El mapa
Diciembre 4, 2008 by Carlos VidalesLa Estrella
Enero 6, 2008 by Carlos VidalesLa Estrella (crónica mínima)
Carlos Vidales
6 de enero de 2008, Día de Reyes
Su explosión fue tan grande, que todos los sistemas planetarios situados en un radio de 150 años luz desaparecieron consumidos por el fuego. Cientos de miles de civilizaciones fueron aniquiladas. Millones de especies inimaginables quedaron reducidas a partículas, polvo cósmico, gas incandescente. La luz enceguecedora de la explosión viajó –y viaja todavía– en todas direcciones, a través de los espacios siderales.
Varios millones de años más tarde, el lejano resplandor de la catástrofe llegó a un pequeño planeta poblado por seres inteligentes, los seres más inteligentes de toda la Creación, hechos a imagen y semejanza del Creador. Allí, en un país de pastores, tres astrólogos que decían ser reyes y magos, descrifraron el sentido de esta inmensa hecatombe: se trataba de la estrella que anunciaba la llegada de un niño destinado a ser torturado y crucificado para pagar las culpas de todos sus congéneres, y a la sombra de cuya imagen lacerada y dolorosa se habría de fundar la empresa más lucrativa de todos los tiempos, por los siglos de los siglos, amén.
Emmanuel y la guerra en Colombia
Enero 5, 2008 by Carlos Vidales
Emmanuel y la guerra en Colombia
¡Sentir vergüenza!
Carlos Alberto Ruiz S.*
Comúnmente es tan fácil especular como lo es opinar desde fuera de unas circunstancias de ahogo. Pero a veces es punzante aventurar suertes en determinados sucesos como el que nos ocupa, con el martilleo de las horas en espera de los resultados de una prueba científica como el ADN (manipulable según qué corruptos estén cerca).
El Festival Internacional de Poesía de Medellín: comprometido con la paz
Agosto 9, 2007 by Carlos VidalesDeclaración pública de Fernando Rendón, Director del Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia.
Colombia es un país en guerra: ¡el mundo entero lo sabe! El Estado colombiano gasta US $4.171 millones de dólares al año para armar el brazo de la muerte y mantener activo este conflicto armado contra la población. Diariamente se producen bombardeos y combates en los campos de Colombia, que afectan la vida y las tierras de campesinos e indígenas, y la economía de la nación.
Un poeta extraordinario
Marzo 30, 2007 by Carlos VidalesMario Meléndez (Linares, Chile, 1971). Estudió Periodismo y Comunicación Social. Entre sus libros figuran: “Autocultura y juicio” (con prólogo del Premio Nacional de Literatura, Roque Esteban Scarpa), “Apuntes para una leyenda” y “Vuelo subterráneo”. En 1993 obtiene el Premio Municipal de Literatura en el Bicentenario de Linares. Sus poemas aparecen en diversas revistas de literatura hispanoamericana y en antologías nacionales y extranjeras. Ha sido invitado a numerosos encuentros literarios entre los que destacan el Primer y Segundo Encuentro de Escritores Latinoamericanos, organizado por la Sociedad de Escritores de Chile (Sech), Santiago, 2001 y 2002, y el Primer Encuentro Internacional de Amnistía y Solidaridad con el Pueblo, Roma, Italia, 2003, donde es nombrado miembro de honor de la Academia de la Cultura Europea. A comienzos del 2005, es publicado en las prestigiosas revistas “Other Voices Poetry” y “Literati Magazine”. Durante el mismo año obtiene el premio “Harvest International” al mejor poema en español otorgado por la University of California Polytechnic, en Estados Unidos. Parte de su obra se encuentra traducida al italiano, inglés, francés, portugués, holandés, rumano, persa y catalán. Actualmente trabaja en el proyecto “Fiestas del Libro Itinerante”.
LOS PÁJAROS DEL PUEBLO
Mario Meléndez
El niño no paraba de llorar
aunque el verdugo repetía de rodillas
que su madre no había muerto
1
A los ríos que dejaron sus pechos en el mar, a la tierra de mejillas prolongadas como tripas, a la piedra madura que besa viento y camino, a las montañas maternales, a la flora y fauna decapitada por manos sangrientas, a los volcanes reprimidos, a la lluvia inconsecuente de los bosques y ciudades, a las aves, con sus maletas y sus alas, a los desiertos enemigos del agua pura, al vino que incendia la garganta del pueblo, a los hielos de entrañas frías y secretas, a los valles, a los cóndores, a todo lo que es parte de mí y de mi poesía, a ellos entrego mi canto, a ellos dedico la semilla de la noche, mi soledad de araña que cae sobre la patria y sobre cada palabra que sale a mi paso, mi voz enamorada de la primera y última gota de mis hermanos, mis labios color de fruta, mis venas acariciadas por el sueño salvaje, mi agonía incesante y profunda, mi religión de aullidos desatados, mi juventud sonora y definitiva. A ellos levanto mi puño como una bandera, a ellos dedico el calor de esta brasa, de esta lágrima de Dios llamada Chile.
2
Cuando llegó el invierno a Chile, miles de pájaros volaron con la primera lluvia, estaban asustados entre la sombra y la muerte, y prefirieron emigrar con sus vidas hacia otras vidas. Tomaron el primer avión desesperados, se arrojaron a los muelles persiguiendo barcos, cruzaron las montañas huyendo de las lanzas, y dejaron atrás la patria y a los herederos del hambre. Algunos no despegaron jamás, les arrancaron las alas en el intento y la lucha, desaparecieron con nombre y apellido bajo los árboles de hierro, los encerraron en jaulas por especies, y cuando años después los encontraron tenían la caricia del cuervo entre sus plumas. Los otros, los perseguidos, los pájaros del pueblo que lograron atravesar la muerte, debieron acostumbrarse a volar de otra manera, a sentir de otra manera, a respirar de otra manera. La tierra ajena los había recibido, la tierra amiga los invitaba a su mesa a compartir el pan y sus dolores. Muchos incluso en la agonía soñaron con ver la patria por última vez, pero la patria también agonizaba, había querido volar con sus alas rotas.
3
a Víctor Jara
Más allá de la guitarra están las manos separadas de la patria, un sonido de alas que arde y quema mis zapatos, una invitación a orinar sobre la tierra con la semilla pura del canto. Más allá de la guitarra la sangre dibuja una música violenta y la cabeza del cantor se llena de agujeros y de besos con olor a muerte. Más allá de la guitarra los caminos lloran, la lluvia llora y cae de rodillas porque el hijo de la tierra no completará sus pasos. Más allá de la guitarra, más allá del estallido que apagó los corazones, más allá de este poema y con la herida inolvidable de un tiempo inolvidable, los ojos buscan a Víctor, más allá de la guitarra y de la patria.
4
¿Quién escribirá este dolor? ¿Quién destapará los gritos enumerándolos? ¿Quién se atreverá a hacerlo? Porque si nadie se ofrece, yo estoy dispuesto a correr el riesgo. Pero qué puedo decir si hay tanto de qué hablar, son tantos los rostros que jamás amanecieron, tantos los ojos rotos. Esa mujer me pregunta si lo he visto, ese anciano me pregunta si lo he visto. Y yo, qué puedo decir, si me veo en una calle herido, si me veo en el fondo del mar o en una fosa o torturado o suplicando, qué puedo decir si estoy bajo la tierra y me desmigo. Que sea otro quien escriba este dolor, que sea otro el que se vista de negro, el que corte las flores, el que enloquezca; yo solamente enterraré a los muertos.
5
No levantes esa piedra porque verás muchos zapatos, no respires bajo el mar porque hallarás los cordones y las suelas, no te cuelgues de los árboles o de los techos o de la noche, apilarás ceniza y sangre entre tus dedos; no trajines la tierra, no escupas sobre la saliva descuartizada y seca, no sumerjas la cabeza en un desierto, no llores, no asesines. La patria es más profunda que el agua, más genital y profunda. Es una ciega lanza atravesada por montañas, cauces y edificios, atravesada por vivos y por muertos. En cada parque crecerá una flor con cicatrices, en cada río nacerán peces que llegarán al mar con ecos y tambores, en cada casa escucharás murmullos, en cada calle un grito, en cada fosa que se abra una caricia que conoces. Y verás bajo esta tierra, bajo esta lanza desgarrada y rota, bajo estos huesos verás toda la sangre de un pueblo, toda la sangre encendida de un corazón que renace, toda la sangre enterrada hecha victoria y canto.
6
Me tomaré la palabra hasta que todos mueran, hasta que por la boca rueden ojos blancos y por los ojos bocas sin voz ni arquitectura. Entonces, como una sola derrota, como un murmullo de cuándo, dónde y para qué, como una gran pregunta arrancaré metales, sangre arrancaré sobre las flechas, flores de piedra que arderán con sus espinas y con hijos no reconocidos. Será una guerra a vida, una independencia total de mi esqueleto, y no podrán moverse si yo no me muevo, no respirarán por mi nariz o por mi semen, no trajinarán mi cuerpo con nuevos gritos. Porque yo me tomaré la palabra de pies a cabeza, hasta que todos mueran de todo y todos vivan de nada, hasta que se abra la tierra y vuelen y los devuelvan, yo me tomo la palabra.
