Emmanuel y la guerra en Colombia

 

Emmanuel y la guerra en Colombia

¡Sentir vergüenza!

 

 

Carlos Alberto Ruiz S.*

 

Comúnmente es tan fácil especular como lo es opinar desde fuera de unas circunstancias de ahogo. Pero a veces es punzante aventurar suertes en determinados sucesos como el que nos ocupa, con el martilleo de las horas en espera de los resultados de una prueba científica como el ADN (manipulable según qué corruptos estén cerca).


No obstante hay que hacerlo, aparte de un cierto deber de aprendizaje, para expresar una personal consternación por algo grotesco que había podido evitarse. Porque creo que hay mejores formas de hacer ciertas cosas, modos superiores de obrar, que están al alcance, que hubieran podido conjurar esta escena sórdida, penosa y turbia a la que asistimos, por sí misma hiriente.

 

Igualmente, no es tan fácil hoy día, como puede pensarse, aseverar algo y sentir vergüenza, ni por actos propios, ni por acciones ajenas. Para que la vergüenza aflore se requiere piel en el alma, y lucidez. Los múltiples mecanismos de tergiversación, alienación y entumecimiento moral y espiritual de los individuos y de los colectivos, ya no sólo en un contexto de pugna de versiones, sino en general en la instrumentación actual del ser humano en la sociedad capitalista, nos ha convertido esa piel en un cuero duro, sin finas terminaciones nerviosas, casi en un plástico, tras capas densas de mezquindades, ceguedades y oprobios, y la pizca de lucidez en estupidez. Escribo esta opinión con algo de esto último, sin esperar confirmaciones contundentes, que llegarán en cuestión de horas, pensando que es mejor arriesgar este discernimiento sin acomodarlo en unos días, sin oportunismos indecentes. Lo expreso como lo siento, leyendo entre otras fuentes el buen escrito de Okrim Al Nasal en rebelión.org: “ADN: El invitado sorpresa” (4-01-08) y sus deducciones.

 

Reconstruyamos otra vez: Emmanuel, el niño de Clara Rojas, nacido él en cautiverio de su madre al estar ella privada de su libertad por las FARC, al alba del 2008 debía haber sido entregado al presidente Chávez (quien recordó el 26 de diciembre con justicia en un lapsus afortunado, que también niños de la esperanza, hijos de guerrilleras prisioneras, nacen en las cárceles). Junto a la criatura, Clara y Consuelo González, otrora parlamentaria, al parecer actualmente enferma, debían ser puestas en marcha para ser recogidas. Ese fue el compromiso público, ante el mundo, de aquella insurgencia, que lo proclamó en un comunicado con origen en La Habana. No puedo ocultar la asociación más o menos inconsciente tejida entre el hecho de que ese anuncio circulara desde allí y la quimera o el deseo de ver y probar una guerrilla caminando en el sendero ético de Ché Guevara, en el corazón de una Revolución que el pasado 1º de enero cumplió 49 años.

 

Se duda ahora. Se dice que es probable que las FARC no tengan en sus manos al niño que prometieron entregar. Uribe dice que la inteligencia del Estado sabe que Emmanuel fue dado al instituto público (ICBF) que se encarga de estos casos: de menores desprotegidos que son luego mantenidos en hogares de paso hasta dar con quienes los puedan acoger en mejores condiciones. Y que por ello las FARC no pueden cumplir lo ya comprometido. Para dar esa noticia abortiva, Uribe salió de su descanso en su hacienda en un conocido enclave paramilitar hasta Villavicencio, a donde llegó con su sombrero ranchero. Escogió con cálculo un momento crucial en la Operación política y logística coordinada por el Gobierno de Venezuela. Tal aborto no es de extrañar. Del régimen Uribe y su equipo de tunantes, no puede esperarse que ahorren energías cuando trazan objetivos determinantes. Uno de ellos podía ser, y fue, bombardear la empresa que concentró parte de la atención mediática del mundo al final del año 2007, entre muchos hechos de gran calado. Basta ver la prensa en diferentes latitudes. Era lógico entonces arruinar el propósito que convocó en pocos días a representantes de varias naciones, a organismos como el Comité Internacional de la Cruz Roja, y que resaltó la interlocución y planeación que el propio presidente Chávez elevó a la merecida categoría de verdadero asunto humanitario, con millones de ojos en todo el planeta puestos en esa puerta. Dinamitar eso es altamente rentable para Uribe, coherente con su tesis de que no hay conflicto armado, y que lo imperativo es la “mano dura” contra criminales sin altruismo alguno, sin sentimientos de consideración, que dice él, y muchos, es lo que caracteriza a los hombres y mujeres de las FARC, agregando que no hay opositor digno de tenerse como tal, ni motivo para dialogar, ni siquiera sobre la humanización de la guerra, y que por sustracción de materia el papel de la comunidad internacional no puede ser otro que apoyar su tarea antiterrorista. Buscó así el 31 de diciembre cerrar un año y abrir otro con el portazo de su razón. Denunciando otra vez que las FARC no son creíbles. Que pueden jugar con la verdad y con la vida de cualquiera.

