de casa y que por obvias razones su paso había sido bloqueado.

Después de presenciar las operaciones de los bomberos por un buen rato, ya cuando sabíamos que víctimas no había y que el fuego estaba controlado; llega un hombre rubio, bien peinado, delgado, con un pantalón mostaza de correa ajustadísima casi a la mitad del tronco que sin siquiera mirar se disponía a entrar a su trabajo. Sí, el apartamento donde todo comenzó era suyo. Su negocio, la que era su oficina, se había quemado totalmente.

Fue parado por el policía a cargo y en ese mismo momento, no digo que palideció porque ya era bastante más blanco que un pálido, pero los ojos desorbitados y el temblor nos mostró a nosotros espectadores y protagonistas también, el desconsuelo y la impotencia en la cara de otro. Quise acercarme a darle una palabra de aliento, incluso en mi país tal vez lo hubiera abrazado o le hubiera tocado su espalda, pero no lo hice porque su estoicismo me cortó y en estos países uno no termina por saber bien cuándo decir qué sin que no sea tomado como invasión. Callé entonces y le deseé cosas buenas, como por ejemplo: que estén bien de salud en su familia, que las deudas no lo estén ahorcando, que tenga quien lo ame o que el seguro le cubra todo. Eso, sobre todo, esta última cosa.

Nos autorizan entonces a entrar de nuevo en nuestras casas. Casi nadie tomó el ascensor. Todo olía a cuero quemado. A medida en que la gente llegaba a su piso, nos íbamos despidiendo y deseando con una sonrisa de serenidad recobrada, un mejor día. Eso y de esa manera me ha pasado poco en este país. Hoy, en este bâtiment vivimos la misma mañana. Triste decirlo así, pero hay tragedias que humanizan. No sé si algo como esto volverá a ocurrir. Sólo sé que hoy todos quisimos de verdad lo mejor para el otro, en este edificio en la Avenue Brugmann del barrio Ixelles.

Andrea Roca
Bruselas, 14 de junio de 2014

Acompáñame a estar solo

Carnaval de Río

Carnaval de Río – Brasil

Publicado originalmente en sueco bajo el título Ensamma är vi alltid tillsammans (Solos estamos siempre juntos), en el diario Svenska Dagbladet, el 18 de octubre de 1997. Dicha versión sueca puede leerse en La Rana Dorada. He preferido realizar una traducción casi literal de esta crónica en lugar de escribirla de nuevo en castellano. CV.

Vivir la soledad es, presumiblemente, un placer para la mayoría de las personas en esta galaxia. De otro modo no estaríamos tan frenéticamente ocupados en establecer límites, legislar sobre prohibiciones, aplicar reglas restrictivas y cerrar puertas.

Por todas partes se ven signos y señales que advierten sobre la humana nostalgia de la soledad.

Esta pulsión, común a todo el género humano, es tan poderosa que algunos quieren estar completamente solos en la soledad.

Octavio Paz escribió hace más de medio siglo un luminoso ensayo con el título El laberinto de la soledad, en un intento de descubrir los rasgos característicos de los mexicanos. Y aunque no lo afirmó categóricamente, los lectores tienen la impresión de que los mexicanos, solamente los mexicanos, son seres solitarios por naturaleza.

Pero en ese punto está equivocado.

El poeta peruano César Vallejo consiguió, a fines de la década de 1930, construir una formulación que incluye tanto la soledad universal, íntima, individual, como la variación cultural que esta humana angustia puede manifestar: “… subes a acompañarme a estar solo…

Ven, amigo, ayúdame a etar solo. Ven para que podamos estar solos juntos.

Y el chileno Pablo Neruda reconoció abiertamente en su Canto General, algo que muchos latinoamericanos intentan mantener en secreto, eso que Octavio Paz ve solamente en los mexicanos: “… en la soledad más espesa, la de la noche de fiesta…

Naturalmente. ¿Por qué habríamos nosotros, los latinoamericanos, de hacer fiestas, si no fuera para poder estar solos?

Nos reunimos en grandes cantidades, gentes de todos los colores, edades y tamaños, bailamos y bebemos, gritamos, volvemos a bailar, cantamos y reímos y bebemos más y nos hacemos bromas los unos a los otros. Con la máscara siempre puesta. Y bebemos un poco más. En el más íntimo círculo del alma, bajo la protección de la ruidosa muchedumbre multicolor, está cada individuo para sí solo y continúa tranquila y gozosamente su eterno diálogo consigo mismo.