7
Mi pueblo tiene frío cada día del año, tiene hambre y sed y juventud. Mi pueblo es un pedazo de madera, de cama que no alcanza para cuatro o para ocho. Mi pueblo tiene lluvia y viento, tiene caras dibujadas con ceniza, tiene manos que aplauden para no morirse. Mi pueblo no tiene nombre, no tiene edad ni edades, no tiene calles ni sonrisas. Mi pueblo no tiene Dios, la levadura y la sal vencieron a los santos, el agua de los grifos fue más pura que una iglesia. Mi pueblo es un resumen del amor cansado, es una biografía sin orillas ni rincones, un cadáver reciente, una copa que jamás será llenada. Mi pueblo tiene niños que parecen ancianos y ancianos que se robaron los años, tiene mujeres con ojos apagados y hombres cortados por la mitad. Mi pueblo tiene árboles sin troncos y sin hojas, tiene rosas que cambiaron su color por un kilo de pan. Mi pueblo es una herida en el tiempo, una guitarra enferma y sorda y muda, una canción de nombres definitivamente tristes, definitivamente amargos, definitivamente olvidados en el gran sueño de la vida.
8
Los pobres veranean en un mar que sólo ellos conocen. Allí instalan sus carpas hechas de mimbre y celofán, y luego bajan a la orilla para ver la llegada de los botes curtidos de adioses. En la playa la miseria se broncea boca abajo, el hambre toma sol en una roca, los niños hacen mediaguas en la arena y las muchachas se pasean con sus bikinis pasados de moda. Ellas tienden sus toallas de papel y se recuestan a mirar el reventar de las olas que les recuerda la forma de un pan o una cebolla. Mar adentro nadan los sueños. Y ellas ven al vendedor de helados acariciando sus pechos o a ellas mismas en un viaje hacia la espuma, del que regresan con vestidos nuevos y una sonrisa en el alma.
Los pobres veranean en un mar que sólo ellos conocen. Y cuando cae la tarde, y el horizonte se desviste frente a ellos, y las gaviotas se desclavan del aire para volver a casa, y el crepúsculo es una olla común llena de peces y colores, ellos encienden sus fogatas en la arena, y comienzan a cantar y a reír y a respirar la breve historia de sus nombres, y beben vino y cerveza, y se emborrachan abrazados a sus mejores recuerdos. Mar adentro nadan los sueños. Y ellos ven a sus hijos camino de la escuela, cargando libros y zapatos y juguetes o a ellos mismos regresando del trabajo con los bolsillos hinchados y con un beso pintado en el alma. Y mientras ellos sueñan, el hambre apaga sus fogatas y se echa a correr desnuda por la playa con los huesos llenos de lágrimas.
9
Vamos, acompáñame, en aquel sitio levantaré mi casa. Ven, ayúdame, necesito de tus manos y las de otros para juntar cemento y agua. Vamos, una vez más, hasta que el último ladrillo sea derramado y el corazón de la casa te llame a completar mi canto. Ven, ayúdame, trae las puertas que yo abriré para ti, la masilla que soportará nuestras vidas y esa sonrisa tuya que tanto me gusta. Vamos, ésta es la casa del amor sin fin, el lugar donde mis huesos se abren hacia todos lados y mi voz sacude el polvo de ese nuevo día. Vamos, una vez más, en aquel sitio levantaré mi sombra. Ven, anímate, sobre la última piedra enterraré una cruz y aquellas manos clavadas recorrerán el cielo.
10
Por este Chile volarán un día unos ojos perdidos, una corriente de aire con pecho de paloma o un racimo de agujas mordiendo y clavando los números del alma, tomándole el pulso a la corteza diaria de andar y desandar el llanto, silbando más abajo de la piel y haciendo suyo el grito de las escaleras. Volarán una y mil veces para no volver, volarán en vuelo rasante de pájaro ausente, de luna machacada por el pan y por la sangre de un cordero degollado en noches de humo y cielo sin olvido. Volarán sacudiendo las letras de un corazón como el mío, saltando, durmiendo, desgarrando el aire, llenando la memoria de fantasmas y de abejas malheridas, juntando en mitad de la calle nuestras cenizas descalzas. Así, con largas cicatrices abrazaremos la patria, nos iremos por los mares, por los ríos, por los sueños, nos iremos cada uno con un muerto en la boca, y estaremos tan cerca de poder enterrarlos, de decir aquí yacen los que un día fueron, los que un día cantaron a la tierra y al viento, aquí yacen enteros, dignos, inmortales, sabedores del lugar de sus huesos, alegres y definitivos en la quietud de una fosa con alas.
11
Al hombre le arrojaron piedras, le arrojaron piedras y huesos, y cuando ya no hubo sino flores en la tierra, lo dejaron boca abajo, humedecido por la espuma de los tiempos y con un sueño atravesado en las antenas, como pequeño homenaje a su lucha con los ríos y a su voz de trapo oscuro. Luego le prendieron fuego, lo quemaron a la sombra de su propia sombra, lo dejaron para que el viento se ensañara de ceniza y cráneos de humo. Quisieron robarle la pulpa, quisieron descascararlo tapándole la luz que le salía por la lengua y así nadie se atrevería, nadie otra vez sobre el mantel o sobre el muro levantaría los brazos, nadie otra vez sería viejo o niño sino en los cuentos perdidos para siempre. Pero el hombre quedó repartido, se propagó en la noche ausente y en el frío, se descolgó por las costuras del silencio. Y ellos tuvieron miedo, miedo del llanto de las espinas, miedo de los cabellos y de las manos reunidas para gritar por el hombre y por todos los hombres, por todos los corazones apagados, por todas las lágrimas resecas, por todos los pies y todos los ojos que nunca volverían a ver. Porque la piel de los caminos aún guardaba el apellido y los rostros color de uva, las llagas de aquel viajero que volvía a destapar la cacerola del horror y ese dolor de muelas tan grande, tan grande, como el hambre que abraza la soledad de las entrañas. Así lo entendieron los volcanes, y así lo traspasaron a todas las cosas. Sabían que el hombre volvería, y que un día llegaría otro y otro y otro, y aunque la sangre desfilara mil veces y la cabeza rodara como ruedan las palabras arrastradas al vacío, finalmente el hombre, el verdadero, aquél de la caricia y el amor definitivo, inundaría los jardines y las naciones nuevas, guardando por fin la espada en la fosa del recuerdo.
12
Los batallones que decoraron el alma envejecen ahora sin más castigo que el luto de los ojos. La tierra aún respira ánimas marchitas, renace de vez en cuando el alarido múltiple, y las teñidas y desorientadas aguas retoman el curso normal de la existencia humana. Nosotros nos apuramos para no perdernos nada, traemos bebidas y tortas, y nos sentamos frente a la pantalla a disfrutar de la película. Al poco rato nos aburre la desgracia, nos da lo mismo el victimario que la víctima, perdimos la cuenta de los arrojados al mar o los que todavía respiran. Cambiamos de canal entonces y el rojo va apareciendo como por arte de magia, la imagen se congela con el brillo de los sables y alguien comienza a llorar presintiendo la masacre. Aquí nos interrumpen las transmisiones, nos dicen: “Buenas noches, mañana será otro día”. Y así se nos van los siglos, entre algunas sonrisas que ya no veremos jamás y el sueño eterno de creer que estamos vivos.
13
Junto los muertos reales a los que llevo en mi cabeza, a los que nadie quiere los guardo como a esas cartas selladas con sangre. Cada recuerdo es un ánima negra y soñolienta, más negra que la noche de los campos, irremediablemente negra y carnal y dolorosa, irrepetible hueso por hueso porque es así como la muerte llega: única y duradera. Tiendan los ojos al sol, sacudan los años sobre el suspiro de las sombras, verifiquen el soplo de la angustia lenta, aquí se está para siempre, como nunca antes, como nunca nadie, solo como el aullido de un túnel vagando en sí mismo, solo en el trino mortal de los últimos milanos, de los últimos rasguños de un puma astral y convaleciente, porque es así como la muerte llega: única y duradera. Única y duradera desde los días, desde los sueños, desde los muertos que llevo en mi cabeza, desde las ciegas tumbas que nos esperan, hundida bajo el aura seca del vacío, a donde iremos a dormir alguna vez, en la inevitable siesta de los siglos.
14
Y así se escribe la historia, con sangre como es de suponer, con callos, con verrugas, con azotes, con todo lo que el hombre es desde su nacimiento, con todos los sueños gastados para nunca jamás. Pero el amor nos redime, nos salva de este rito macabro, de este vivir sencillamente a solas cuando nos besa de lejos la muerte, de este lenguaje frío y vaporoso que somos al encontrarnos con nosotros mismos. Porque de tanto andar imaginariamente remotos, imaginariamente dormidos bajo este sol furioso y necesario, algo nos lleva a levantarnos de entre los ojos humeantes, a descorrer el cerrojo del día, a sollozar de pie nuestra gran pena. Y es que no importa quien sea el elegido, el de las nubes amargas, el de las horas golpeadas, siempre estaremos allí, innumerablemente solos, definitivamente enormes, y libres, libres, para reír sobre la sangre.
