Archivos de la categoría ‘Crónicas’

La Estrella

Enero 6, 2008

La Estrella (crónica mínima)

Carlos Vidales
6 de enero de 2008, Día de Reyes

Su explosión fue tan grande, que todos los sistemas planetarios situados en un radio de 150 años luz desaparecieron consumidos por el fuego. Cientos de miles de civilizaciones fueron aniquiladas. Millones de especies inimaginables quedaron reducidas a partículas, polvo cósmico, gas incandescente. La luz enceguecedora de la explosión viajó –y viaja todavía– en todas direcciones, a través de los espacios siderales.

Varios millones de años más tarde, el lejano resplandor de la catástrofe llegó a un pequeño planeta poblado por seres inteligentes, los seres más inteligentes de toda la Creación, hechos a imagen y semejanza del Creador. Allí, en un país de pastores, tres astrólogos que decían ser reyes y magos, descrifraron el sentido de esta inmensa hecatombe: se trataba de la estrella que anunciaba la llegada de un niño destinado a ser torturado y crucificado para pagar las culpas de todos sus congéneres, y a la sombra de cuya imagen lacerada y dolorosa se habría de fundar la empresa más lucrativa de todos los tiempos, por los siglos de los siglos, amén.

Hay que precisar

Enero 29, 2007

Desde hace varios años (bastantes, para ser exacto) mantengo con mi amigo Roberto Hernández Montoya, brillante periodista venezolano, un diálogo entusiasta sobre nuestras respectivas idiosincracias lingüísticas. Roberto se queja de que los venezolanos son imprecisos e indeterminados. Se citan “tipo tres de la tarde”, o bien “a golpe de cuatro”, o peor aún, “a las cuatro y pico en punto”. Sus expresiones más comunes son “más o menos”, “según y cómo”, “eso depende”, “ahí ahí” y “a nivel de”. Refieren que tal o cual suceso ocurrió “en la tardecita” y todos los extranjeros se quedan en Babia (o más o menos  en los alrededores de Babia), sin saber si fue al comienzo o al final de la tarde, pero todos los venezolanos entienden exactamente, más o menos, lo que quiso decir el narrador.

Mi amigo Roberto ha constatado que los venezolanos tienen sus propias unidades de medida. Por ejemplo, su unidad de distancias o longitudes es el “tiro de piedra”, lo que implica que el Palacio del Congreso se encuentra a treinta y siete pedradas de la Casa de Bolívar, aproximadamente.

Omito mencionar aquí otras observaciones de Roberto acerca de la imprecisión venezolana que conduce, por ejemplo, a que la exclamación “¡sí, cómo no!” signifique más o menos “eh… tal vez… no estoy seguro…”, o a que la frase “Le exijo a usted que me preste diez bolívares” signifique en realidad “le suplico que me haga el favor de prestarme más o menos diez bolívares, por el amor de Dios…”. Yo mismo he tenido el placer de gozar estas delicias de la conversación venezolana, cuando visité Caracas hace una cantidad imprecisa de años y puedo certificar con la mayor precisión las doctas investigaciones de Roberto.

Por ejemplo: en Colombia, una dirección se expresa con la fórmula “calle 35, número 16-70″, lo cual significa que la persona en cuestión se domicilia en una casa situada en la calle 35, pasada la carrera 16, inmueble número 70. En Caracas, el enunciado típico de una dirección reza más o menos así: “Pasadita la plaza Sucre, alante de la carnicería, un edificio verde claro unos cuantos metros más allá de la estatua de mi general Montilla, al lado de una casita muy bonita con dos manzanos y un níspero y frente a un jardín con rejas donde hay un perro más o menos amarillo que ladra pero muerde“.

En otras ocasiones, por desgracia muy frecuentes, ocurre que la dirección se expresa simplemente con el nombre del edificio. Digo por desgracia, porque solamente en Caracas hay exactamente unos tres o cuatro mil “Edificios Bolívar”, más o menos, y si a usted le dicen: “Lo espero a cenar en mi casa, mañana a golpe de ocho, o si lo prefiere más o menos en la nochecita. Venga usted con su señora. Yo vivo en el Edificio Bolívar, cuarto piso. Lo espero puntualmente“, entonces a usted no le queda otro remedio que echarse a llorar.