La locura del carnaval constituye un ambiente apropiado para la soledad latinoamericana. Hemos desarrollado el viejo carnaval medieval, que era tal vez un grito desesperado de protesta contra el hacinamiento de la pobreza, hasta convertirlo en una representación colectiva en la que cada cual juega un papel en una parodia sobre la tormentosa historia y convivencia de todos. Soldados romanos, fenicios codiciosos y fastuosos, negros que danzan e improvisan música con las simples herramientas del trabajo esclavo en lugar de verdaderos instrumentos musicales, inquisidores, falsos reyes, caballeros cruzados, gordos cardenales, mujeres de fantasía, “indios” de toda clase, momias, alegres esqueletos.

Todos esos disfraces y máscaras nos recuerdan nuestros antepasados, hermanos y primos: asiáticos de Mongolia, chinos, celtas, fenicios, romanos, judíos, antiguos y modernos germanos, árabes de África del norte, esclavos de Guinea, Congo o Dahomey, caníbales caribeños, piratas medievales de todos los colores, polacos, turcos, libaneses, italianos, gitanos, en fin, todos los tipos humanos de todos los continentes, que no solamente han llegado a nuestros países durante los últimos 60.000 años, sino también se han mezclado unos con otros con innegable entusiasmo.

Nuestra soledad se alimenta en la fuente de una multicultural nostalgia de las muchas tierras que nuestros antepasados tuvieron que dejar cuando acudieron al Mundo Nuevo para crear este carnaval de apariencia caótica que llamamos “la sociedad latinoamericana”. La sociedad del mestizaje. Esta es precisamente la multiplicidad que nos embarga cuando estamos solos o, mejor dicho, cuando estamos “con nosotros mismos”.

Porque la soledad es una compañía, es la confrontación del individuo consigo mismo, un diálogo entre la criatura humana y su alma, entre el ser individual y su universo interior.

Existen otras naciones, más exóticas, donde las gentes procuran aislarse por completo para administrar su soledad. Trabajan duramente y gastan mucho dinero y recursos para lograr su objetivo: una roca solitaria cerca del Ártico, con bella vista sobre el mar y el bosque bajo el cielo profundamente azul.

Debe reinar un absoluto silencio, porque el silencio es el esposo de la soledad en la mitología de estas criaturas. Cada individuo debe tener su propia roca muy lejos de las rocas de otros. Uno permanece sentado ahí, completamente solo, con el teléfono portátil apagado, hablando en silencio con su propia alma.

El español Miguel de Unamuno ha descrito magistralmente el carácter de este diálogo interior como una de las premisas fundamentales de la existencia. Cada cultura vive este diálogo de la soledad a su manera y en su forma. Criticar una u otra forma sería algo tonto. Si el humano nórdico necesita cien kilómetros cuadrados para estar a solas consigo mismo, pues que lo haga. Que cada cual atienda sus negocios a su gusto.

Nosotros, los latinoamericanos, empleamos a veces un truco muy astuto cuando queremos compañía en la soledad: nos reunimos en torno a una mesa en algún café y simulamos conversar los unos con los otros. Después de unos minutos de animada argumentación comenzamos a hablar simultáneamente, no los unos con los otros sino los unos encima de los otros. Nadie escucha y todos argumentan.

“¡Qué locos!”, pensará seguramente la criatura nórdica que mire este espectáculo. Pero las apariencias engañan. Lo que ocurre en realidad es que cada uno habla con su propia alma y aprovecha la ocasión para tomar al mismo tiempo un café con los amigos. Genial, ¿no?

¿Y de qué trata el eterno diálogo interior?

Gertie Englund, egiptóloga de la Universidad de Uppsala, nos ofrece una parte importante de la respuesta. En su excelente libro Så tänkte de (Así pensaban ellos) podemos seguir la conversación de un hombre del antiguo Egipto con su alma. Un texto de hace 4.000 años describe la discusión. El hombre está cansado de la vida y desea la muerte. Él intenta convencer a su Ba (alma, otro yo) de que la muerte y el reino de los muertos es mejor para ambos. “El Ba es de otra opinión completamente diferente y sostiene que el hombre se hace representaciones sentimentales y erróneas sobre lo que la muerte significa”.