15
a Dagoberto Pérez
Y juntaré tus muertos para cuando vuelvas, para cuando regreses de ese viaje de luz, de ese viaje de estrellas y luciérnagas, allí estarán tus muertos esperándote, vestidos con la paz de tu recuerdo, con el perfume de tus palabras, allí estarán tus muertos impacientes, preguntando por ti, con sus heridas al viento, con sus gestos deshojados, allí estarán tus muertos para cuando vuelvas, para cuando regreses y los veas, mientras se abrazan a ti, mientras te llevan en andas hasta el cielo de los vivos.
16
Hoy te dijeron no, tú no regresas, no volverás a manchar los recuerdos de sangre, no volverás a regar de lágrimas la patria. Te quedarás allá, bien lejos, solo y terriblemente solo, solo hacia la noche que te espera, solo con tu llanto y tu dolor y tu miseria, allá afuera, bien lejos, muy lejos de los niños y las flores y los peces, muy lejos de la esperanza que saldrá con sus trompetas a celebrar por las calles, muy lejos de la alegría que untará tu foto en miel para que la coman los gusanos, y los gusanos dirán no, por qué nos hacen esto, y dejarán tu foto intacta, porque ellos también festejarán sobre el murmullo de este día, festejarán junto a nosotros que estaremos esperando, esperando a que regresen nuestros muertos, nuestros muertos que vendrán con sus heridas al viento, tomados de la mano, en una sola ronda, en una inmensa ronda que besará la tierra. Y nuestros muertos cantarán por nosotros, y bailarán y reirán por nosotros, y tomarán nuestras manos para levantarlas, para decirnos, no tengan miedo, tú ya no vuelves, y sonarán las guitarras, y sonarán los tambores, y sonarán nuestras manos en una gran orquesta, en una gran caravana de sonrisas y de lágrimas todos iremos juntos, vivos y muertos, terriblemente abrazados, terriblemente felices, porque hoy te dijeron no, tú no regresas, y un coro de huesos cantará en tu cumpleaños.
17
a Gladys Marín
Abrígate, Gladys, que la muerte tiene los pies helados y una lágrima en la sien. No bastarán tus rojos huesos para este viaje ni la saliva de tu corazón. Date trato, que hay lombrices añorando tus entrañas, tus axilas luminosas, tus rodillas que adivinan el país de los enanos. Ve despacio, no te olvides de marchar entre las tumbas, no te canses, y ojo con las hormigas que te deprimen, con aquéllas que presienten tu color desde lejos, tu color sin maquillaje, tus encías de viento, tu cabello enjaulado que crece cuando ríes, compañera de las horas golpeadas, todo vale en esta noche sin orillas, donde la eternidad pasa descalza entre tus muertos, y tiene hambre de abrazarte, porque sabe que tus gestos resucitan y se echan a volar sin despedirse, y se pierden en la patria de los sueños, y ya no vuelven. Qué harás ahora sin ti, sin tu esqueleto de pan mojado, sin tus pechos que ladran de orgullo, sin tus sábanas heridas, ahora que la ausencia se desviste para otros, qué harás bajo la tierra sin conocer a nadie. Abrígate, Gladys, y amarra bien tus cenizas por si te arrepientes.
18
El final se acerca
con banderas de todo tipo
con escudos amargos
con estandartes de odio
El final se acerca
y sólo tu rostro flamea
entre los mástiles
mientras abajo
más cerca del gusano
que de tus labios
la muerte
ha izado mi sombra
a media asta
Hay que precisar
Enero 29, 2007 by Carlos VidalesDesde hace varios años (bastantes, para ser exacto) mantengo con mi amigo Roberto Hernández Montoya, brillante periodista venezolano, un diálogo entusiasta sobre nuestras respectivas idiosincracias lingüísticas. Roberto se queja de que los venezolanos son imprecisos e indeterminados. Se citan “tipo tres de la tarde”, o bien “a golpe de cuatro”, o peor aún, “a las cuatro y pico en punto”. Sus expresiones más comunes son “más o menos”, “según y cómo”, “eso depende”, “ahí ahí” y “a nivel de”. Refieren que tal o cual suceso ocurrió “en la tardecita” y todos los extranjeros se quedan en Babia (o más o menos en los alrededores de Babia), sin saber si fue al comienzo o al final de la tarde, pero todos los venezolanos entienden exactamente, más o menos, lo que quiso decir el narrador.
Mi amigo Roberto ha constatado que los venezolanos tienen sus propias unidades de medida. Por ejemplo, su unidad de distancias o longitudes es el “tiro de piedra”, lo que implica que el Palacio del Congreso se encuentra a treinta y siete pedradas de la Casa de Bolívar, aproximadamente.
Omito mencionar aquí otras observaciones de Roberto acerca de la imprecisión venezolana que conduce, por ejemplo, a que la exclamación “¡sí, cómo no!” signifique más o menos “eh… tal vez… no estoy seguro…”, o a que la frase “Le exijo a usted que me preste diez bolívares” signifique en realidad “le suplico que me haga el favor de prestarme más o menos diez bolívares, por el amor de Dios…”. Yo mismo he tenido el placer de gozar estas delicias de la conversación venezolana, cuando visité Caracas hace una cantidad imprecisa de años y puedo certificar con la mayor precisión las doctas investigaciones de Roberto.
Por ejemplo: en Colombia, una dirección se expresa con la fórmula “calle 35, número 16-70″, lo cual significa que la persona en cuestión se domicilia en una casa situada en la calle 35, pasada la carrera 16, inmueble número 70. En Caracas, el enunciado típico de una dirección reza más o menos así: “Pasadita la plaza Sucre, alante de la carnicería, un edificio verde claro unos cuantos metros más allá de la estatua de mi general Montilla, al lado de una casita muy bonita con dos manzanos y un níspero y frente a un jardín con rejas donde hay un perro más o menos amarillo que ladra pero muerde“.
En otras ocasiones, por desgracia muy frecuentes, ocurre que la dirección se expresa simplemente con el nombre del edificio. Digo por desgracia, porque solamente en Caracas hay exactamente unos tres o cuatro mil “Edificios Bolívar”, más o menos, y si a usted le dicen: “Lo espero a cenar en mi casa, mañana a golpe de ocho, o si lo prefiere más o menos en la nochecita. Venga usted con su señora. Yo vivo en el Edificio Bolívar, cuarto piso. Lo espero puntualmente“, entonces a usted no le queda otro remedio que echarse a llorar.
Hace poco tuve el honor de leer una carta de una señorita venezolana residente en París, a una compatriota suya. En dicha carta refiere la autora que un electricista, un plomero (fontanero) o cualquier técnico venezolano puede ordenar a su asistente: “Tráeme la cosita esa de bichar los perolitos del coroto” y lo increíble es que el ayudante comprende exactamente la orden y trae exactamente, más o menos, lo que le están pidiendo.
La indeterminación idiomática de los venezolanos es espectacular. Cuando están en su patria llaman “musiú” a cualquier extranjero, sin importar si es un hotentote africano, un talibán o un lord británico. Diríase que dominan el francés. Pero cuando llegan a París interpelan a los transeúntes para pedir ayuda en estos términos: “Eskiús mi, míster ¿Du yu spik inglisch?”
Pero no hay que exagerar. La imprecisión no impide que los venezolanos cumplan sus deberes con la más ejemplar exactitud. Mi amigo Roberto se ha visto obligado a reconocerlo. Él mismo lo confiesa, al hablar de una fuga masiva de presos de la cárcel de Tocuyito, hace un número indeterminado de años: “Las autoridades confesaron que no llevan registro de reclusos, y no podían informar sobre la peligrosidad de los evadidos. Sin embargo declararon de lo más lozanas que fueron 102. No dijeron 100, para redondear, sino 102 exactamente”.
¿Y los colombianos? Nuestra precisión es ejemplar. Hablamos de tener “una chorrera de hijos”, “un jurgo de preocupaciones”, “jijuemil deudas”, “un arrume de trastos inservibles” y otras precisiones similares. Cuando nos indignamos decimos que “se nos salió la piedra”, sin indicar ni el tamaño ni la forma de dicha piedra porque esos detalles carecen de importancia. Usamos la bella expresión “un tantico” tanto para rogar (”rebájeme un tantico el precio, que Dios se lo pagará”) como para amenazar (”espere tantico, que le voy a poner una mano de dedos en la cara”). Y “una mano de dedos” no son cinco dedos sino un montón indeterminado de hostias, aunque “una mano” de naranjas a comprar en el mercado equivale a diez naranjas, más o menos.
Pero eso, mis amigos, es otra historia que prometo contar dentro de algún tiempo. Más o menos.
(c) Carlos Vidales
Juan Manuel Roca
Enero 27, 2007 by Carlos VidalesEl poeta colombiano Juan Manuel Roca (Medellín, 1946-) ha sido galardonado con el prestigioso premio “José Lezama Lima”, Casa de las Américas 2007 “por recoger, en versos escritos a lo largo de treinta años, lo mejor y más personal de una obra ya ineludible”.
Roca es considerado como el más importante poeta vivo de Colombia. Aunque lleva ya más de cuarenta años escribiendo, la publicación de su producción poética se inició en 1973 con Memoria del agua. A esta obra, que ya anunciaba un estilo conciso, sereno, de contenida ternura, siguieron Luna de ciegos (1975), Los ladrones nocturnos (1977), Señal de cuervos (1979), Fabulario real (1980), Antología poética (1983), País secreto (primera edición, 1987; segunda edición, 1988), Ciudadano de la noche (1989), Pavana con el diablo (1990), Luna de ciegos (antología, 1991), Prosa reunida (1993), Lugar de apariciones (2000), Los cinco entierros de Pessoa (2001), Arenga del que sueña (2002), Cartografía memoria (ensayos en torno a la poesía, 2003), Esa maldita costumbre de morir (novela, 2003), Cantar de lejanía (2006) y El ángel sitiado (2006), además de varias antologías, ensayos y artículos.