 

Hay caravanas antagónicas. Uribe y su caravana, y por supuesto el Imperio, de Washington a Madrid, sabían de la cuestión puesta en pocos días en la mesa en la que Hugo Chávez hace una apuesta digna. Prominentes poderes en esas dos ciudades apostaban a su vez por el fiasco. El descalabro del fustigado Chávez sería útil a Bush, a Rodríguez Zapatero, a Aznar y al Borbón, para demostrar que no es posible otra diplomacia que la dominante. Sabían que si la caravana para recuperar a Emmanuel, Consuelo y Clara, tenía éxito, aparte del posicionamiento de Chávez, la progresiva o escalonada caravana de interlocución con las FARC podía ir derivando en el reconocimiento de elementos de beligerancia, expreso o implícito, hacia tal insurgencia, estando de por medio representantes de otros gobiernos y concitada una importante atención internacional.

 

Ya es un tópico afirmar que la primera víctima de las guerras es la verdad (no sólo de aquellas, ciertamente, sino del mismo sistema de dominación económico y cultural). Mas una cosa es la verdad sospechada, y otra la verdad debida, cuando sobre ésta se empeña la palabra, dada además por rebeldes que se postulan tales: seres dispuestos a aprender, indignados y combativos ante la opresión, de la que hace parte la mentira. Rebelión que no puede ser posible entonces sin aprendizaje y sin indignación. Y por esos mismos valores y estas dos demandas insitas, puede sentirse vergüenza: por esa señal objetivamente frustrada; por ese pacto de una organización consigo misma, incumplido por ahora; por un importante gesto, justo y unilateral, eclipsado o decaído, para el que no se tuvo capacidad, ya ofrecido el paso, no nacido de la negociación sino de la voluntad y la claridad políticas vinculadas al hacer de Chávez, quien confió en ello. Sentir vergüenza, además mirando hacia delante, con una migaja de justicia elemental, no es fácil. Pero tendrá que producirse. Esa vergüenza habrá de generarse, y regenerarse.

 

Sin esa vergüenza propia o ajena, no será posible superar la infamia de una realidad compleja, en la que se patenta con este hecho, como mínimo, que planes militares de liquidación han sido aplicados ferozmente para no dar siquiera una corta oportunidad a las liberaciones con un carácter humanitario, y menos tampoco al intercambio de personas privadas de la libertad en razón del conflicto. Confirman esos planes y su intensidad, que Uribe busca y quiere guerra. Y se corrobora con ese cuadro, además, una desconcertante precariedad material en medio del conflicto armado convencional e irregular, que agrava la desigualdad de medios, la asimetría, donde al parecer ya no puede tenerse por la guerrilla en las más básicas condiciones a un niño, en selvas y campos de un inmenso país donde se supone hay o debe haber desde hospitales de campaña para los combatientes hasta los últimos campamentos madre, donde se presume puede accederse no sólo a Internet sino a medios para surtir dignamente la vida. Supongamos que tal escasez es así de drástica, y que la misma penuria de la vida guerrillera obligó a evacuar por su seguridad e integridad física y psicológica al pequeño Emmanuel. Pero no excusa la falta de previsión, iniciativa o creatividad para hallar opciones más adecuadas.

 

Y no justifica la posible precariedad ética y política, deducida ésta, en mi modesta y externa opinión, de dos comprobaciones llegado el caso de ser demostrado el incumplimiento objetivo de las FARC (asumo el riesgo de observar por ahora, no de enjuiciar una intencionalidad que me creo claramente no es malévola, orientado por lo que dicen y callan medios de comunicación dominantes, guiado por el desconcierto que hemos experimentado miles de personas, que podemos albergar sentimientos y razones para la defensa del derecho a la rebelión como recurso contra la opresión, y que no hemos podido tener ante sí otras versiones, de la subversión, aclaraciones realmente sólidas. Quizá lleguen. Mejor más temprano que tarde, pues Uribe ya logró dilatar lo que con el paso de los días buscará liquidar por completo con la inercia: cualquier viso de solución con presencia internacional que le desautorice su política atroz de “seguridad democrática”).