El Ba argumenta: “Eres un humano y vives. Pero, ¿de qué te sirve? Escúchame, escuchar es bueno para los humanos. ¡Sé feliz y alegre y olvida las preocupaciones!”

El hombre insiste. Él quiere hablar sobre la muerte, sobre el otro lado de la vida, sobre la vida después de la vida. El Ba intenta explicar que uno no debe hacer preguntas sobre problemas que todavía no existen, que “uno no debe pedir una comida antes de tiempo sino cuando es hora de comer”. El hombre se empecina y habla sobre una materia de la cual ni él ni el Ba tienen experiencia alguna. El Ba exige que ambos permanezcan en el reino de la vida y sus problemas reales.

La conclusión de Gertie Englund es aleccionadora: “En esta antigua narración egipcia tenemos un testimonio sobre cómo el ser humano encuentra en su interior un interlocutor que es una parte de él mismo pero que no equivale a su yo conciente. Este interlocutor tiene otras ideas sobre cosas y casos, y sobre conductas apropiadas y formas de relación, de las que el individuo ha meditado. Es un aspecto de su propia alma que sale a su encuentro, algo que tiene su propia opinión acerca de lo que es la vida y de cómo se ha de vivir la vida”.

Finalmente “subraya el Ba cuán importante es que los dos lados de la persona mantengan comunicación mutua”.

Esto es precisamente lo que intentamos hacer, una y otra vez, y por eso queremos vivir nuestra amada soledad, independientemente de si nuestra roca está en la vecindad del Ártico o en medio de un estruendoso carnaval.

Carlos Vidales
Estocolmo, 5 de julio de 2014

 

Muere el año

indignados_02Termina el año 2013 con las mismas injusticias seculares, la misma vieja opresión, la misma antigua, perversa corrupción en todos los rincones del planeta. Naciones enteras en retroceso hacia las formas más oscuras de la intolerancia, las prohibiciones, los crímenes contra la libertad y contra la dignidad humana. A los infames recortes sociales siguen los recortes de los derechos de las mujeres, de los niños, de los inconformes, de los que se aman, de los que piensan, de los que intentan defender la intransferible propiedad de su intimidad, de los que rechazan los privilegios, de los que defienden a la naturaleza y a los animales, de los que exigen la paz, el libre pensamiento, la educación para todos y el valor de la opinión y de la conciencia.

Un rey que asesina elefantes a precio exorbitante que es pagado por algún reyezuelo extranjero a cambio de favores en la adjudicación de contratos, un presidente que desata guerras por doquier en nombre de la paz, un régimen que permite el asesinato de adolescentes en nombre de la moral sexual, otro que invade las antiguas colonias de su nación sin siquiera solicitar el visto bueno de las Naciones Unidas, gobiernos que se erigen en dictadores de la vestimenta femenina, prohibiendo el velo de la Virgen María y financiando con prebendas fiscales la propaganda comercial del cuerpo femenino, regímenes que bombardean ciudades y campos asesinando niños y ancianos con impunidad hitleriana, todo ello en medio de la orgía global del consumo y la alta tecnología mientras la atmósfera se ahoga, el planeta se calienta y la diversidad biológica se asoma al borde de la catástrofe, todo ello marcaría los síntomas del fin de nuestra especie si no fuera porque los indignados, los rebeldes, los importunos crecen y se multiplican y cubren la tierra como las langostas bíblicas que en su día pusieron de rodillas al poderoso faraón.

Sí, el año nuevo que ya llega anuncia grandes luchas de los pueblos, de las muchedumbres marginadas, despreciadas y oprimidas. Dirá el tiempo si esas luchas llegan demasiado tarde o si, por el contrario, lograrán detener la orgía suicida de las clases dominantes del mundo. No siendo profeta, me niego a profetizar. Pero quisiera tener la voz poderosa de los jueces bíblicos que anunciaban la cólera santa de los pueblos y clamaban contra la corrupción, la mezquindad y la estúpida avaricia de los opresores.

Que venga el nuevo año y traiga luz en las conciencias, determinación y valor en las voluntades, heroísmo en los ánimos y solidaridad combatiente en los corazones. Que seamos capaces de barrer sin piedad las lacras de la humanidad doliente. Que seamos todos, sin vacilaciones, los rebeldes, los indignados, los revolucionarios, los importunos.