Su poesía es sugestiva y sutil, sin pretender delicadeza. Aborda la terrible realidad de su país, azotado por la violencia, así como la sombría problemática de la existencia humana en esta hora oscura de deshumanización. Pero lo hace en un terreno minado de claves misteriosas, alusiones de la fantasía que el lector debe ir descubriendo y descifrando en el proceso de la lectura. Se ha dicho que él es un artesano del poema arquitectónico, aludiendo así al juego que realiza entre las onomatopeyas y los deslizamientos semánticos, construyendo así imágenes y situaciones poéticas muy sorpresivas a partir de los elementos más sencillos y cotidianos de la realidad concreta. Es un poeta intimista y social al mismo tiempo, un aparente cínico que cubre con una oscura capa de ironía un enorme humanismo, un optimismo a toda prueba y un amor por la ternura que nunca se atreve a confesar abiertamente.
Incluímos aquí dos poemas de Juan Manuel Roca, ambos de la primera época de su producción.
Paisajes
Sentados en la yerba,
Mientras cruzaban
Mujeres con canastas de fruta,
Dos ciegos
Hablaban del paisaje del olor.
¡Ah, la sombra de un pájaro
en sus rostros!
Mis deudos jugueteaban
con un violín prestado
Mis deudos jugueteaban con un violín prestado,
Con ese violín inventado por el diablo.
¿Ese mensajero que venía en bicicleta
traía el papel que anunciaba la matanza?
Alguien dijo: nuestro país se desangra.
Tomaremos nota
Cuando la sangre corra debajo de las mesas,
De nuestras mesas del café que hace esquina con el tedio.
Silencien esa flauta que despierta mis muertos,
No me ortiguen los ojos.
Ah, si tuviera al menos una trenza
y el pie ligero de los vientos
a cuyo paso se hamaca el cafetal o navega el olor de las pomas
mientras las sombras nocturnas se pasean
por los mismos caminos donde un hombre
como fruta madura se desangra.
Nuestro país (si alguna vez ha sido nuestro)
No perdona la risa de sus niños.
Cada mañana un cadáver en las plazas.
Cada noche mujeres visitadas por el miedo
Que golpea las ventanas.
Cada palabra: un pájaro tocado por la muerte en pleno vuelo.
Alguien llega.
Pienso que viene por mis manos.
Nota de Carlos Vidales
Estocolmo, enero de 2007
El maletín de mi padre
Enero 25, 2007 by Carlos VidalesPalabras de Orhan Pamuk ante la Academia Sueca, con ocasión de habérsele otorgado el Premio Nobel de Literatura
Estocolmo, diciembre 7 de 2006.
Versión en español: Carlos Vidales*
* Esta versión ha sido elaborada
sobre la base de las traducciones
del turco al sueco (Claire B. Kaustell),
del turco al francés (Gilles Authier)
y del turco al inglés (Maureen Freely)
publicadas en la página electrónica oficial
del Premio Nobel (http://nobelprize.org/)
Dos años antes de su muerte mi padre me entregó un maletín lleno de sus textos manuscritos y sus cuadernos de notas. Con su habitual aire bromista me dijo, como al pasar, que esperaba que yo los leyera después, es decir, después de su muerte.
“Échales una mirada”, dijo con algún embarazo, “tal vez algo de todo eso sirva para algo. Tú podrás elegir lo que sea publicable”.
Estábamos en mi cuarto de trabajo, rodeados de libros. Mi padre daba vueltas por la estancia, mirando a su alrededor, como quien desea desembarazarse de un equipaje pesado e incómodo, sin saber dónde ponerlo. Finalmente lo colocó discretamente, sin ostentación, en un rincón. Después de este instante, un tanto embarazoso pero imborrable para ambos, regresamos a la tranquila ligereza de nuestros papeles habituales, nuestras personalidades sarcásticas y desenvueltas. Hablamos, como de costumbre, de cosas sin importancia, de la vida, de los inagotables temas políticos de Turquía y, sin ninguna amargura, de los proyectos no realizados y los negocios sin resultados de mi padre.
Recuerdo que durante algunos días después de su partida di vueltas alrededor de ese maletín, sin tocarlo. Conocía desde la infancia esa pequeña valija de cuero negro, su cerradura, sus abollados rebordes. Mi padre la usaba para sus viajes cortos y también, a veces, para llevar documentos de la casa al trabajo. Recordaba haber abierto esta valija, cuando era niño, y escarbado en sus cosas que despedían un delicioso aroma de agua de Colonia y de tierras extranjeras. Este maletín era para mí un objeto conocido y fascinante, asociado a mi pasado y a mis recuerdos de la infancia; sin embargo, ahora no me atrevía a tocarlo. ¿Por qué? Lo que me inhibía era sin duda la importancia, el peso enorme de la misteriosa gravedad que su contenido parecía esconder.
Ahora voy a hablar sobre el significado de este peso secreto: es el resultado de lo que un ser humano logra crear cuando, encerrado en su cuarto de trabajo y sentado ante una mesa o en un rincón, se expresa por medio del papel y la pluma. Es decir, este es el sentido de la literatura.
No me atrevía a tocar ni a abrir el maletín de mi padre pero conocía algunos de los cuadernos de notas que contenía. Ya había visto a mi padre escribir en ellos. No era la primera vez que yo sentía hondamente todo el peso contenido en este maletín. Mi padre tenía una gran biblioteca; en su juventud, a fines de la década de 1940, había querido ser poeta en Estambul y había traducido a Valéry al turco, pero no había querido exponerse a las dificultades de una vida consagrada a la poesía en un país pobre, donde los lectores eran escasos. Su padre -mi abuelo- era un empresario rico; mi padre había tenido una infancia cómoda y no quería empobrecerse por la literatura. Él amaba la vida con todos sus placeres, y yo lo comprendía.
Lo primero que me inhibía de acercarme al maletín de mi padre era el temor de que sus escritos no me gustaran. Mi padre tenía la misma duda y los había presentado con una actitud de cierta indiferencia, como si no tomara demasiado en serio el contenido del maletín. Esta actitud me afligía; yo llevaba ya veinticinco años trabajando como escritor, pero no quería reprochar a mi padre el no haber tomado la literatura con suficiente seriedad… Mi verdadero temor, la cosa que me aterraba verdaderamente, era la posibilidad de que mi padre hubiera sido un buen escritor. Este miedo era lo que me impedía abrir el maletín de mi padre. Peor todavía, yo no era capaz de confesarme a mí mismo esta razón, porque si de su pequeña valija surgía una gran obra, yo estaría obligado a reconocer la existencia de otro hombre, totalmente diferente, en el interior de mi padre. Era una posibilidad aterradora. Porque incluso a mi edad, ya avanzada, yo quería que mi padre fuera solamente mi padre, no un escritor.
Para mí, ser escritor significa descubrir, mediante un paciente trabajo de años, la otra persona que vive oculta en uno y el mundo interior que la hace ser lo que es; cuando hablo de escritura, lo primero que me viene a la mente no es una novela, un poema o una tradición literaria, sino una persona que, encerrada en estudio, replegada en sí misma y protegida de sí misma, rodeada de sus sombras, se sienta ante una mesa, sola con las palabras, y construye con ellas un mundo nuevo. Este hombre, o esta mujer, puede usar una máquina de escribir o emplear los servicios de un ordenador o bien, como yo, puede pasarse treinta años escribiendo con una pluma estilográfica sobre el papel. Puede fumar, puede beber café o té. De vez en cuando puede lanzar una mirada a través de la ventana, sobre los niños que se divierten en la calle -si tiene suerte, sobre los árboles o un paisaje-, o sobre un muro sombrío. Puede escribir poesía, teatro, o novelas, como yo. Todas esas diferencias surgen después de la tarea crucial que consiste en sentarse ante la mesa y entrar pacientemente en su mundo interior. Escribir es traducir en palabras esta introspección, esta indagación de sí mismo, y gozar de la alegría de explorar con paciencia y obstinación un mundo nuevo. Sentado ante mi mesa mientras los días, los años y los meses transcurrían y mientras yo iba agregando nuevas palabras sobre las páginas en blanco, sentía que estaba construyendo un nuevo mundo interior para mí mismo; que yo, del mismo modo que quien construye un puente o una cúpula, piedra sobre piedra, estaba descubriendo otra persona en mi interior. Para nosotros, escritores, las palabras son nuestras piedras de construcción. Conociéndolas y valorándolas en sus relaciones recíprocas, juzgándolas a veces a la distancia, acariciándolas en ocasiones con las yemas de los dedos o con la pluma estilográfica, sopesándolas, colocamos a cada una de ellas en su lugar, para ir construyendo nuevos mundos a lo largo de los años, sin perder la esperanza, obstinadamente, pacientemente.