Hace poco tuve el honor de leer una carta de una señorita venezolana residente en París, a una compatriota suya. En dicha carta refiere la autora que un electricista, un plomero (fontanero) o cualquier técnico venezolano puede ordenar a su asistente: “Tráeme la cosita esa de bichar los perolitos del coroto” y lo increíble es que el ayudante comprende exactamente la orden y trae exactamente, más o menos, lo que le están pidiendo.

La indeterminación idiomática de los venezolanos es espectacular. Cuando están en su patria llaman “musiú” a cualquier extranjero, sin importar si es un hotentote africano, un talibán o un lord británico. Diríase que dominan el francés. Pero cuando llegan a París interpelan a los transeúntes para pedir ayuda en estos términos: “Eskiús mi, míster ¿Du yu spik inglisch?”

Pero no hay que exagerar. La imprecisión no impide que los venezolanos cumplan sus deberes con la más ejemplar exactitud. Mi amigo Roberto se ha visto obligado a reconocerlo. Él mismo lo confiesa, al hablar de una fuga masiva de presos de la cárcel de Tocuyito, hace un número indeterminado de años: “Las autoridades confesaron que no llevan registro de reclusos, y no podían informar sobre la peligrosidad de los evadidos. Sin embargo declararon de lo más lozanas que fueron 102. No dijeron 100, para redondear, sino 102 exactamente”.

¿Y los colombianos? Nuestra precisión es ejemplar. Hablamos de tener “una chorrera de hijos”, “un jurgo de preocupaciones”, “jijuemil deudas”, “un arrume de trastos inservibles” y otras precisiones similares. Cuando nos indignamos decimos que “se nos salió la piedra”, sin indicar ni el tamaño ni la forma de dicha piedra porque esos detalles carecen de importancia. Usamos la bella expresión “un tantico” tanto para rogar (“rebájeme un tantico el precio, que Dios se lo pagará”) como para amenazar (“espere tantico, que le voy a poner una mano de dedos en la cara”). Y “una mano de dedos” no son cinco dedos sino un montón indeterminado de hostias, aunque “una mano” de naranjas a comprar en el mercado equivale a diez naranjas, más o menos.

Pero eso, mis amigos, es otra historia que prometo contar dentro de algún tiempo. Más o menos.

(c) Carlos Vidales

¿Hay un piano en tu familia?

Enero 24, 2007

Dícese que el admirable escritor francés Guy de Maupassant (1850-1893) murió en un estado de locura alucinatoria horripilante. Se afirma que durante sus últimos días gritaba aterrorizado porque los muebles de su habitación lo perseguían y se confabulaban para asesinarlo. Las sillas, el sofá, el escritorio, los estantes de la biblioteca y la cama en el dormitorio habían abandonado la discreta costumbre de conversar únicamente cuando el dueño de casa dormía o estaba ausente. Ahora lo hacían con descaro, abiertamente, en presencia del pobre Maupassant. Alzaban la voz con insolencia, lo acusaban de crímenes y faltas de las cuales él era inocente, lo calumniaban y amenazaban. Pronto pasaron a las vías de hecho y era frecuente que se abalanzaran sobre el desgraciado escritor, tratando de aplastarlo. Se dice, incluso, que una vez lo alcanzaron en un rincón del jardín y lo molieron a golpes con sus puños y sus patas de madera. Muy lamentable.

Mi maestro, el cronista colombiano Luis Tejada (1898-1924) comentó esta tragedia con prosa inolvidable y sacó la única conclusión sensata que puede sacarse de tan triste historia: los muebles tienen alma, son seres vivientes. Cada mueble, señaló mi ilustre antecesor, tiene algo de animal y todos sabemos o creemos saber cómo es la personalidad, el carácter, el alma, las manías y hasta las pasiones de nuestro sillón, nuestra cama, nuestro armario, nuestra mesa de trabajo…

Y Tejada, con espíritu noble de científico, se atrevió a insinuar una audaz hipótesis: “Puede suceder que el taburete sea el tipo degenerado de una gran especie que vivió en remotas edades o el principio de evolución de una gran especie que vivirá en el porvenir. Quizá se podría formular una teoría en que se probara que el hombre desciende del taburete; teoría ingeniosa y verosímil que tendría tanto éxito como las que tratan de probar que el hombre desciende del mono o del caballo.”