Carlos Vidales
Estocolmo, diciembre 28 de 2013

El ruego del Inca Garcilaso: asumir el mestizaje

0072inca(En memoria de Guillermo Cano)

Como si hubiera querido partir de este mundo en compañía de Miguel de Cervantes –muerto el día anterior en Madrid–, el 24 de abril de 1616 dejaba de existir en Córdoba, a los setenta y siete años de edad, el mestizo peruano Gómez Suárez de Figueroa, hijo del conquistador español Sebastián Garcilaso de la Vega y de la Ñusta (princesa) cuzqueña Isabel Chimpu Ocllo. Pariente, por la rama paterna, de dos grandes glorias de las letras españolas –Jorge Manrique y Garcilaso de la Vega– y, por la rama materna, bisnieto del décimo emperador de los incas, Túpac Inca Yupanqui y sobrino nieto de Huayna Cápac, Gómez Suárez de Figueroa había adoptado desde su temprana juventud el nombre de Inca Garcilaso de la Vega, resaltando así su condición de mestizo singular. En él se unían, en turbulenta síntesis, lo mejor de la cultura de los conquistadores y lo mejor de la cultura indígena peruana.

No truncó la muerte la obra del Inca Garcilaso. La segunda parte de sus Comentarios Reales había sido terminada ya en diciembre de 1612, contaba con las aprobaciones necesarias para su edición en enero de 1614 y, por fin, siete meses después del fallecimiento de su autor salió de las imprentas de Córdoba esta obra que un historiador ha llamado “la más grande y honda de las historias del Perú”.

El Inca Garcilaso había nacido en el Cuzco. Reconocía como lengua “mía natural” el quechua y confesaba que “ni de escuelas pude en la puericia adquirir más que un indio nacido en medio del fuego y furor de las cruelísimas guerras civiles de su patria, entre armas y caballos, y criado en el ejercicio dellos, porque en ella no había entonces otra cosa”.

Creciendo y educándose en el fragor de la conquista, no tuvo siquiera el derecho de ser considerado legítimo porque su padre hubo de casarse con una española para defender la posesión de su encomienda. Se fue a España a los veintiún años para no regresar jamás a la tierra nativa porque el propio Rey se lo habría de prohibir. Combatió en Italia bajo las órdenes de don Juan de Austria y se ganó en los campos de batalla el grado de Capitán a los veinticinco años de edad. Se retiró de las armas a los treinta para meditar y escribir y luego, ya maduro, tradujo del italiano al español los Diálogos del Amor, que fueron censurados y recogidos por la Inquisición. Publicó La Florida del Inca, crónica sorprendente sobre los hechos del Adelantado Hernando de Soto en la Florida y dio cima a su obra con el prodigioso y febril testimonio de los Comentarios Reales de los Incas, cuya grandeza y hondura provienen del hecho de haber sido escritos por un mestizo natural que había adquirido conciencia plena del mestizaje. “El mestizo natural ha vencido al criollo artificial, europeizado“, diría tres siglos más tarde José Martí.

La conciencia del mestizaje

En efecto, al valorar el mérito de sus propios escritos, el Inca Garcilaso advertía tanto a los indios como a los españoles que “cada uno dellos lo ha de tomar por suyo propio porque de ambas naciones tengo prendas que los obligan a participar de mis bienes y males“. Confesión orgullosa y anticipo feliz de las palabras con que, trescientos cincuenta años más tarde otro peruano genial, José María Arguedas, habría de resumir su propia vida:

…hablando por vida el quechua, bien incorporado al mundo de los cercadores, visitante feliz de grandes ciudades extranjeras, intenté convertir en lenguaje escrito lo que era como individuo: un vínculo vivo, fuerte, capaz de universalizarse, de la gran nación cercada y la parte generosa, humana, de los opresores. El vínculo podía universalizarse, extenderse; se mostraba un ejemplo concreto, actuante. El cerco podía y debía ser destruido; el caudal de las dos naciones se podía y debía unir. Y el camino no tenía por qué ser, ni era posible que fuera únicamente el que se exigía con imperio de vencedores expoliadores, o sea, que la nación vencida renuncie a su alma, aunque no sea sino en apariencia, formalmente, y tome la de los vencedores, es decir que se aculture. Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua...