El secreto del escritor, para mí, no es la inspiración -pues nunca se sabe de dónde viene-, sino la obstinación y la paciencia. Hay una hermosa expresión turca, “cavar un pozo con una aguja”, y a mí me parece que fue inventada pensando en nosotros los escritores. En los antiguos relatos, yo amo y comprendo la paciencia de Ferhad, quien, según la leyenda, perforaba las montañas por el amor de Shirine. Cuando escribí en mi novela Me llamo Rojo, sobre los antiguos miniaturistas persas que dibujaban el mismo caballo durante años hasta memorizarlo al punto de que podían dibujarlo con los ojos cerrados, yo sabía que estaba escribiendo también sobre el oficio del escritor y sobre mi propia vida. Para alcanzar el don de poder narrar su propia vida, lentamente y como si fuera la historia de otros, para sentir en sí mismo esta fuerza narrativa, me parece que el escritor debe dedicar todos sus años a este arte y a este oficio ante su escritorio, con la necesaria condición del optimismo. El ángel de la inspiración, que visita regularmente a algunos y jamás a otros, favorece al optimista y al que confía en sí mismo; y cuando el escritor se siente más solo que nunca y duda más que nunca de sus esfuerzos, de sus sueños y del valor de sus escritos -es decir, cuando cree que su relato es únicamente el relato de sí mismo-, es entonces cuando el ángel le revela las historias, las imágenes y los sueños que unen el mundo del cual quería salir el escritor con el mundo que quiere construir. Mi sentimiento más estremecedor, en este oficio de escritor al que he dedicado toda mi vida, ha sido la sensación, a veces, de que algunas frases, fantasías y páginas que me han hecho inmensamente feliz, no procedían de mi propia imaginación sino que me habían sido reveladas generosamente por alguna fuerza externa.
Yo tenía miedo de abrir el maletín de mi padre y de leer sus cuadernos, porque yo sabía que él jamás habría soportado las dificultades que yo mismo tuve que afrontar. Él no amaba la soledad sino los amigos, las multitudes, los salones, las bromas, las diversiones sociales. Pero mis pensamientos tomaron luego otro rumbo: estas ideas, estos sueños sobre la paciencia y el ascetismo, todas esas concepciones que yo había construido podían ser solamente mis propios prejuicios ligados a mi vida y a mi experiencia como escritor. Ha habido una gran cantidad de autores brillantes que escribieron rodeados de multitudes, de sus familias, del bullicioso esplendor y el alegre parloteo de la vida social. Además, mi padre nos había abandonado cuando éramos niños, aburrido de la monotonía de la vida familiar. Se había ido a París y allí, en habitaciones de hotel -como tantos otros escritores- llenaba, uno tras otro, cuadernos y más cuadernos de notas. Yo sabía que en el maletín se encontraba una parte de esos cuadernos, pues durante los años que precedieron a la entrega de la pequeña valija mi padre había comenzado a hablarme sobre ese período de su vida. También había hablado sobre aquellos años cuando yo era niño, pero sin mencionar su vulnerabilidad ni sus sueños de convertirse en poeta ni sus angustias existenciales en las habitaciones de hotel. Contaba cómo había visto frecuentemente a Sartre en las aceras de París, y hablaba con entusiasmo ingenuo, como portador de noticias muy importantes, de los libros que había leído y las películas que había visto. Más tarde, ya convertido en escritor, no he olvidado nunca que llegué a serlo gracias a que mi padre, en lugar de recordar a los famosos pachás y los grandes líderes religiosos, me hablaba frecuentemente de los grandes autores de la literatura universal. Tal vez por esto debía yo abordar la lectura de los cuadernos de mi padre, sin pensar tanto en el valor literario de sus escritos, considerando todo lo que yo debía a los libros de su biblioteca y recordando que él, cuando vivía con nosotros, no aspiraba sino a encerrarse en una habitación -como yo- para estar en íntimo contacto con sus libros y sus pensamientos.
Sin embargo, contemplando con zozobra este maletín cerrado, sentí que era precisamente esto lo que yo era incapaz de hacer. Mi padre acostumbraba en ocasiones tenderse en el sofá, frente a sus libros, dejar a un lado el libro o la revista que tenía en sus manos y hundirse durante largo rato en sus pensamientos y fantasías. En su rostro aparecía entonces una nueva expresión, diferente de la que mostraba en las bromas, el bullicio y las riñas de la vida familiar. Esa expresión denotaba una profunda introspección que me hizo comprender, ya desde mi infancia y durante los primeros años juveniles, que mi padre sufría un desasosiego interior que me inquietaba. Ahora sé, muchos años después, que ese desasosiego es una de las fuerzas decisivas que hacen de un ser humano un escritor. Para llegar a ser escritor se necesita, antes que la paciencia y el esfuerzo, el impulso interior que nos hace huir de las multitudes, la vida social, las cosas citidianas que todos comparten, y encerrarse en una habitación. Los escritores necesitamos la paciencia y la esperanza para encontrar en nosotros mismos los cimientos del mundo que creamos para nosotros. Pero el deseo de encerrarnos en una habitación, en una sala llena de libros, es lo primero que nos impulsa. Montaigne fue sin duda quien marcó el inicio de la literatura moderna, el primer gran ejemplo de escritor libre de temores y prejuicios, el primero que discutió las palabras de otros sin escuchar otra voz que la de su propia conciencia y, en conversación con sus libros, desarrolló sus propias ideas y su propio mundo. Montaigne es uno de los escritores que mi padre leía una y otra vez y a cuya lectura me incitaba siempre. Yo quisiera verme a mí mismo como un seguidor de esta tradición de escritores que, sea en Oriente, sea en Occidente, se apartan de la vida social para encerrarse, junto con su biblioteca, en su estudio. El punto de partida de la verdadera literatura es el ser humano encerrado, a solas, con sus libros.
Pronto descubrimos, sin embargo, en ese recinto donde nos hallamos encerrados, que no estamos tan solos como podría creerse. Nos hacen compañía las palabras de otros y las historias de otros, sus libros, todo aquello que llamamos la tradición literaria. Estoy convencido de que la literatura es el más valioso acervo de materiales que la humanidad ha creado en su esfuerzo por comprenderse a sí misma. Las sociedades humanas, tribus, naciones, se hacen más inteligentes, se enriquecen y se elevan en la misma medida en que toman en serio su literatura y escuchan a sus escritores. Como todos sabemos, las hogueras de libros y las persecuciones contra los escritores han sido el anuncio de tiempos de tinieblas e irracionalidad para naciones enteras. Pero la literatura nunca es un asunto puramente nacional. El escritor que se encierra con sus libros y emprende, antes que nada, el viaje interior, descubre con el correr de los años esta regla imperiosa: la literatura es el arte de narrar nuestra propia historia como si fuera la de otros, y la historia de otros como si fuera la nuestra. Para lograr esto debemos viajar a través de las historias y libros de otros.
Mi padre tenía una buena biblioteca, con unos mil quinientos libros, más que suficiente para un escritor. Cuando yo tenía veintidós años no había leído quizás todos esos libros, pero a todos los conocía, uno por uno, sabía cuáles eran importantes, cuáles eran ligeros y fáciles de leer, cuáles eran clásicos, cuáles eran parte imprescindible de la literatura universal, cuáles eran testimonios olvidables pero entretenidos de la historia local y cuáles eran las obras de un escritor francés a quien mi padre tenía en alta estimación. Yo contemplaba a veces esta biblioteca desde cierta distancia e imaginaba que un día, en una casa propia, tendría una biblioteca igual o incluso mejor, y que construiría para mí un mundo de libros. Vista desde la distancia, la biblioteca de mi padre me parecía en ocasiones una pequeña imagen de todo el mundo real. Pero era un mundo visto desde nuestro ángulo de visión, desde Estambul. El contenido de la biblioteca daba testimonio de esto. Mi padre la había formado con los libros adquiridos durante sus viajes, sobre todo en París y en América, con los que había comprado en su juventud a libreros que vendían literatura extranjera en Estambul durante las décadas de 1940 y 1950, y con los que había continuado adquiriendo en librerías que yo también conocía. Mi mundo es esta mezcla del mundo local, el nacional y el occidental. A partir de la década de 1970 comencé yo también, ambiciosamente, a formar mi propia biblioteca. Aun no me había decidido por completo a convertirme en escritor. Como he relatado en mi libro Estambul, yo ya había intuido que nunca llegaría a ser pintor, pero no sabía con exactitud qué camino tomaría mi vida. Tenía una curiosidad insaciable y universal, una avidez ingenua y excesivamente optimista por leer y aprender; pero al mismo tiempo tenía la sensación de que a mi vida le faltaría algo y que yo no podría vivir como otros. Esta sensación, exactamente como la que yo experimentaba al contemplar la biblioteca de mi padre, estaba asociada con la idea de encontrarme lejos del centro, esto que los habitantes de Estambul sentíamos en aquellos tiempos, esta sensación de vivir en la periferia. Esta era otra circunstancia que aumentaba mi preocupación y me hacía sentir de algún modo incompleto, porque yo sabía muy bien que vivía en un país que no valoraba ni estimulaba a sus artistas -fueran ellos pintores o escritores- y les ofrecía una vida sin esperanza alguna. En los años setenta, como impulsado por un deseo apremiante y angustioso de resolver estas carencias de mi vida, visitaba con impaciencia furiosa los atiborrados quioscos y tiendas de libros de Estambul; y cuando compraba a los libreros de ocasión, con el dinero que mi padre me daba, libros descoloridos, manoseados, descuadernados y polvorientos, el estado lastimoso de estas tiendas de libros usados y el aspecto miserable de los pobres libreros que ponían sus mercancías en las orillas de las calles, en los patios de la mezquitas y en los nichos de muros en ruinas, la decrepitud y la pobreza sórdida de todos estos lugares me impresionaban tan poderosamente como las hondas vivencias que el contenido de esos libros me prometía.