 

La primera comprobación eventual: que no se contó la verdad a un Presidente que en ese extremo sí se la merecía plenamente y que debía conocerla para la complicada labor asumida. Me refiero al legítimo interlocutor en esta batalla, Hugo Chávez, en tanto las FARC le dijeron, y con él al mundo entero, que se le entregaría a Emmanuel. Uno no entrega lo que no tiene. Esto no sería un desliz operativo; sería un costoso error político que desdice tanto en el terreno de la correspondencia entre proyectos revolucionarios, como en el plano mismo de la elemental credibilidad que debe ser ganada para que una organización sea tenida al menos parcialmente como fuerza beligerante por ámbitos progresistas. Ese camino ha quedado cañoneado por ahora. No sólo por Uribe, como era de esperarse, sino por la irreflexión de las propias FARC sobre las diversas variables. Esta guerrilla sabía lo que podía suceder y en su comunicado del 9 de diciembre lo previó anunciando la liberación: “en circunstancias tales que se evite bajezas uribistas como las sucedidas con las ‘pruebas de vida’”. Luego no se explica uno cómo pueden facilitarle a Uribe tales bajezas, como las que urdió con su histrionismo el último día del 2007 escupiendo en la cara de miles de personas, entre ellas los familiares que esperaban después de tanto tiempo a sus seres queridos, por años en las selvas colombianas.

 

En caso de ser cierta la primera, una segunda dolorosa demostración se arraiga: que el hijo de Clara Rojas y de un guerrillero sí fue entregado, directa o indirectamente, al Estado. Por diligencia o por indisciplina de la guerrilla. Da igual. Si ello fue así, debe sentirse vergüenza. Vergüenza, porque en lugar de esa triste elección, podía haber sido entregado hace tiempo a la familia de Clara en la ciudad, o al Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela, con todo lo que tal evento hubiera supuesto en el escenario político de un país como Colombia, envenenado con la pócima mediática de que la guerrilla es desalmada, que no tiene piel o es estúpida. O había podido el niño ser puesto al cuidado de familias muy cercanas o de confianza para la insurgencia, y no a cualquier aislado poblador, como sería el caso según las informaciones que llegan: que una vez enfermo el niño, alguien no formado para ello o consciente de su responsabilidad, lo debió llevar a esa institución benéfica. Y que eso pasó en julio de 2005 ¡Hace dos años y medio!

 

Pasaba hasta hace unos años, en el campo o en la ciudad, que familias del entorno insurgente podían recibir hijos de combatientes ¿A tal punto ha llegado la inclemencia de la guerra que esto ya no es posible? Vergüenza habrá de sentirse, si fue entregado a un instituto de un Estado de un país, donde sus autoridades públicas dejan morir de hambre y enfermedades a miles de niñas y niños, donde los hay deambulando sin futuro, medio creciendo para morir, en las calles pegados a la barata droga del pegante, expuestos al maltrato, a la violación, a la explotación, al comercio de órganos. Paul Martin, de UNICEF, afirmó que 21.000 niños mueren en Colombia por causas prevenibles como la desnutrición (El Tiempo, 2-01-08) ¿A ese Estado entregó la guerrilla revolucionaria de las FARC, o dejó que se entregara, a un niño que tenía el derecho de estar con su madre, y ella el derecho de estar con él, incluso temporalmente en el medio más inhóspito? Es verdad que las condiciones de la guerra son terribles, y que los campamentos de las FARC no son una guardería. Pero ¿no había otra alternativa?

 

Quisiera estar equivocado. No por fundamentalismo alguno, sino por higiene mental, y por algún asomo de coherencia de lo que uno cree que se mantiene despierto en el espíritu insurgente. No creer entonces que un niño puede ser dado por la guerrilla rebelde al cuidado del Estado infanticida (mírense las estadísticas, las calles y los campos: ¡un país con dos millones de niños desplazados¡ donde abundan recursos para brindarles una vida digna), y menos que aquel niño, Emmanuel, especialmente él, cuya entrega se prometió a los cuatro vientos por las FARC, no haya estado en sus manos en el momento de tal decisión de esa guerrilla, sino a buen recaudo del gobierno de Uribe, y su instituto ICBF, que ha anunciado que apenas 15.853 menores viven bajo esa tutela. No quiero pensar que es Emmanuel, aunque allí le vaya mejor al niño que sea, si cuando fue entregado en 2005, como dice la directora del hospital de recepción, tenía “un brazo fracturado e inmensa falta de amor”. A lo que hay que agregar el vil relato de Uribe, posando él con indignación ante la desnutrición severa, las enfermedades y los signos de abandono del niño, diciendo que Emmanuel fue torturado por las FARC, lo cual es de tajo una mentira. Me resisto a creer tal indolencia, desamparo u orfandad de las FARC respecto de Emmanuel y de cualquier otro niño o niña. Y no puedo creer que Uribe Vélez, un neoliberal y guerrerista consumado, tenga sustancia humana para miramientos con los niños, menos con los niños pobres de Colombia. Él, que ha dejado en su historial político y criminal a miles de víctimas, de su modelo económico depredador, de sus grupos paramilitares, de su impunidad. Miles de niños sin padre o madre por la guerra sucia, podrán algún día saber qué papel cumplió en ella Álvaro Uribe.