Garcilaso había dicho:

A los hijos de español y de india o de indio y española, nos llaman mestizos, por decir que somos mezclados de ambas naciones; fue impuesto por los primeros españoles que tuvieron hijos en indias, y por ser nombre impuesto por nuestros padres y por su significación, me lo llamo yo a boca llena  me honro con él.

Declaración más que sorprendente, revolucionaria, si se tiene en cuenta que el ser llamado mestizo era en aquella época tomado “por menosprecio”, según confesaba el propio Garcilaso y que desde la primera hora de la conquista los mestizos fueron sometidos a un régimen discriminatorio y considerados por la costumbre y por la ley escrita como miembros de una casta inferior. Forzoso era entonces concluir –como lo es ahora– que la “significación” a que Garcilaso se refería como motivo de orgullo no podía ser otra cosa que la significación histórica del mestizaje o, dicho de otro modo, el porvenir que él preveía –y que, como veremos, insinuó con toda la prudencia que exigía el ojo vigilante de la Santa Inquisición– para esta síntesis racial y cultural, síntesis violenta y sangrienta, coercitiva y brutal, atormentada y revuelta, en la que estaba contenido el germen de una nueva cultura y sembrada la semilla de un mundo nuevo.

¿Hasta qué punto asumía Garcilaso el proceso del mestizaje? Para él, las terribles contiendas de la conquista eran “guerras civiles”, puesto que se trataba de conflictos entre nuestros propios padres indios y españoles. Hijo carnal del gigantesco juego de contradicciones entablado entre la nación de los conquistadores y la nación de los conquistados, el mestizo Garcilaso reconocía su propia patria, no en la nación invasora, no en la nación invadida, sino en la síntesis que resultaba de esta violenta colisión histórica. ¡Guerras ”civiles”, las guerras de nuestra conquista! Idea original y perturbadora, que todavía hoy espera su desarrollo pleno, porque “nuestra” historia ha sido escrita por mestizos vergonzantes, hijos de “criollo artificial” con pretensiones de blanco, herederos de los terratenientes que asumieron el monopolio de la jefatura en las guerras de Independencia, levantando con una mano las banderas hipócritas del “indigenismo”, robando con la otra las tierras de los resguardos y proclamando a boca llena su presunta condición de “nietos de don Pelayo”. Para ellos fue siempre vergonzosa la “unión espuria” de las dos naciones, la masa despreciada de cholos, de pardos, de zambos, y hasta el mismo Bolívar, el más grande de los americanos, no pudo evitar ser pequeño, aristócrata y mantuano, cuando en un arrebato fugaz de decepción clamó contra la “pardocracia” y afirmó, con los peores epítetos, que la anarquía y la indisciplina de nuestros pueblos tenía su origen en la mezcla de pueblos y culturas.

La extensión del mestizaje

Pero el mestizaje generado en las tierras de Hispanoamérica no era simplemente un  proceso “racial”. Garcilaso advirtió que era, ante todo, un proceso cultural, al reconocer como compatriotas  suyos a  los criollos ”oriundos de acá nacidos (España) y connaturalizados allá (América)”, es decir, como hombres que, siendo españoles de origen, se hallaban integrados a la nueva realidad americana: en buen romance, como americanos de piel blanca y alma mestiza. Y a estos criollos y no a otros dio cabida en el destino histórico que había vislumbrado para el nuevo mundo.

En cambio, si bien reconocía orgullosamente a los invasores españoles como “nuestros padres”, no olvidaba que ellos habían sumido al alma indígena en “la melancolía y tristeza perpetua”, y deliberadamente omitió mencionarlos cuando, con inocultable afecto, encabezó así el prólogo a la segunda parte de sus Comentarios Reales:

A los Indios, Mestizos y Criollos de los reinos y provincias del grande y riquísimo imperio del Perú, el Inca Garcilaso de la Vega, su hermano, compatriota y paisano, salud y felicidad.