En cuanto a mi lugar en el mundo, mi sentimiento fundamental, tanto en la vida como en la literatura, era el de “no estar en el centro”. En el centro del mundo había una vida más rica y más atractiva que la nuestra y, como todos los habitantes de Estambul y de toda Turquía, estábamos excluidos de ella. Hoy me imagino que yo compartía este sentimiento con la mayoría de los habitantes del mundo. Del mismo modo, había una literatura mundial cuyo centro se hallaba muy lejos de mí. En realidad yo pensaba más en la literatura occidental que en la literatura universal; pero nosotros, los turcos, estábamos también fuera de ella. La biblioteca de mi padre lo confirmaba. De una parte, contenía libros y literatura de Estambul, nuestro mundo local, con la rica diversidad de detalles que amo y nunca he podido dejar de amar, y de otra parte estaban los libros del mundo occidental que en nada se parecía al nuestro, diferencia que para nosotros era tan dolorosa como inspiradora de esperanzas. Escribir y leer era como dejar un mundo para encontrar el consuelo en la realidad extraña, singular y fantástica del otro mundo. Yo sentía que mi padre también había leído novelas para escapar de su vida y huir hacia Occidente, tal como yo lo haría más tarde. O bien, tal vez me parecía por esos días que esos libros eran el medio de que nos servíamos como una cura contra nuestro sentimiento de inferioridad cultural. No solamente la lectura, también el acto de escribir era el pasaje que nos permitía viajar de nuestra vida en Estambul a Occidente y participar un poco de ese mundo. Mi padre había viajado a París para poder llenar la mayoría de sus cuadernos, se había encerrado en el silencio de su habitación de hotel y después había regresado con sus escritos a Turquía. Yo sentía que esto me causaba desasosiego e inquietud cuando fijaba la mirada en el maletín de mi padre. Después de mis veinticinco años de aislamiento en mi estudio para realizarme como escritor en Turquía, la vista de ese maletín me producía irritación por el hecho de que el oficio del escritor, este ejercicio de escribir libre y sinceramente lo que hay en nuestro mundo interior, tenía que ser una ocupación que se realiza en secreto, fuera de las miradas de la sociedad, del estado y de la nación. Quizás esta era la principal razón por la cual yo me sentía enfadado con mi padre, por no haber tomado la literatura tan en serio como yo lo hacía.
Enr realidad, yo estaba irritado con mi padre porque él no había llevado una vida como la mía, porque él había evitado siempre hasta el más mínimo conflicto, independientemente de cuál fuera el asunto, porque él había vivido sonriendo, feliz, entre sus amigos y sus seres amados. Pero en algún lugar de mi conciencia yo sabía que también podría decir que estaba “envidioso” en lugar de “enojado”, que tal vez esa era una palabra más correcta, y eso también me inquietaba. Y entonces, cuando me preguntaba a mí mismo con mi voz siempre rencorosa y poco razonable: “¿Qué es la felicidad?” ¿Es felicidad vivir sentado solo en un cuarto y creer que se vive una vida intelectualmente profunda? ¿O es felicidad llevar una vida agradable en sociedad, creyendo las mismas cosas que todos los demás creen, o simulando creerlas? ¿Es felicidad, o infelicidad, pasar la vida escribiendo en secreto en un lugar donde nadie puede verlo a uno, y aparentando en público estar en armonía con todos a su alrededor? Eran preguntas muy molestas y extremadamente irritantes para mí. Por otra parte, ¿de dónde había sacado yo esta idea de que la felicidad era el criterio de una buena vida? La gente, los periódicos, todo el mundo actuaba como si la más importante medida de la vida fuera la felicidad. ¿Esto solo no sugiere que valdría la pena tratar de averiguar si lo contrario es verdad? ¿Qué tan hondamente conocía yo a mi padre, a él, que se había alejado de nosotros, de su familia, hasta dónde podía yo decir que comprendía su inquietud profunda?
Estos fueron los impulsos que finalmente me hicieron abrir el maletín de mi padre. ¿Acaso había en su vida un secreto, una infelicidad que yo desconocía, algo que él solo pudo hacer soportable vertiéndolo en sus escritos? En cuanto abrí el maletín evoqué aquellos olores traídos en su viajes, reconocí varios cuadernos y recordé que mi padre me los había mostrado muchos años antes, sin otorgarles mayor importancia. La mayoría de los cuadernos que yo ahora hojeaba, uno tras otro, habían sido escritos cuando mi padre, joven todavía, nos había dejado y se había ido a París. Como siempre me ocurría con respecto a otros escritores que admiraba, cuyas obras y biografías había leído y conocía, yo deseaba saber lo que el autor de estos textos había escrito y lo que pensaba cuando tenía la misma edad mía. Muy pronto comprendí que ahí no iba a encontrar nada de eso. Además, me produjo gran inquietud encontrar, aquí y allá, una voz de narrador que, pensaba yo, no era la voz de mi padre, no era auténtica o por lo menos no pertenecía a la persona que yo conocía como mi padre. Un miedo intenso se despertó entonces en mí, más fuerte aun que la inquietante circunstancia de que mi padre, cuando escribía, pudiera no haber sido mi padre. El miedo profundo, íntimo, de no lograr ser auténtico, había crecido por encima de mis temores de que los escritos de mi padre no fueran buenos o de constatar, incluso, que él estaba excesivamente influenciado por otros escritores; y este miedo se iba transformando en una crisis de identidad como aquella tan profunda que en mis años juveniles me había obligado a revisar a fondo toda mi existencia, mi vida, mi voluntad de escribir y mi propia producción literaria. Durante mis primeros diez años como novelista yo sentía estos temores más intensamente, me esforzaba por luchar contra ellos y a veces me aterraba la idea de que un día, así como había abandonado la pintura, esta angustia terminaría por doblegarme y yo dejaría de escribir novelas.
Ya he mencionado los dos sentimientos esenciales que me invadieron cuando yo cerré y guardé el maletín de mi padre: la sensación de vivir en la periferia, lejos del centro, y la angustia de carecer de autenticidad. Esta no era ciertamente la primera vez que yo experimentaba tan hondamente estos estados de ánimo. Durante años, en mis lecturas y mi escritura, yo había estado estudiando e investigando en mi escritorio, descubriendo, ahondando en estas emociones, en toda su amplitud y sus inesperadas consecuencias, sus interconexiones, sus causas y sus variados matices. Ciertamente mi ánimo había sido sacudido muchas veces, especialmente en mi juventud, por las confusiones, las susceptibilidades y los momentos de tristeza indefinible con que la vida y los libros me afligían. Pero fue solamente escribiendo libros que llegué a comprender a fondo la angustia de la autenticidad (como en Mi Nombre es Rojo y El Libro Negro) y el sentimiento de vivir en la periferia (como en Nieve y en Estambul). Para mí, ser un escritor significa observar con atención las heridas que llevamos dentro, sobre todo las heridas secretas de las que no sabemos nada o casi nada, descubrirlas con paciencia, estudiarlas y sacarlas a la luz para luego asumirlas y hacer de ellas una parte conciente de nuestra escritura y nuestra identidad.
Ser escritor es hablar de cosas que todos conocen sin saberlo. Descubrir este conocimiento, desarrollarlo y compartirlo, ofrece al lector el placer del asombro en el recorrido de un mundo que le es familiar. El mismo placer sentimos, sin duda, en el arte de expresar fielmente por escrito lo que sabemos de la realidad. Un escritor que durante largos años, encerrado en el silencio de su estudio, ha perfeccionado su arte y ha iniciado la creación de su mundo comenzando por sus propias heridas secretas, posee, conciente o inconcientemente, una confianza profunda en la humanidad. Siempre he albergado en mí la confianza en que los otros tienen heridas como las mías y que esta circunstancia ha de conducir al convencimiento de que todos los seres humanos nos parecemos. Todos los logros genuinos de la literatura se construyen a partir de esta esperanzadora certeza, de este optimismo infantil, de que todos los seres humanos somos parecidos. Y esta humanidad en un mundo sin centro, es lo que el escritor que ha trabajado en el aislamiento durante años aspira a alcanzar.