Pues bien, os voy a contar un secreto. Yo he investigado a fondo esa posibilidad, aprovechando la circunstancia de que la vida me ha condenado a un eterno destierro en más de veinte países durante más de medio siglo. He visto y entrevistado muebles de todas las razas, de todas las latitudes y de las más variadas religiones. Mi libro de apuntes, que legaré a las generaciones futuras, es ya más voluminoso que el de Darwin. Y a pesar de que lo que voy a declarar me obliga a refrenar mi natural modestia, os diré que he hecho descubrimientos trascendentales para la historia de la especie humana.

Habéis de saber, queridos lectores, que los muebles son parientes nuestros, hasta el extremo de que en más de una ocasión se ha producido un cierto mestizaje, un cierto cruzamiento entre las dos familias. La natural tendencia a la promiscuidad sexual, propia de la especie humana, ha conducido a esta suerte de mestizaje de carpintería, especialmente en épocas calamitosas, pestíferas, catastróficas, guerreras o simplemente decadentes.

Así, he descubierto algunos muebles en ciertos árboles genealógicos ilustres. Sucede que en uno de mis viajes por España, investigando sobre mis raíces y mis ancestros medievales, pude adquirir viejos documentos que me vendió un fraile con cara de violín en un claustro de carmelitas descalzos. No diré que el santo abad del claustro se parecía al órgano de la capilla, ni que el ecónomo, fray Agapito, era el vivo retrato de un confesionario. Lo que si diré es que los documentos adquiridos allí prueban, sin lugar a dudas, que algunas de las más rancias estirpes europeas han enriquecido sus mapas genéticos con los aportes de pianos, escritorios, retretes, armarios y anaqueles.

En aras de la discreción y la prudencia debo callar nombres, pero ¿no habéis notado, cuando váis de paseo por la Castellana o por la Gran Vía, a esa señora que respira como una vieja estufa de carbón? ¿O ese caballero cuya barriga evoca el sofá de la tía Solferina? ¿O el jovencito aquel que habla con voz de flauta traversa? Y los bigotes de vuestro gran político nacional ¿no os hacen pensar en los cepillos para caballos? ¿Creéis acaso que tales semejanzas son casuales, accidentales? Pues si lo creéis, os diré que tenéis la ingenuidad propia de los muebles infantiles.

Puedo aducir más pruebas científicas: Cuando vamos a comprar muebles buscamos aquellos que más se amoldan a nuestra personalidad, que cuadran con nuestro temperamento, que se parecen a nosotros. Claro: estamos buscando inconscientemente nuestros amados parientes de madera. Y en estos tiempos de inaudita globalización vamos a IKEA, porque allí nos esperan los muebles-masa, hechos en serie, todos iguales, como somos nosotros, los “pequeños hombrecitos” de que hablaba el gran filósofo Wilhelm Reich (1897-1957), todos en serie, todos obedientes, acostumbrados a creer sin discusión los postulados arrogantes de los “grandes hombres” que nos han dado la comodidad y la seguridad a cambio de que renunciemos al riesgo de pensar por nosotros mismos, de ser únicos, originales, excepcionales.

¡Debemos liberarnos, con ayuda de nuestros amados muebles familiares! ¡Busquemos el viejo piano entre nuestros antepasados, el armario rococó, la antigua mesa morisca que alguna vez fue acariciada con amor por algún abuelo andaluz, las alcándaras del Cid, el anaquel con ruedas que nuestro tío Quevedo tenía siempre, cargado de libros, al borde de su cama, la altiva silla toledana de don Juan de Padilla, el sabio reclinatorio de Teresa de Ávila, el camastro duro y dulce de San Juan de la Cruz!

Amad, queridos amigos, vuestros muebles ancestrales, como se ama a la tía rica, al padrino generoso o al viejo y entrañable perro de la casa. Amadlos con ternura, porque ellos son sangre de vuestra sangre e historia de vuestra historia. Y cuando, vencidos por la edad, os encontréis en el trance de cerrar los ojos para siempre, echad una última mirada de cariño y gratitud sobre vuestros parientes mudos y fieles, los abnegados muebles del hogar, tantas veces testigos y tantas veces participantes de vuestras locuras secretas.

Y si no lo hacéis así, si traicionáis vuestra estirpe, sabed que los muebles, iracundos, os perseguirán y castigarán implacablemente, como lo hicieron con el ingrato Maupassant.

(C) Carlos Vidales