Garcilaso no podía advertir, desde luego, que más allá del mestizaje “cultural” o “nacional”, y sirviéndole de sustrato fundamental, se desarrollaba un mestizaje de formaciones socioeconómicas o, lo que es lo mismo, una múltiple y violenta articulación de modos de producción. Y aquí no me queda más remedio que rogarle al lector que soporte unas líneas de lenguaje un tanto técnico, por medio del cual quiero expresar, a guisa de hipótesis de trabajo, algunas ideas relativas a la identidad profunda de Nuestra América:

Históricamente, la sociedad hispanoamericana tiene su origen en el proceso de articulación violenta de varios modos de producción, proceso ocurrido durante los siglos XVI, XVII y XVIII, y mediante el cual una formación económico-social europea, la española, formación con características particulares y específicas, incorpora al conjunto de su estructura a una multitud de sociedades desigualmente desarrolladas y relativamente independientes las unas de las otras, a las cuales articula entre sí, y con cada una de las cuales se articula de diversos modos y grados mediante la coerción directa. La historia de la Conquista y de la Colonia es, pues, la historia de esta múltiple articulación de modos de producción, que dará como resultado el surgimiento de una sociedad nueva, “mestiza”, la sociedad colonial, distinta de las sociedades que al articularse le dieron origen, y distinta de la sociedad europea a la cual se encuentra sometida.

Este proceso se realiza durante la época del surgimiento y desarrollo del capitalismo y es condicionado por los fenómenos históricos que, a escala europea y mundial, genera dicho desarrollo.

En la conformación original de la sociedad hispanoamericana, por tanto, confluyen una multitud de factores históricos: elementos de los modos de producción indígenas que, transformados y modificados, se incorporan a la nueva formación socioeconómica en función del desarrollo de los modos de producción predominantes, impuestos por la sociedad conquistadora (así, la mita incaica, institución de “servicio civil obligatorio” en la sociedad indígena, se convierte en el horripilante matadero de indios que caracteriza la expoliación colonial); elementos de los modos de producción propios de esa sociedad conquistadora que, también transformados y modificados, se convierten en los pilares básicos, fundamentales, de la nueva formación socioeconómica; elementos del feudalismo en descomposición que, acosado en Europa por una agonía irreversible, busca y encuentra en las regiones coloniales del mundo nuevas formas de auto-reproducción y supervivencia; y, por fin, elementos del capitalismo en desarrollo que ya comienza a influir en todos los rincones del mundo “civilizado”.

¿No será, tal vez más correcto, buscar en este “mestizaje” original de las estructuras económicas, las raíces de nuestro carácter “anárquico”, inorgánico en lugar de echarle la culpa a la mezclas de las sangres y las “razas”, como lo hiciera nuestro inmortal Bolívar en un momento desdichado de arrebato aristocrático?

¿Y no será acaso el camino más correcto para superar nuestro temperamento turbulento y contradictorio, anárquico y caótico, el de asumir nuestro mestizaje y desarrollarlo creadoramente, en lugar de maldecirlo y avergonzarnos de él? Así lo cree, por lo menos, el Inca Garcilaso y por eso nos deja, antes de morir, un ruego que aún no hemos atendido, empeñados como estamos en disputas de menor cuantía.

Un ruego histórico

Así habla Garcilaso:

“A los cuales todos (indios, mestizos y criollos) como a hermanos y amigos, parientes y señores míos, ruego y suplico se animen y adelanten en el ejercicio de virtud, estudio y milicia, volviendo por sí y por su buen nombre, con que lo harán famoso en el suelo y eterno en el cielo.”

Reflexionemos un poco sobre estas palabras, escritas en suelo español, en la España de Felipe II. La virtud, que es la organización disciplinada, consciente y metódica de las fuerzas morales; el estudio, que es el enriquecimiento serio, sistemático y profundo de las propias potencialidades, la construcción positiva de la propia identidad. el desarrollo de la herramienta fundamental del ser humano, su conciencia; y la milicia, que es la disposición organizada de la fuerza, la materialización de la voluntad transformadora de la historia. Todo ello reunido; todos estos instrumentos ejercitados en inseparable unidad por un grupo humano gigantesco de indios, mestizos y criollos que actúan “volviendo por sí” y no por otros, por sí y no por el rey que los domina, por sí y no por la Santa Madre Iglesia que hace apenas unos años, en Valladolid, ha exterminado en la hoguera a decenas de hombres que tuvieron la osadía de volver “por sí”.

Hoy, casi cuatro siglos más tarde, este volver por sí se percibe como la tarea perentoria de las inmensas masas de indios, mestizos, negros, mulatos y criollos, no de una élite esclarecida, de todos y no de unos pocos héroes, porque el escenario de nuestra historia no está hecho para un pequeño elenco de actores y una masa innumerable de espectadores pasivos.