Pero como se puede deducir del maletín de mi padre y de los pálidos colores de nuestras vidas en Estambul, el mundo tenía un centro en algún lugar, muy lejos de nosotros. En mis libros he descrito, con cierto detalle, de qué modo este hecho básico produjo un sentimiento chejoviano de provincialidad y cómo, de otro lado, me llevó a interrogarme sobre mi autenticidad. Sé por experiencia que la gran mayoría de la población mundial vive bajo el peso de estos mismos sentimientos y que muchos sufren tensiones todavía más desgastadoras y destructivas, como la falta de confianza en sí mismos o el temor de ser sometidos a la humillación. Sí, los principales problemas de la humanidad son todavía la pobreza, el hambre, la falta de vivienda… Pero hoy los canales de televisión y los periódicos nos informan sobre estos problemas fundamentales de un modo más rápido y sencillo que la literatura. Lo que la literatura debe describir y explorar hoy son las preocupaciones principales de la persona humana: el miedo a la exclusión, a sentirse insignificante, y los sentimientos de inutilidad que se derivan de esos temores, el orgullo herido de sociedades enteras, la vulnerabilidad, la angustia de ser objeto de desprecio, todas las formas de la cólera, los desaires, los agravios, las susceptibilidades, las infinitas afrentas imaginarias y sus hermanas, las jactancias nacionalistas, el engreimiento y la arrogancia… Semejantes monstruos de la imaginación, que casi siempre se expresan con un lenguaje irracional y exageradamente apasionado, salen a mi encuentro cada vez que me asomo a la zona oscura de mi mundo interior. A menudo somos testigos de cómo las grandes muchedumbres, sociedades y naciones del mundo no occidental, con las cuales yo puedo identificarme fácilmente, caen en las garras del temor que los conduce a cometer actos insensatos a causa de su vulnerabilidad y de su angustia por temor a ser sometidos a la humillación. También sé que en el mundo occidental, con el cual puedo identificarme con la misma facilidad, existen estados y naciones imbuídos de un exagerado orgullo por haber producido el Renacimiento, la Ilustración y la Modernidad, y que en ocasiones caen en una arrogancia que también conduce a la insensatez.
Así pues, no solamente mi padre, sino todos nosotros, sobreestimamos la idea de que el mundo tiene un centro. Sin embargo, lo que nos mantiene durante años encerrados en un estudio para escribir, es la confianza contraria; es la creencia de que un día nuestros escritos serán leídos y entendidos, porque los seres humanos de todas las regiones del mundo somos semejantes. Pero yo sé por mí mismo y por lo que mi padre ha escrito, que este es un optimismo cargado de inquietud, lacerado por la cólera de la marginación y la exclusión. Muchas veces he sentido íntimamente la pasión de amor y odio que Dostoievsky sintió hacia Occidente durante toda su vida. Pero de él aprendí algo esencial, pues encontré la verdadera fuente del optimismo en el mundo diferente, extraordinario, que el gran escritor construyó a partir de su relación de amor-odio y más allá de sus límites.
Todos los escritores que han consagrado sus vidas a esta tarea conocen esta verdad: cualquiera que sea el motivo original que nos ha impulsado a escribir, el mundo que construimos durante años y años de escritura esperanzada, toma finalmente forma en un lugar diferente. Desde el escritorio ante el cual nos sentamos a trabajar bajo el influjo de la amargura o de la cólera, vamos hallando el sendero hacia un mundo interior totalmente distinto, más allá de todas esas furias y congojas. ¿Podría mi padre haber alcanzado, él mismo, ese mundo interior? Ese mundo que nos da la sensación de haber vivido un milagro, como cuando, después de una larga travesía por mar, se diluye la niebla y una isla emerge ante nuestros ojos con todo el esplendor de sus colores. O bien, tal vez sentimos el impacto de la misma fascinación que experimentan los viajeros occidentales cuando sus navíos se aproximan a Estambul y la ciudad surge a su vista al disiparse la niebla del amanecer. Al final del largo viaje, iniciado con esperanza y curiosidad, aparece ante ellos una ciudad, un mundo entero con sus mezquitas, sus alminares, sus casas, sus calles empinadas, sus colinas, sus puentes. Como un lector impaciente que se pierde entre las páginas del libro, el viajero quiere entrar inmediatamente en este mundo que se abre ante sus ojos y fundirse en él. Así, nos hemos sentado ante una mesa sintiéndonos provincianos, excluidos, marginados, enojados o profundamente acongojados, y hemos descubierto un nuevo mundo interior que nos hace olvidar esos sentimientos.
Contrariamente a lo que yo sentía en mi infancia y en mi juventud, para mí, ahora, el centro del mundo es Estambul. No solamente porque yo he vivido allí toda mi vida, sino porque durante los últimos treinta y tres años, identificándome completamente con la ciudad, he estado describiendo en mis narraciones sus calles, sus puentes, sus gentes, sus perros, sus casas, sus mezquitas, sus fuentes, sus héroes asombrosos, sus tiendas, sus personajes famosos, sus gentes humildes, sus recovecos oscuros, sus días y sus noches. A partir de cierto momento, este mundo que he imaginado se libera, escapa de mi control y deviene más real que la ciudad en la cual vivo. Entonces parece que todas esas gentes y calles, esos objetos y edificios, comienzan a hablar los unos con los otros y a construir entre ellos relaciones recíprocas y viven sus propias vidas fuera de mi imaginación y de mis libros. Este mundo que yo había creado, imaginándomelo pacientemente, como quien cava un pozo con una aguja, parece entonces, para mí, más real que todo lo demás.
Tal vez mi padre también había conocido esta felicidad reservada a los escritores que han dedicado tantos años a su oficio; y yo me decía que debía liberarme de todo prejuicio y mirar el contenido de su maletín. Después de todo, él nunca fue un padre imperativo, rígido, represivo o castigador, sino un padre que siempre me dio libertad y siempre me trató con sumo respeto, por lo cual yo le guardaba gratitud. A diferencia de muchos amigos de mi infancia y compañeros de mi juventud, jamás tuve miedo de mi padre y a veces creí que esta era la causa de que mi imaginación pudiera funcionar libremente, con desenfreno infantil, y en ocasiones pensé sinceramente que podía llegar a ser un escritor porque mi padre quiso convertirse él mismo en escritor en su juventud. Debía leerlo con buena voluntad y comprender lo que había escrito en esas habitaciones de hotel.
Con estos pensamientos optimistas abrí el maletín que había permanecido varios días allí donde mi padre lo había dejado; usando toda mi fuerza de voluntad, leí algunos manuscritos y cuadernos. ¿Qué había escrito mi padre? Recuerdo ahora algunas descripciones de hoteles parisienses, algunos poemas, paradojas, reflexiones… Me siento ahora como alguien que, después de un accidente de tráfico, solamente tiene recuerdos fragmentarios se esfuerza por reconstruir lo sucedido pero no quiere recordar demasiado.
Cuando yo era niño y mi padre y madre estaban a punto de iniciar una disputa, cuando reinaba entre ellos un silencio mortal y ninguno de los dos pronunciaba una sola palabra, mi padre encendía la radio para aliviar la tensión de los ánimos y la música nos ayudaba a olvidarnos más rápidamente de todo el incidente. Permítanme cambiar de tema y decir unas palabras ligeras que cumplan la función de esa música. Como ustedes saben, la pregunta que los escritores debemos responder con más frecuencia, es: “¿Por qué escribe usted?” ¡Escribo porque quiero hacerlo, con toda el alma! Escribo porque a diferencia de otros, no me siento a gusto con un trabajo común y corriente. Escribo para que libros como los míos sean escritos y para poderlos leer. Escribo porque estoy molesto con ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me complace enormemente sentarme en un cuarto a escribir sin descanso. Escribo porque solamente modificando la realidad puedo soportarla. Escribo para que el mundo entero sepa cómo yo, cómo nosotros en Estambul y en Turquía hemos vivido y vivimos. Escribo porque amo el olor del papel, de la pluma y de la tinta. Escribo porque creo más en la literatura, en el arte de la novela, que en cualquier otra cosa. Escribo porque es un hábito, una pasión. Escribo porque tengo miedo de ser olvidado. Escribo porque me gusta la celebridad y toda la notoriedad que el escribir conlleva. Escribo para estar solo. Escribo en la esperanza de entender por qué estoy furioso con ustedes, con todos. Escribo porque me gusta ser leído. Escribo para terminar de una vez por todas esta novela, este texto, esta página que en algún momento comencé a escribir. Escribo porque todos esperan que escriba. Escribo porque tengo una fe infantil en la inmortalidad de las bibliotecas y en el lugar que mis libros tendrán en los estantes. Escribo porque la vida, el mundo, todo es increíblemente bello y maravilloso. Escribo porque gozo traduciendo en palabras toda la belleza y la opulencia de la vida. Escribo, no para contar historias sino para construir historias. Escribo para liberarme del sentimiento de que siempre existe un lugar al que -como en una pesadilla- jamás podré llegar. Escribo porque nunca he conseguido ser feliz. Escribo para ser feliz.
Una semana después de que mi padre vino a mi estudio y me dejó su maletín, volvió a hacerme otra visita. Trajo, como siempre, una barra de chocolate (había olvidado que yo tenía 48 años). Como era nuestra costumbre, charlamos alegremente sobre la vida, la política y los chismes familiares. En algún momento los ojos de mi padre se dirigieron al rincón donde había dejado su maletín y notó que yo lo había movido de allí. Nuestras miradas se cruzaron. Se produjo un silencio embarazoso.Yo no le dije que había abierto el maletín y que había intentado leer sus escritos. Rehuí su mirada. Pero él entendió. Así mismo yo comprendí que él había entendido. Y él entendió que yo había entendido que él había entendido. Pero todo este intercambio de comprensiones recíprocas solo duró unos segundos. Porque mi padre era un hombre seguro de sí mismo, despreocupado y feliz; como de costumbre, se echó a reír. Y como siempre lo había hecho cuando salía de la casa, también esta vez me dijo, con tono paternal, algunas palabras amables y alentadoras.