 

La página de Emmanuel marcará el texto de un país descuadernado moralmente, del que Uribe y su séquito han dado las mayores pruebas de perversión, pues habían podido dejar hacer a la misión internacional y esperar a ver con qué cara salía la guerrilla al entregar a las dos mujeres y no al niño. Incluso desde su posición, hubiera sido inteligente aguardar. Y no impedir que se pasara a la fase en la que ellas recobraran su libertad. Pero eso significaría contar ya con un resultado, con gente liberada, y esa eventualidad por sí misma es inadmisible: la libertad basada en la solución dialogada es desestabilizadora del modelo autoritario que Uribe ha entronizado. Si esto hace Uribe para impedir la libertad de dos mujeres, además cercanas a su misma clase social, ¿puede esperarse de él algún día un compromiso con la paz? Queda mucho por andar, para que una casta inconmovible en el poder ceda algo serio a favor de la justicia.

 

Pasaremos, como estamos acostumbrados con más cuero que piel, a otros capítulos de ese cuaderno desvencijado, haya sido cierto o no que este niño fue dejado por la guerrilla y que inasistido llegó a manos del Estado, o sea que aquella cascabeleó cuando comprometió su entrega, sin tenerlo. O sabremos que no mintió, y que puede comenzar a levantar la cabeza cuando otros le requieran obligaciones como correlato para que se le observe, al menos parcialmente, su condición de fuerza beligerante responsable, por al menos un gobierno, como el venezolano. Es eso lo que Uribe reventó por ahora con la ayuda que brinda la probable torpeza de su oponente. Desenlaces como la muerte de los diputados del Valle le sirven a él más que a nadie. Cierra las puertas internas y las ventanas internacionales para encender la casa. Luego hay que derribar unas y otras, para que problemas como el intercambio humanitario puedan tener solución, y si no el canje, entonces liberaciones unilaterales, habilitando los canales internacionales que hacen temblar a Uribe y los suyos.

 

El año que terminó se cerró con hechos funestos, que se siguen sumando al desgarro de las auténticas farsas que protagonizó el régimen de Uribe. Y se abre otro con las expectativas enrevesadas y con la confusión insana que aumenta una factible improvisación grave de la guerrilla, poniendo sal en una herida. No todas las imposturas pueden asimilarse. Aunque las FARC demuestren luego que Uribe ha vuelto a mentir sin pudor, y eso pueda remontarlas en sus propósitos, no es marginal, sino central y apremiante, un debate que deben encarar ya, a partir de su capacidad de aprendizaje e indignación, en la base de la rebelión a la que dicen no renunciar.

 

Debería abordarse con el rigor de la seriedad de la que deben renovarse pruebas, con criterios propios y diversos, escuchando a otros que así mismo escuchen a esta insurgencia (Gobiernos, agencias y redes internacionales, intelectuales, iglesias, organismos de derechos humanos y derecho humanitario, y sobre todo pueblos), en un método probo y eficaz, para que la regulación de la guerra sea realidad al menos por una parte, indignados/as ante la injusticia, con menos palabras y con más hechos diáfanos. Es lo que debe urgentemente comprenderse de este acontecimiento triste que debe avergonzar. Con la transparencia de una controversia que corresponde a la ética y a la política de las fuerzas que luchan por la transformación. De un lado fundamentando con la coherencia del ejemplo la necesidad del alegado derecho a la rebelión ante la injusticia. Y de otro lado la necesidad de los límites de ese derecho a rebelarse, creciendo moralmente en la autocrítica. La guerra contra lo injusto, no puede ser más de cualquier manera. Esta fue y es la ética de los medios que no apabulló sino que le dio sentido a gestas revolucionarias o rebeldes casi imposibles en sus respectivas épocas, de Ché Guevara o Bolívar, aun en la derrota material, pero no moral ni política. Uribe, su ministro Santos, Restrepo, su comisionado de guerra, y el Imperio, no tienen por qué tomar en cuenta esas lecciones. No son sus destinatarios. No son para ellos. No es para su dura costra. No tienen por qué sentir vergüenza, ni por Emmanuel, ni por el sufrimiento en la guerra. Que si ha de terminar algún día, debe acabar dignamente, no entregando el futuro, simbolizado en los hijos de la esperanza, ni nada que haya significado tanto dolor, como lo es el parto de una Colombia con justicia.

 

* Carlos Alberto Ruiz fue Asesor de la Comisión Gubernamental para la Humanización de la Guerra en Colombia.

(Recibido: enero 4 de 2008)

 

 


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