La  cuestión  permanece  vigente, porque en nuestras sociedades turbulentas se reproduce, una y otra vez, la arrogancia de quienes pretenden hacerle trampas a la historia, asumiendo el papel de Hércules o el de Prometeo, despreciando de hecho la organización política de las masas trabajadoras, relegando a un segundo plano el trabajo lento, difícil, oscuro, anónimo, “de hormiga”, que consiste en educar, orientar, organizar y encauzar a millones de hombres y mujeres para que asuman ellos mismos las luchas por sus derechos y sean ellos mismos los protagonistas de su propia emancipación. En su afán por construir la “vanguardia” se han olvidado de construir “el  cuerpo del ejército” y la “retaguardia”, sin los cuales no puede haber otra cosa que una caricatura de vanguardia: aparatos cerrados, superclandestinos, en los que sólo caben “militares profesionales” cada día más aislados de las necesidades reales del pueblo e impulsados más por su propio voluntarismo heroico que por las necesidades objetivas del proceso social.

Virtud, estudio y milicia: dejemos a la reflexión de los latinoamericanos honrados y sensatos lo que significa la unidad indisoluble de estos tres instrumentos, y lo que significa su divorcio; a qué grado de santurronería fanática, ignorante, llega la virtud sin el estudio, o a qué niveles de beatería impotente y suplicante alcanza cuando le falta la fuerza que apoye su razón; a qué limites de “azote y crimen”, como dice Martí, descienden el estudio y la inteligencia cuando no tienen virtud ni moral, o a qué honduras de soledad y destierro, cuando menos, o de torturas, cárcel y muerte, cuando más, se sumerge la verdad cuando está indefensa frente al poder de la tiranía; en qué pantanos de militarismo ramplón, aventurerismo vulgar, heroísmo estúpido, coraje sin dirección y sin destino, semillero de una nueva arbitrariedad y de una nueva tiranía, se hunden los hombres que empuñan las armas para despreciar la teoría, la inteligencia y el estudio, o cómo caen en la vileza cada vez que cambian de principios como de camisa y olvidan que el proceso de la historia es siempre el de la emergencia de una nueva moral.

Garcilaso había comprendido, acaso no con precisión científica pero sí con intuición poderosa, que en las tierras de Indias se forjaba una nación. Vislumbraba que esta nación había de ser la unidad creadora de los elementos aborígenes, de los elementos extranjeros connaturalizados en la nueva patria y de la síntesis resultante de ambos, los mestizos. Si así no fuera, ¿por qué habría de introducir Garcilaso, inmediatamente después de la cita que acabamos de comentar, sin transición alguna, la discusión en torno a la falsa disyuntiva de “civilización o barbarie“? Oigámoslo.

Y de camino es bien que entienda el mundo viejo y político que el nuevo (a su parecer bárbaro), no lo es ni ha sido sino por falta de cultura. De la suerte que antiguamente los griegos y romanos, por ser la flor y nata del saber y poder, a las demás regiones, en comparación suya, llamaron bárbaras, entrando en esta cuenta la española, no por serlo de su natural, mas por faltarle lo artificial…

Dejemos esto a aquellos a quienes duele la suerte de nuestra América y trabajan para la libertad y para la dignidad del hombre. En estas tierras, atormentadas por militares ignorantes e inmorales de todos los colores, o por fariseos de la ley para quienes los derechos del hombre son “el alegato de la subversión”, es necesario ahora recordar el ruego del Inca Garcilaso para que haga su trabajo en la conciencia viva de los pueblos y los prepare, con el descubrimiento de su propia identidad histórica, para la construcción de una vida más justa, más libre, más humana.

 © Carlos Vidales
Publicado en
El Espectador, Magazin dominical, Bogotá, 28-12-1980, pp. 6 y 7.
Revisado en Estocolmo, en el exilio, 31-01-2013.
Debo rendir aquí homenaje de admiración y gratitud
a don Guillermo Cano, quien, siendo director de El Espectador,
y conociendo, por medio de nuestra correspondencia,
que yo me encontraba en el exilio desde diciembre de 1979,
me estimuló a escribir este artículo y generosamente lo publicó,
desafiando la represión del gobierno de entonces.
Héroe y mártir de la libertad de opinión, Guillermo Cano
cayó asesinado por sicarios del narcotráfico el 17-12- 1986.

En su memoria, pongo este artículo en el dominio público.