Al verlo salir sentí, como de costumbre, envidia de su felicidad y de su comportamiento sin tristezas ni preocupaciones. Pero recuerdo también que ese día sentí un íntimo estremecimiento de avergonzada alegría. Yo podía no ser tan despreocupado como él; yo podía no haber vivido una vida feliz y sin tristezas, como él; pero yo había desagraviado, le había hecho justicia al arte de escribir, y este sentimiento, bueno, ustedes entienden … Yo estaba avergonzado de sentir estas cosas con respecto a mi padre. Además mi padre, lejos de ser una figura central y represiva en mi vida, me había dejado siempre en completa libertad. Todo esto nos debe recordar que el arte de escribir y la literatura están íntimamente ligadas a alguna carencia central en torno a la cual gira nuestra vida, a sentimientos de felicidad y de culpa.
Pero mi historia tiene otra parte, que yo recordé inmediatamente ese día, y cuya simetría me produjo un sentimiento de culpa aun más profundo. Veintitrés años antes de que mi padre me dejara su maletín y cuatro años después de que yo tomara la decisión de convertirme en escritor y abandonar todo lo demás, a la edad de veintidós, me encerré en en un cuarto y terminé mi primera novela, Cevdet Bey y sus hijos. Con las manos temblorosas entregué el texto mecanografiado de la novela inédita a mi padre y le pedí que la leyera y me diera su opinión. Su aprobación era importante para mí, no solamente porque yo confiaba en su inteligencia y en su gusto literario, sino también porque él, a diferencia de mi madre, no se había opuesto a mis planes de convertirme en escritor. Por aquel tiempo mi padre no estaba con nosotros. Esperé con impaciencia su retorno. Cuando llegó, dos semanas más tarde, corrí a abrirle la puerta. Mi padre no dijo nada, pero me abrazó de manera tan especial que yo comprendí de inmediato: mi libro le había gustado mucho. Durante un rato nos sumergimos en esa forma de silencio embarazoso que con frecuencia acompaña momentos de gran emoción. Luego, cuando nos tranquilizamos y comenzamos a hablar, mi padre expresó, con enorme entusiasmo y exaltadas palabras, su confianza en mí y en mi primer libro, y luego me dijo, como al pasar, que algún día yo ganaría el premio que ahora, con mucha alegría, he venido a recibir.
No dijo esto por convicción, ni para marcar este premio como una meta hacia la cual deberían dirigirse los esfuerzos del escritor; lo dijo como un padre turco que, para apoyar y estimular a su hijo, le dice: “¡Un día serás un pachá!” Y durante años repitió esas palabras cada vez que nos encontrábamos, para infundirme ánimo y confianza.
Mi padre murió en diciembre de 2002.
Honorables miembros de la Academia Sueca, que me habéis otorgado este gran premio y este honor, y distinguidos invitados: yo habría querido que mi padre pudiera estar hoy entre nosotros.
¿Hay un piano en tu familia?
Enero 24, 2007 by Carlos VidalesDícese que el admirable escritor francés Guy de Maupassant (1850-1893) murió en un estado de locura alucinatoria horripilante. Se afirma que durante sus últimos días gritaba aterrorizado porque los muebles de su habitación lo perseguían y se confabulaban para asesinarlo. Las sillas, el sofá, el escritorio, los estantes de la biblioteca y la cama en el dormitorio habían abandonado la discreta costumbre de conversar únicamente cuando el dueño de casa dormía o estaba ausente. Ahora lo hacían con descaro, abiertamente, en presencia del pobre Maupassant. Alzaban la voz con insolencia, lo acusaban de crímenes y faltas de las cuales él era inocente, lo calumniaban y amenazaban. Pronto pasaron a las vías de hecho y era frecuente que se abalanzaran sobre el desgraciado escritor, tratando de aplastarlo. Se dice, incluso, que una vez lo alcanzaron en un rincón del jardín y lo molieron a golpes con sus puños y sus patas de madera. Muy lamentable.
Mi maestro, el cronista colombiano Luis Tejada (1898-1924) comentó esta tragedia con prosa inolvidable y sacó la única conclusión sensata que puede sacarse de tan triste historia: los muebles tienen alma, son seres vivientes. Cada mueble, señaló mi ilustre antecesor, tiene algo de animal y todos sabemos o creemos saber cómo es la personalidad, el carácter, el alma, las manías y hasta las pasiones de nuestro sillón, nuestra cama, nuestro armario, nuestra mesa de trabajo…
Y Tejada, con espíritu noble de científico, se atrevió a insinuar una audaz hipótesis: “Puede suceder que el taburete sea el tipo degenerado de una gran especie que vivió en remotas edades o el principio de evolución de una gran especie que vivirá en el porvenir. Quizá se podría formular una teoría en que se probara que el hombre desciende del taburete; teoría ingeniosa y verosímil que tendría tanto éxito como las que tratan de probar que el hombre desciende del mono o del caballo.”
Pues bien, os voy a contar un secreto. Yo he investigado a fondo esa posibilidad, aprovechando la circunstancia de que la vida me ha condenado a un eterno destierro en más de veinte países durante más de medio siglo. He visto y entrevistado muebles de todas las razas, de todas las latitudes y de las más variadas religiones. Mi libro de apuntes, que legaré a las generaciones futuras, es ya más voluminoso que el de Darwin. Y a pesar de que lo que voy a declarar me obliga a refrenar mi natural modestia, os diré que he hecho descubrimientos trascendentales para la historia de la especie humana.
Habéis de saber, queridos lectores, que los muebles son parientes nuestros, hasta el extremo de que en más de una ocasión se ha producido un cierto mestizaje, un cierto cruzamiento entre las dos familias. La natural tendencia a la promiscuidad sexual, propia de la especie humana, ha conducido a esta suerte de mestizaje de carpintería, especialmente en épocas calamitosas, pestíferas, catastróficas, guerreras o simplemente decadentes.
Así, he descubierto algunos muebles en ciertos árboles genealógicos ilustres. Sucede que en uno de mis viajes por España, investigando sobre mis raíces y mis ancestros medievales, pude adquirir viejos documentos que me vendió un fraile con cara de violín en un claustro de carmelitas descalzos. No diré que el santo abad del claustro se parecía al órgano de la capilla, ni que el ecónomo, fray Agapito, era el vivo retrato de un confesionario. Lo que si diré es que los documentos adquiridos allí prueban, sin lugar a dudas, que algunas de las más rancias estirpes europeas han enriquecido sus mapas genéticos con los aportes de pianos, escritorios, retretes, armarios y anaqueles.
En aras de la discreción y la prudencia debo callar nombres, pero ¿no habéis notado, cuando váis de paseo por la Castellana o por la Gran Vía, a esa señora que respira como una vieja estufa de carbón? ¿O ese caballero cuya barriga evoca el sofá de la tía Solferina? ¿O el jovencito aquel que habla con voz de flauta traversa? Y los bigotes de vuestro gran político nacional ¿no os hacen pensar en los cepillos para caballos? ¿Creéis acaso que tales semejanzas son casuales, accidentales? Pues si lo creéis, os diré que tenéis la ingenuidad propia de los muebles infantiles.
Puedo aducir más pruebas científicas: Cuando vamos a comprar muebles buscamos aquellos que más se amoldan a nuestra personalidad, que cuadran con nuestro temperamento, que se parecen a nosotros. Claro: estamos buscando inconscientemente nuestros amados parientes de madera. Y en estos tiempos de inaudita globalización vamos a IKEA, porque allí nos esperan los muebles-masa, hechos en serie, todos iguales, como somos nosotros, los “pequeños hombrecitos” de que hablaba el gran filósofo Wilhelm Reich (1897-1957), todos en serie, todos obedientes, acostumbrados a creer sin discusión los postulados arrogantes de los “grandes hombres” que nos han dado la comodidad y la seguridad a cambio de que renunciemos al riesgo de pensar por nosotros mismos, de ser únicos, originales, excepcionales.
¡Debemos liberarnos, con ayuda de nuestros amados muebles familiares! ¡Busquemos el viejo piano entre nuestros antepasados, el armario rococó, la antigua mesa morisca que alguna vez fue acariciada con amor por algún abuelo andaluz, las alcándaras del Cid, el anaquel con ruedas que nuestro tío Quevedo tenía siempre, cargado de libros, al borde de su cama, la altiva silla toledana de don Juan de Padilla, el sabio reclinatorio de Teresa de Ávila, el camastro duro y dulce de San Juan de la Cruz!
Amad, queridos amigos, vuestros muebles ancestrales, como se ama a la tía rica, al padrino generoso o al viejo y entrañable perro de la casa. Amadlos con ternura, porque ellos son sangre de vuestra sangre e historia de vuestra historia. Y cuando, vencidos por la edad, os encontréis en el trance de cerrar los ojos para siempre, echad una última mirada de cariño y gratitud sobre vuestros parientes mudos y fieles, los abnegados muebles del hogar, tantas veces testigos y tantas veces participantes de vuestras locuras secretas.
Y si no lo hacéis así, si traicionáis vuestra estirpe, sabed que los muebles, iracundos, os perseguirán y castigarán implacablemente, como lo hicieron con el ingrato Maupassant.
(C) Carlos Vidales



